Marc Augé[1] nos habló de los “no-lugares”. Byung-Chul Han[2] trajo el concepto de las “no-cosas”. En el primer caso, se intenta definir un espacio donde las personas se sienten en ajenidad, desvinculadas y donde solo se producen relaciones efímeras. Hay algo de cierto en eso, pues el no-lugar solo observa estancias temporales: sitios que no se consideran, en ningún aspecto, como propios. Obviamente, por contraposición podemos decir que “un lugar” es un espacio con identidad, con relaciones más permanentes y, muy importante, con cierta historia. Lo contrario a esto entrará en la categoría de no-lugar.
Por su lado, el filósofo coreano habla de las “no-cosas” en una sociedad en mutación que abandona su sostén en los objetos físicos ,las cosas, y pasa a un estadio siguiente donde domina la información, el digitalismo, y eso causa la desmaterialización del mundo. Se reemplaza la posesión estable por el veloz consumo de datos, tornando al ser humano en un infómata y causando, en la experiencia vital de la gente, soledad y pérdida de experiencias auténticas.
Ambos autores exageran sus definiciones, sobre todo Byung-Chul Han, pero sirven para iluminar, como una lente de aumento conceptual, una Argentina que está arribando, peligrosamente, al momento de la “no-verdad” como sentido de socialización y como valor del sentido común. Esta ubicación no es caprichosa ni meramente retórica: es una continuidad lógica de los otros conceptos. Vivimos notorias ajenidades frente al sufrimiento masivo de congéneres cercanos; hay desvinculación social; las relaciones se tornan provisorias y dotadas de intereses particulares, que son tres elementos constitutivos del no-lugar.
A la vez, se pierden identidades permanentes en aras de ubicaciones transitorias de cierta calma o de alguna ventaja. Lo nacional, entendido como continente común, se diluye en un conjunto de pertenencias efímeras, y la historia —como constructora de experiencias compartidas— es olvidada o, peor aún, reinterpretada bajo lógicas coyunturales. En ese vacío de sentido, la memoria deja de ser una herramienta de aprendizaje colectivo para transformarse en un recurso manipulable.
Por otra parte, aparece con fuerza la idea de las no-cosas en cuanto a la realidad de una sociedad mediatizada por lo digital e influenciada por lo infocomunicacional. Se quita materialidad a todo aquello que no signifique una ventaja inmediata o un aprovechamiento utilitario. Las relaciones humanas, los vínculos afectivos, las instituciones, e incluso los valores, se transforman en flujos de información: medibles, cuantificables, reemplazables.
Este proceso no es inocuo. La desmaterialización no solo afecta a los objetos, sino también a los compromisos. Si todo es intercambiable, si todo es fugaz, entonces también lo es la palabra dada, la responsabilidad asumida, el pacto social. Y es en este punto donde emerge, con particular nitidez, la “no-verdad”.
La no-verdad se suma como un modelo de sociedad donde reina la relativización sistemática de los hechos. No importa si aparece la mentira directa; lo verdaderamente grave es que se licúan los criterios claros que permiten distinguir lo verdadero de lo falso. La información se vuelve maleable y depende exclusivamente de intereses, dejando de lado, en su amplia mayoría, el sentido de su existencia como mediación entre los fenómenos de la opinión pública y sus audiencias.
La narrativa asume rasgos dominantes, volcándose cada vez más hacia la emoción por sobre la certeza y la veracidad. Lo que importa no es lo que ocurrió, sino cómo se lo cuenta; no es el hecho, sino su impacto emocional; no es la evidencia, sino la capacidad de viralización. En ese esquema, la verdad pierde densidad y la mentira deja de ser grave.
No es un dato menor el envilecimiento de las instituciones que, otrora, podían fungir como garantes de una verdad relativa. Hoy, esas mismas instituciones pasan a asumir percepciones individuales y a actuar según intereses propios o sectoriales. El debilitamiento institucional no solo erosiona la confianza pública, sino que también destruye los mecanismos de validación colectiva de la realidad.
La opinión, dato válido en cualquier mundo de libertad, cambia su ropaje y se convierte en conocimiento verificado o de pretendida verificación. En esa mezcla pierde todo su sentido. La opinión deja de ser subjetiva para pretender objetividad, mientras que los hechos objetivos son relativizados hasta parecer opiniones. Esta inversión semántica es uno de los núcleos más peligrosos de la no-verdad.
Obviamente, esta realidad hace que la confianza social se erosione. Se pierde algo tan ancestral como necesario: el pacto básico sobre lo que es la realidad compartida. Aun con distintas miradas e interpretaciones, toda sociedad necesita un mínimo común de verdades aceptadas. Sin ese suelo, no hay debate posible, no hay política posible, no hay comunidad posible.
Lo que está ocurriendo en nuestro país no es azaroso ni producto de modernidades inocentes. Es funcional a estructuras de poder que operan en la ambigüedad.
La vaguedad de certezas no es solo una decisión estratégica, sino también, en algunos casos, el resultado de incapacidades, nulidades intelectuales y hasta exteriorizaciones de patologías individuales que se trasladan al ámbito público. O sea, en el universo integral del mundo libertario que gobierna el pais, están los que se manejan con vaguedades como parte de un proyecto decisional y están también los que lo hacen porque no tienen la capacidad para manejarse de otra manera. Ahí cohabitan los incapaces con los que muestran ciertas enfermedades mentales.
En cada momento de la no-verdad, en función de gobierno y gestión, aparece una combinación de intencionalidad política y limitaciones estructurales de quienes ejercen el poder. Esto genera una dinámica en la cual la confusión no es un efecto colateral, sino un instrumento de gobernabilidad.
Terminamos todos introducidos en un angosto y prieto cubículo de mentiras, ficciones, falsedades, dobleces y simulaciones, negociando la realidad para poder interpretarla, más que para observarla naturalmente y darle valor de comprobable. La experiencia cotidiana se vuelve una tarea de decodificación permanente.
Y la vida política e institucional, en este marco, es insostenible como dato de identidad de un país en el plano colectivo y metafísico. Lo es también por la pesadez que hace caer sobre millones de personas, que deben vivir en un estado constante de incertidumbre cognitiva. No se puede vivir mucho tiempo en el medio de no-verdades, que es lo mismo que vivir entre mentiras.
La no-verdad como organizadora de una sociedad no es una falla ni un error involuntario, sino un instrumento deliberado de poder. Al desgastar la idea misma de verdad —relativa, desde ya— se torna improbable la exigencia de responsabilidades. Si nada es completamente cierto, nada puede ser completamente reprochable.
En ese contexto, se vuelve muy difícil mantener consensos democráticos. El desacuerdo deja de ser productivo y se convierte en fragmentación irreconciliable. El adversario político deja de ser alguien con quien se debate para transformarse en alguien cuya percepción de la realidad es incompatible.
Se instala, entonces, un estado de confusión permanente como sustituto del debate. Y quien tenga más poder tendrá más posibilidades de manipular alternativas autoritarias por sobre la pluralidad. La incertidumbre no paraliza al poder; por el contrario, lo fortalece cuando ese poder sabe administrarla.
En estos escenarios, quien controle el relato no tendrá que demostrar mucho ni explicar actos de corrupción, ni decisiones de política internacional, ni medidas económicas de alto impacto social. No habrá necesidad de rendición de cuentas. Alcanzará con sembrar duda, con relativizar, con generar versiones contrapuestas que anulen la posibilidad de una verdad verificable.
En ese terreno, los visibles actos que corrompieron funcionarios (ANDIS, Karina Milei, Adorni) , el alineamiento irresponsable y ajeno a toda formalidad de política internacional con EEUU e Israel, el agravio permanente a Personas con Discapacidad, a jubilados, a docentes universitarios, el ataque económico contra los científicos, la represión a las protestas sociales, la persecución a trabajadores…todo entra en la nebulosa de las dudas y en las formas de la no-verdad. Nada se acepta como verificable. Todo se niega. Y el “siga-siga” domina las explicaciones oficialistas.
En el mundo de las mentiras —que eso es la no-verdad— la política no está a cargo de organizar la realidad ni de transformarla mediante procesos democráticos y consensuados. La realidad se convierte en un universo de percepciones inestables, donde lo que prima no es la verdad sino la eficacia narrativa.
Este fenómeno tiene, además, una dimensión cultural profunda. No se trata solo de discursos políticos o mediáticos, sino de una transformación en la forma en que las sociedades procesan la información. La saturación informativa, la velocidad de circulación de los contenidos y la fragmentación de las audiencias contribuyen a la construcción de burbujas perceptivas donde cada grupo valida su propia versión de la realidad.
En ese contexto, la verdad deja de ser un horizonte compartido y pasa a ser una construcción segmentada. Cada comunidad, cada grupo, cada individuo, puede habitar su propia verdad. Y aunque esto pueda parecer, en apariencia, una ampliación de la libertad, en realidad implica una profunda crisis del espacio público.
Porque sin un espacio común de significados, la democracia se vacía de contenido. El debate se vuelve imposible, el consenso improbable y la acción colectiva inviable. La política, entonces, deja de ser una herramienta de transformación social para convertirse en una disputa de relatos inconmensurables.
A esto se suma un elemento adicional: la emocionalización de la política. La apelación constante a las emociones —miedo, enojo, indignación— sustituye a la argumentación racional. Esto no es casual: las emociones son más fáciles de movilizar que las ideas, y más difíciles de refutar que los datos.
En una sociedad atravesada por la no-verdad, las emociones funcionan como anclajes de sentido. No importa si algo es cierto; importa si se siente verdadero. Y esa sensación, esa percepción subjetiva, se vuelve el criterio dominante de validación.
Este desplazamiento tiene consecuencias profundas. La deliberación pública se empobrece, el pensamiento crítico se debilita y la manipulación se vuelve más eficaz. La ciudadanía deja de ser un sujeto activo para convertirse en un receptor pasivo de estímulos emocionales.
Frente a este panorama, la pregunta central es cómo reconstruir un mínimo de verdad compartida. No se trata de aspirar a verdades absolutas , que probablemente no existan, y preferimos las verdades relativas, sino de restablecer criterios básicos de verificación, de evidencia, de responsabilidad discursiva.
Esto implica, entre otras cosas, fortalecer las instituciones, promover la educación crítica, recuperar el valor del conocimiento y revalorizar el rol de los medios como intermediarios responsables. Pero también implica una tarea más profunda: reconstruir el sentido de comunidad.
Porque la verdad no es solo un problema epistemológico; es también un problema político y social. La verdad se construye en comunidad, en el intercambio, en el reconocimiento del otro como interlocutor válido. Sin ese reconocimiento, no hay verdad posible.
Todas estas líneas, que pueden parecer cargadas de una cierta tonalidad futurista , aunque estén firmemente ancladas en la actualidad argentina, pretenden alertar sobre un proceso en curso. No se trata de un destino inevitable, pero sí de una tendencia preocupante.
Por eso, dejo para el final una frase bien popular, bien del vulgo ilustrado, bien de barrio, que nos puede permitir juzgar con mejores herramientas todo aquello que diga, haga y describa el actual gobierno nacional:
“En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso”.
¡Pongamos dudas!
[1] Marc Augé, filósofo francés que acuñó la teoría del «no lugar» – Fallecido en 2023.
[2] Filosofo surcoreano nacido en 1959

