Sufrimos y pusimos en cierta sordina nuestros oídos al escuchar la recurrencia presidencial en el uso de la grosería en dos palabras, su “mierda humana”, repetida hasta que la vergüenza dejó de ser sorpresa y tornó en asco. Son solo palabras dijeron algunos.
Escuchamos alegorías reiteradas a detalles sexuales expresados, sin recato alguno, delante de niños y menores. Son solo palabras, repitieron varios.
Toleramos. ¡Sí, toleramos!… y es un enorme déficit de valentía democrática y republicana que el presidente apode con vulgar y nada de gracia a empresarios, periodistas, economistas y políticos. Son solo palabras era la justificación de algunos.
En el presidente la procacidad se convirtió en usanza, tornó a una repetitiva tendencia a proferir ofensas. Procacidad deriva del latín “procacitas” que señala a quien viola normas de decoro en forma habitual. Eso ocurre. A nuestra vista y a nuestros oídos.
Hay un excelente y poco conocido término: “escurril” aplicado al idioma y que refiere a la bufonada muy grosera, a lo vulgar como costumbre. El presidente usa lenguaje escurril.
Pero estos ejemplos mencionados, se ubican dentro de alguna patología que merece otro tratamiento, más personal, más profesional. Hacen, desde ya, a la absoluta carencia de decoro y de capacidad para comprender el alto cargo que ocupa. Nada menos que el lugar institucional de mayor importancia en el pais.
Pero llamar “chatarrín”a un empresario o “Lali depósito”a una cantante o “Tinturelli” a un periodista o “Chantanian” a un economista no afectan cuestiones de seguridad nacional. No ponen en riesgo bienes y vidas de ciudadanos. Solo caen, en la desafortunada creencia presidencial de ser una persona graciosa y agregan pobres validaciones a su ya débil estructura intelectual.
Son palabras, como dijo Neruda “entidades vivas que cantan, brillan, poseen peso y textura” claro que cada una de estas condiciones se perciben, en el caso del presidente, como que cantan mal, brillan poco, pesan nada y su textura es endeble.
Pero hay palabras que sí, deben preocuparnos. Y mucho.
Cuando asevera que en dos años “deportamos treinta mil terroristas” sin poder explicar qué acto terrorista cometieron y de que pais eran originarios y a renglón seguido pone en nuestro conocimiento que tuvo que soportar “siete golpes de Estado”, ambas afirmaciones convertidas en novedad de tono ficcional para todos los argentinos, ya que salvo la agitada mente presidencial nadie supo jamás de terroristas, de deportaciones y de golpes de Estado, sí pone en riesgo el sosiego público, la normalidad democrática, la “Pax Augusta”, pues esas palabras, arrojadas con irresponsable vehemencia no nos explican como convivimos ni cuánto tiempo ni que peligro corrimos al ser contemporáneos y compartir territorio con “treinta mil terroristas”. O como ocurrieron “siete golpes de Estado” sin que haya responsables identificados, detenidos y juzgados.
Acá, las palabras dejan de ser un patrimonio de quien las dice y se convierten, al decir de Ludwig Wittgenstein en un “juego del lenguaje”, las palabras cobran significado según quien la dice, según el uso que se le da y el contexto en que aparecen. Y si las dice el presidente, ya superan el mero marco de su libertad de decir lo que desea y se convierten, como bien aclara el artículo 71 del Código Penal argentino, en la denuncia de delitos que el Estado debe investigar de oficio a través del Ministerio Público Fiscal sin depender de la voluntad de la víctima.
Lo que se llama un delito de acción pública.

