Cada vez que Milei pisa la ONU, la vergüenza entra por todas las ventanas del pais y en esa mezcla que se forma entre aversión, humillación y desprecio, los argentinos reiteramos nuestra ilimitada capacidad de asombro ante nuevas felonías del presidente, que en su forma de bufonería de ocasión muestra su calidad de monigote en la mejor acepción de esta palabra como lo de ser un muñeco ridículo y manipulable.
Sus actos, ante la escasa importancia que le asignaron aquellos que él creía lo estaban esperando (Trump y Marco Rubio), lo llevaron a su real y dolorosa dimensión de “pelele” o sea aquel que careciendo de personalidad relevante ni voluntad hace el ridículo como forma de servir a la diversión de otros.
Esta descripción, tal vez dura pero no inmerecida para quien va dirigida, está representando nada menos que al presidente de una Nación, que por ser la nuestra exige que digamos las cosas como creemos que son y como entendemos deben decirse. El silencio y la aceptación de estas anomalías es complicidad.
No sin dolor, en el alma y en la dimensión histórica y política que me une a mi querida patria argentina, escribo estas (des) calificaciones para Milei, en la inteligencia que se las ganó sobradamente ya que su permanente batallar por destruir años y años de construcciones sociales, culturales y de sabias legalidades que Argentina posee, lo hace acreedor a estas críticas que intento darle un tono eufemístico para no quedar como un protervo y recorrer caminos ramplones y chabacanos, que serian sin duda registros menos atildados y pondrían en la piel del presidente calificativos muchos más severos.
Que los merece.
La intrascendencia de su paso por la ONU solo es comparable en inversa proporción con el denodado esfuerzo por parecer un líder global y entonces surgen de su boca apreciaciones tan desagradables como lesivas para cualquier dignidad de quien debe representar a un pais y no caer en la logorrea (incontinencia verbal ) de sus propias creencias y entonces debemos tolerar que nuestro presidente afirme que Trump y Netanyahu son figuras que están por encima del promedio moral e intelectual de todos los dirigentes del mundo y en el caso del primer ministro israelí ponerlo como “un líder extraordinario” o prometer que en Argentina jamás se “regulará la Inteligencia artificial” con el riesgo que significa dejar a los Estados nacionales inermes ante las empresas algorítmicas y tecnológicas que sin normativas firmes que las morigeren, se harán festines de dramas y problemas y quebrarán todos los pactos democráticos de las sociedades.
No termina ahí su raid cantinflesco (por Mario Moreno, Cantinflas) ya que ofreció como si fueran de su propiedad tierras, minerales, petróleo, litio en una suerte de feria de usados como si los recursos naturales que son activos nacionales pudieran tomarse a simple postor e invitó a venir a poblar Argentina a todo el que así lo desee (claro que está en nuestra dogmático preámbulo constitucional, pero en otro sentido y para otros tiempos) sin tomar en cuenta que hay millones de argentinos que no poseen ni un metro cuadrado propio para asentarse.
Y para completar ese andar que mueve a sonrisas aunque se cargue de infinita tristezas repudió a la Organización Mundial de la Salud y a la ONU, para luego pedirle a este mismo organismo al que repudió, que haga cumplir la disposición sobre Malvinas.
Todo un enorme vodevil, un grotesco cuyo actor principal (bien acompañado por comparsas y secundarios como el canciller Quirno y Luis Caputo) es nada menos que el presidente argentino.
Su accionar es un riesgo para el pais y para todos los habitantes.
[1] El término sicofante describe al que utiliza la adulación rastrera y el engaño para ganar favores de los poderosos.

