Finchelstein, quien escribe en prestigiosos medios sin abonar mediante datos, validez científica e investigación que pueda verse, nada de lo que afirma, comienza su última nota con una aserción temeraria como que “es innegable que el mundo gira hacia la extrema derecha”, al tiempo que vuelve a su obsesión sobre un fascismo que parece no comprender para decir que los” populismos de derecha se apropian cosas de los fascismo que los precedieron”
¿Qué dato ofrece, muestral y estadístico o siquiera cultural y económico para afirmar que el mundo gira hacia la extrema derecha?
¿Cuáles populismos de derecha se apropian de que cosas y de que fascismo precedente?
Es fácil para Finchelstein escribir adjetivos. Lo que se le complica en mostrar al menos un cariz científico de lo que dice.
Y entra en una vorágine mental indetenible en su obsesión de ese fascismo, que se nota ha estudiado con anteojeras para lanzar que “si bien la historia no se repite, la actual realidad presenta conexiones con el fascismo de hace un siglo”.
Mezcla, y con pésima lectura de Carl Schmitt a este filósofo alemán con un proyecto de ley trumpista que promueve un presidencialismo más acentuado.
Lejos de ceder, redobla su posición y hace una analogía entre un fallo reciente de la Corte Suprema de EEUU que, como en casi todo el mundo, dictaminó que ciertos actos del Poder Ejecutivo en función de gobierno, no son judiciables y afirma que esa misma Corte hubiera sido condescendiente con Mussolini sobre el crimen Matteoti de 1924.
Usa como validador de argumentos al sacerdote y político italiano Luigi Sturzo, creador del Partido Popular (antecedente de la Democracia Cristiana) y toma de él una frase que es digna de Finchelstein (¡por eso la toma!) ya que no dice nada, “el fascismo comienza como una forma de legalidad, pero hay una dinámica que lo aleja de ella y lo convierte en algo más”. ¿En qué?
Y su frase final habla más de un pesimismo propio, a su gusto, que de algo de lo que pudiera dar cuenta científica o política: “El mundo de hoy es un mundo que a Mussolini le hubiera gustado”
Darle denominación de fascismo a lo que no lo es, confunde la historia y arriesga peligros.
El fascismo que más allá de complejas, variadas y disimiles interpretaciones es una expresión política, y como tal sujeta a su tiempo y su territorio no reitera sus aptitudes, su índole, en cualquier condición de hospedaje histórico.
A similitudes sociales, históricas y culturales pueden surgir experiencias políticas de analogías aproximadas, pero no las mismas.
El fascismo es lo que es en virtud de los entornos originarios y los sujetos originales motivaron andares y desandares hace un siglo, y básicamente es lo que en su momento se mostró entre los liderazgos y los destinatarios de sus mensajes. Nada de eso hoy existe. Estas situaciones son irrepetibles por más parangones históricos que se busquen, y que pretendan encontrarse.
La facilidad y cierta pereza intelectual en explorar mejores expresiones, a la vez que más claras descripciones hace que la utilización del concepto de fascismo se aplique con una incorrección enorme. Cualquier “derecha” es fascista. Lo que no nos agrada es fascista. El nazismo es fascista. El franquismo español es fascista. Las dictaduras militares son fascistas. Gobiernos de cierto izquierdismo formal son fascistas. Sistemas sostenidos en democracias liberales son fascistas y sistemas sostenidos en ausencias de democracias liberales también son fascistas. Es obvio que esto no es así. O, no puede ser así.
El historiador italiano Alberto De Bernardi en su libro Fascismo y Antifascismo. acerca una opinión en valor similar a nuestra consideración sobre el carácter único del fascismo original: “Si existe una lección en historia es que esta no se repite: es un conjunto de “hechos” materiales, culturales, militares, políticos, sociales, mentales, únicos e irreproducibles, y la tarea específica de los historiadores es recordar a la opinión pública que no confunda las posibles similitudes entre eventos actuales y otros pasados”
Las similitudes a menudo no se mantienen en un análisis profundo y se revelan en lo que son: representaciones y proyecciones de hoy en el pasado, que se suceden cada vez con mayor intensidad cuanto más fallamos en elaborar las claves de lectura y modelos explicativos convincentes y originales del presente.
El historiador Emilio Gentile (Italia 1946) concluye, todavía en 2004, que “el fascismo aún parece un objeto misterioso e huidizo del intento de una clara y racional definición histórica”. Esta sola y clara definición debiera servir para poner lejanía en el uso indiscriminado del término fascismo, tanto en versión adjetiva como en su calidad de sustantivo y en sus valoraciones políticas tomándolo básicamente, como insulto.
Y, la consecuencia de confundir términos, adulterar palabras, asustar con lo que no es tiene como consecuencia aquella vieja parábola en forma de leyenda sobre “Pedro y el Lobo”.
Gritamos tanto denunciando como fascista lo que no lo es, que perdemos de vista distintas formas de autoritarismo, violencia y represión.
Reales, modernas y peligrosas.
Que, seguramente, merecen llevar el nombre que les corresponde.

