Atreverse a imaginar

Publicado en Panamá Revista

 

A veces, los detalles que parecen más insignificantes, son como la gota de agua que horada la piedra en virtud de su repetición e insistencia. Y terminan erosionando estructuras colosales, aquellas que sostienen el entramado de lo humano y lo colectivo. Un ejemplo paradigmático es la expoliación semántica constante, esa sustracción sutil pero implacable del significado auténtico de las palabras, que se convierte en un hecho de la política de primer orden cuando, al ser aceptadas por los propios despojados, transforma a los sujetos que comparten un mismo espacio identitario, y da invisibilidad a unos, mientras otorga a otros el monopolio casi absoluto del sentido, la esencia y la representación de esa identidad compartida.

Es un robo lingüístico que no solo altera el lenguaje, sino que reconfigura el poder, el reconocimiento y la pertenencia en el seno de una comunidad. En el vasto repertorio de la retórica, este fenómeno se asemeja a la metonimia, esa figura en la que una palabra o concepto se sustituye por otro relacionado mediante una contigüidad o asociación inmediata. Es un deslizamiento que parece inocuo, pero que desplaza el eje de la realidad.

De igual modo, evoca la sinécdoque literaria, un tropo, esa audaz desviación del sentido propio de una palabra hacia otro conexo por semejanza o correspondencia, donde se designa una cosa con el nombre de otra, aplicando a todo el nombre de una parte, o viceversa. Tomamos el todo por la parte, o la parte por el todo, en un juego de espejos que distorsiona la proporción y la jerarquía.

Estas variaciones lingüísticas, al reemplazar la verdad primigenia de las palabras, redirigen el flujo de una expresión, desviando su contenido original hacia un nuevo cauce, que adopta otro sentido. Dejemos, los intrincados pliegues y repliegues de la semiología, esa ciencia que desentraña los signos y sus significados, y adentrémonos, sin olvidar lo expuesto, en el terreno tormentoso de la política, y con cierta mirada más intensa, en el peronismo -por su papel importante de primera opción opositora-.

Estudiemos, investiguemos y tal vez podamos evitar lo que Fisher define como “el suicidio de la imaginación”. ¡Atrevámonos a imaginar! Algo cambió en solo un día

Desde siempre, aquellos que perciben al peronismo como adversario o enemigo han mostrado un interés obsesivo por asignarle motes y designaciones que subjetiviza lo general, reduciendo el universo vasto y multifacético a la medida de individuos o facciones de menor envergadura. De esta forma, empequeñecen el todo al trasladar la identidad colectiva a sujetos parciales, fragmentarios, que no alcanzan a abarcar la magnitud del conjunto. Esta maniobra adquiere una dimensión irrefutable cuando es aceptada, por conveniencia coyuntural o por inercia, por las propias “víctimas” de esa usurpación semántica.

Los propios desvalijados, en un acto de capitis deminutio, esa antigua expresión latina que alude a la disminución de la capacidad jurídica y simbólica, privilegian su parte por sobre el todo, aceptando una identidad menguada que les conviene en el momento, pero que erosiona la integridad mayor. Es la parte sobre el todo.

A mi juicio, tres categorías internas han experimentado en mayor medida estas variables lingüísticas y políticas: el vandorismo, el menemismo y el kirchnerismo. No implica esto que existieran tres peronismos distintos, ni una superación dialéctica de la identidad mediante hegemonías transitorias que dominaron formas y discursos en etapas específicas.

 

Estas tres corrientes internas sujetaron las riendas desde la conducción del Partido Justicialista (PJ), moldeando el contenido peronista del verbo, del discurso y de la acción. En el apogeo de su poderío, detentaron la articulación institucional del PJ, la potestad de seleccionar candidaturas y la capacidad de imponer su narrativa dominante. Era el todo subsumido en las partes, la identidad mayor diluida en facciones hegemónicas.

Salvo en el vandorismo, con la salvedad de que el general Perón vivía y participaba activamente en el juego ya sea moviendo piezas negras, blancas o azules -siempre lograba con maestría para imponerse y vencer, y enfrentó ese conflicto en forma decidida-, en los otros dos casos se observa un beneplácito temporal, más prolongada de todo el peronismo aceptando ser identificados por un término ajeno al que propiamente corresponde. Pero esta sustitución etimológica, al no ser correcta ni sostenible in eternum, siempre llega a un final, especialmente cuando su persistencia, con o sin justicia histórica, perjudica al conjunto.

Desde 1948 cuando el mariscal Tito, líder de Yugoeslavia, rompe con el comunismo soviético y estalinista, comienza en la entonces Yugoeslavia un modelo de fuerte descentralización de su economía, se crea la Propiedad Social no estatal y se impulsa la Autogestión obrera

Así ocurrió con el menemismo, cuya denominación devino en adjetivación descalificante, un estigma que hizo olvidar aquella rutilancia que supo tener. Y así está ocurriendo con el kirchnerismo, que bien podría nominarse cristinismo, dada la preeminencia de Cristina Fernández de Kirchner en su configuración reciente; sin embargo, el denodado esfuerzo de adversarios y enemigos persiste en anclarlo al patronímico derivado de Néstor Kirchner.

Este debate debe elevarse al podio de las discusiones imprescindibles. Recuperar el todo del peronismo no es mero capricho nominalista; representa un salto cuali-cuantitativo de proporciones transformadoras, que debiera interesar a sus millones de seguidores. Separar las subjetividades parciales fortalecerá una objetividad mayor, o al menos una comunidad más amplia e inclusiva. El peronismo, en su esencia integral, convoca lo que ninguna línea interna, por influyente que sea, puede lograr por sí sola y es altamente improbable que la ecuación pueda darse al revés si se hace desde un peronismo moderno, sensible e inteligente y continente de su sujeto social histórico, el trabajador argentino, que, más allá de las disminuciones numéricas sufridas en las últimas décadas, conserva sus virtudes de identidad. Ningún sector o parte del peronismo representa cabalmente a ese trabajador; solo el peronismo como un todo unificado lo encarna.

Ser columna vertebral o sujeto preeminente no depende de la cuantía numérica, sino de la ubicación estratégica en los medios de producción. No es un tema meramente cuantitativo, sino profundamente social. El sujeto político primordial del peronismo es la clase trabajadora argentina. Aunque los pobres, en una definición genérica de precariedad económica, constituyan la mayoría demográfica, esa condición no es sine qua non; es un dato colateral, accesorio.

Y entonces, existe un desafío adicional para ese conglomerado político: repensar un peronismo que hoy no puede repetir construcciones que hace 80 años lo dotaron de marcos estructurales posibles, y hoy no existen. Ya no hay un modelo económico anclado en la industrialización con acumulación primitiva de capital, sostenida en la sustitución de importaciones, no aparecen mecanismos de transferencia de recursos hacia el sector laboral mediante políticas impositivas progresivas, desaparecieron las grandes fábricas que forjaban día a día una conciencia de clase robusta, no son los trabajadores formales la mayoría más necesitada, de forma tal que necesariamente debe repensarse al justicialismo en una clave distinta, adaptada a los vientos de la época.

Este es el quid de hoy. Y hallará mejor respuesta en un espacio que recupere su nombre propio, su integridad semántica y política. Notoriamente se va mostrando que no es el kirchnerismo, aunque muchos guarden por Néstor Kirchner el recuerdo, que en virtud de su temprano fallecimiento es una evocación invicta y respetuosa, por su gobierno entre 2003 y 2007, y muchísimos peronistas reverencian su aporte esencial a la revitalización del movimiento en aquellos años duros del 2000, cuando la política y el propio PJ estaban más cerca del arpa que de la guitarra, al borde del abismo.

No es el kirchnerismo, y debieran aceptarlo, aunque a muchos les parezca herético, porque es la forma, entre otras de dejar de achicar la identidad colectiva. A la usurpación semántica se suman intentos de usurpación histórica e ideológica, que, aunque válidos para algunos, no muchos desean que se erijan como valor universal del todo.

Lo enfadoso, y lo que ha demostrado su inutilidad para el crecimiento orgánico, es pretender imponer una posición parcial como valor único y general para todos. Otra vez emerge la metonimia y la sinécdoque: una parte que aspira a ser el todo, un fragmento que devora la totalidad

Nunca está de más el debate interno en toda formación política, la época tan necesaria de ampliar prácticas democráticas obliga al esfuerzo de realizarlas. Incluso dentro de los parámetros doctrinarios del peronismo, mucho más amplios de lo que algunos pretenden acotar, caben visiones distintas, expresadas en lineamientos organizados formalmente dentro del PJ y del Movimiento. Pero lo enfadoso, y lo que ha demostrado su inutilidad para el crecimiento orgánico, es pretender imponer una posición parcial como valor único y general para todos. Otra vez emerge la metonimia y la sinécdoque: una parte que aspira a ser el todo, un fragmento que devora la totalidad.

Sostengo, con alguna objetividad cierta que es fallida la pretensión de jubilar dirigentes, en cualquier territorio de la política, pero más en el peronismo e impugnar pertenencias legítimas; se trata de algo más sencillo y vital: abrir el juego, salir de predominios que han probado ser perniciosos en su rigidez. Nadie debe ostentar el rol de “fiscal previsional” de dirigentes. La vida política perdura mientras uno sienta que tiene algo para dar y reciba respuestas de aquellos a quienes pretende representar.

Estas líneas aspiran a servir de catalizador para un debate que imponga mejor disposición en la militancia en general y en el peronismo en particular, aun con su meneada diferenciación entre Partido y Movimiento, dejando para este último particularidades más fluidas y adaptables en virtud de su naturaleza polisémica y multiforme. Salir de prietas hegemonías, que llevan tiempo sin exhibir bondades en crecimiento, democratización interna y renovación generacional, podría ser un paso audaz y necesario. Claro está que toda innovación no se reduce a liderazgos y personas; las ideas desempeñan un rol fundamental para infundir carnadura actual a doctrinas que manteniendo vigencia claman por actualizaciones.

 

Las disciplinas ideológicas debieran ceder lugar a la política, verdadera herramienta de la actividad transformadora que supera en ese rango, las inmovilidades y severidades de toda colección cristalizada de ideas. Los tiempos pasan y el mundo cambia sus relaciones sociales y culturales, y no pueden tener ajenidad a esas mutaciones, ideologías surgidas desde el siglo 19. Escribirlo es más fácil que practicarlo: requiere tiempo, rupturas, creatividad desbordante, audacia, compromiso y una profunda redefinición de las tareas militantes. Estas deben sincronizarse con el pulso de los tiempos, sentir el escozor de formas modernas y superiores, y tomando brevemente en cuenta al peronismo, creo que sin renunciar al corazón que late con la “tiza y el carbón” de las raíces, pero encarando con destreza y desde una posición humanista y justicialista deben tomarse los instrumentos de las nuevas tecnologías que moldean las relaciones sociales y productivas del mundo y de la Argentina.

Por supuesto que debe existir una mirada peronista sobre la computación cuántica, la robótica, la domótica, la inteligencia artificial, el internet de las cosas, las nuevas gestiones energéticas, la automatización urbana, el universo digital, el 5G y el 6G, el Metaverso. Lo que ocurre es que se priorizan externalidades más ligadas a la historia y al placer casi erótico de evocar épicas pasadas, antes que fijar posiciones firmes en los temas que definen el siglo XXI y los próximos cincuenta años. Entonces surge con mayor naturalidad definirse desde consignas imperecederas como “Patria sí, colonia no”, patrimonio cultural valioso e inmarcesible, que explicar cómo se enfrenta la sustitución laboral por robótica o IA, o cómo se deconstruye la vieja y aún vigente conciencia de clase para forjar una nueva cognición social, más robusta, capaz de afrontar los desafíos del mundo venidero, que en gran medida ya está entre nosotros.

No está mal desgañitarse con la pasión luchadora de un militante genuino gritando “Patria sí, colonia no”. Lo que está mal es no abordar los nuevos y pendientes temas con idéntica fogosidad. En verdad, se puede hacer todo; no es una disyuntiva excluyente. Y la vinculación originaria e identitaria entre el peronismo y la clase trabajadora obliga a dar esas respuestas. No para describir filosóficamente el mundo que viene, sino porque cada variable tecnológica mencionada ha irrumpido, como aquel meteoro que extinguió millones de dinosaurios, en las sociedades actuales mutando las fuerzas productivas conocidas, alterando las relaciones de producción, redefiniendo categorías sociales, transformando perspectivas políticas y, de manera hoy imperceptible, cambiando hasta las conformaciones físicas humanas.

El sujeto político primordial del peronismo es la clase trabajadora argentina. Aunque los pobres, en una definición genérica de precariedad económica, constituyan la mayoría demográfica

La política, en general debiera abordar con moderna visión lo que ya hace 180 años el filósofo francés Augusto Comte, definió como “física social” y que hoy transcurre dentro de los fenómenos sociales y se estudia utilizando datos y métodos de la ciencia de datos, la big data y elementos de la física como valoración de fundamentos de redes sociales y de la actividad política tradicional, y teniendo en cuenta el rol de dispositivos móviles, IA y toda tecnología que pueda observar y predecir el comportamiento humano a gran escala.

Más que nunca hay que tomar como cierto que los fenómenos sociales, como los hechos políticos y el comportamiento humano pueden y deben ser analizados con la misma rigurosidad científica que los fenómenos naturales, ya que hay patrones y regularidades que pueden verse en los métodos cuantitativos. Esto no es confiar en econometrías sociales tipo muestreos y encuestas, que bien pueden servir también, sino dotar a la actividad política de mejores instrumentos de operatividad.

Solamente se transforma lo que se conoce y solamente se conoce lo que se estudia. Hay un filósofo británico, Mark Fisher, fallecido muy joven en 2017 (a los 48 años) que elaboró un concepto que me gustaría tomarlo como modelo y analizarlo, con la libertad de modificar su sujeto de interés. Habla del “suicidio de la imaginación”, observándolo en el marco capitalista cuando las generaciones jóvenes ven este sistema como el único viable, incapaces de concebir alternativas. Esta atrofia imaginativa, que impide vislumbrar estructuras sociales alternativas, distintas y superiores, es lo que Fisher califica de suicidio. Para él, a las juventudes globales “ni siquiera les preocupa reconocer opciones al capitalismo”.

En este sentido, tal vez haya que buscar las variables alternas en un marco conceptual y práctico que no está del todo afuera del modelo capitalista pero sí que sea exterior y esté fuera de “este sistema capitalista” que en su mayor valoración premia la depredación económica, el saqueo social y es absolutamente insensible al humanismo del equilibrio y justicia en las calidades de vida. Y eso, lleve el nombre que lleve, ya se convertirá en una alternativa válida a este sistema. Sin nostalgias estériles, sino anclados en determinaciones científicas, cálculos lógicos, incluso desde la ortodoxia económica, y experiencias históricas verificadas, podemos argumentar que el justicialismo argentino, al igual que variantes del capitalismo social en los países nórdicos, o modelos erróneamente asociados al socialismo real, merecen debate como alternativas serias al capitalismo actual.

No se trata de abolir la propiedad privada, ni de imponer economías estatales planificadas y rígidas, ni de eliminar la competencia para encontrar mejores formas que brinden satisfacción a las sociedades que hoy lucen sus enormes desigualdades. Hay modelos de la Economía de Reciprocidad, tan utilizado durante siglos por sociedades ancestrales y que pueden actualizar sus formas, un ejemplo no para repetir ya que es antiquísimo, pero sí para estudiar es el Potlatch de los pueblos del noroeste de EEUU y que hoy tiene similitud moderna en los proyectos tecnológicos de código abierto /open source, donde se cuantifica el desarrollo en función del bien común y no de la mera ganancia dineraria.

Hay intentos, todavía no aplicados como el que plantea la gestión de la economía mediante una evaluación tecnológica y científica sobre los recursos disponibles y las necesidades humanas. Se prioriza la distribución automatizada y la sostenibilidad y satisfacción de la gente. Es un tanto retórico y futurista pero no lo es como para tomarlo y estudiar sus posibles aplicaciones. Conocemos el distributismo, arraigado en la doctrina social cristiana. Y hay modelos que, aunque su historia los vincule, están muy alejados del comunismo, como el chino que es una economía de mercado socialista en que cohabitan la propiedad pública junto a múltiples y creativas formas de propiedad privada, social y comunitaria. Existe una regulación marco desde el Estado, pero se fomenta la innovación y la apertura al exterior. La prioridad, pública y privada no pasa por la ganancia en si sino por el desarrollo de alta calidad y la integración de cadenas de suministro globales. Combina cierto liderazgo fuerte del Estado con la eficiencia del mercado y aspira a la prosperidad común. Y si hablamos del numen del capitalismo, que es la propiedad privada, veamos este dato: vivienda propia en China más del 90%; en Estados Unidos un 65.6 %.

 

Esta sustitución etimológica, al no ser correcta ni sostenible in eternum, siempre llega a un final, especialmente cuando su persistencia, con o sin justicia histórica, perjudica al conjunto

Vietnam se inscribe en un sistema muy parecido y como dato histórico tenemos que desde 1948 cuando el mariscal Tito, líder de Yugoeslavia, rompe con el comunismo soviético y estalinista, comienza en la entonces Yugoeslavia un modelo de fuerte descentralización de su economía, se crea la Propiedad Social no estatal y se impulsa la Autogestión obrera. Las empresas dejan de pertenecer oficial y formalmente al Estado y pasan a ser propiedad de “toda la sociedad”. Se planifica solo en forma indicativa dejando de lado la rigidez de la planificación centralizada. El Estado fija objetivos generales y pone marcos legales, peros las empresas en forma individual tomas sus decisiones sobre inversiones y preciso, y esto lo hacen respondiendo a las señales del mercado.

Reitero, no propongo volver 80 años atrás, sino mostrar que existen modelos alternativos al capitalismo más concentrado, de vigilancia, extorsivo, extractivo y represivo, que hoy aparece como el único sistema viable. Mucho menos regresar a tiempos bíblicos, cuando en 3:11 del Nuevo Testamento san Lucas cita a Juan el Bautista diciendo: “El que tenga dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”. O en Levítico 25:35-37, cuando se pide que: “Si tu hermano se empobrece y no puede sostenerse, ayúdalo para que viva contigo. No le cobres interés ni ganancia”. ¡Dios nos libre de tanto comunismo! —Luis Caputo dixit.

Este repaso de sistemas económicos que no dejaron de lado variables del capitalismo, pero si intentaron dotarlo de un sentido más humano y de mayor justicia distributiva y equilibrio de calidades de vida, los menciono en virtud de que también fueron aplicados cuando se decía que el capitalismo (en cada tiempo con sus propias características) era la única viabilidad posible. Y en cuanto a hablar de fracaso de estos sistemas, en el caso del chino y el vietnamita no se percibe una decepción nacional sobre los mismos y sí hay que aclarar que lo que proponemos como matriz clave en cualquier andamiaje institucional es la plena vigencia de los DDHH, las libertades civiles y las formas electivas más límpidas para decidir sobre los gobiernos.

Y para hablar de fracasos, el capitalismo ha tenido muchos y ha mostrado en esas fases, aptitudes violentas y con costos de vidas humanas. Recordando la frase de Palmiro Caballasca, un alumno en la serie de TV argentina “Señorita Maestra”, que ante dificultades para aprender decía: “¡Me hierve la cabeza!”, intentemos mantener la “mollerita” en buenas y frescas temperaturas para abordar con audacia estos temas.

Estudiemos, investiguemos y tal vez podamos evitar lo que Fisher define como “el suicidio de la imaginación”. ¡Atrevámonos a imaginar! Algo cambió en solo un día. El presidente Milei disipa fantasmas de juicio político, que con razonabilidad pudo iniciarse. Ya es tarde; la indecisión (o pusilanimidad) de ayer es la imposibilidad de hoy.

Desde diciembre, es decir, ya, sostendrá vetos sin dificultades parlamentarias. El Congreso carecerá de números para morigerar al Ejecutivo. Este 27 de octubre, una carga de mayor poder envolvió al gobierno, como los paquetes de regalos que sin importar lo que tengan adentro, lucen con mejor presencia. Las voces de las multitudes conversaron dentro de las urnas y otorgaron extensión de franquicia a Milei.

 

Desde siempre, aquellos que perciben al peronismo como adversario o enemigo han mostrado un interés obsesivo por asignarle motes y designaciones que subjetiviza lo general, reduciendo el universo vasto y multifacético a la medida de individuos o facciones de menor envergadura

El cuerpo electoral habló. “El cuerpo electoral”, magníficamente descripto en Sufragio y Representación Política (1963) de Carlos Fayt, sostiene que “las elecciones son algo más que una técnica para la designación de las autoridades de la Nación” y agrega que estas adquieren el “sentido de una consulta a la opinión y voluntad popular, un medio a través del cual el cuerpo electoral expresa su pensamiento sobre la conducción del Estado”.

Pocas afirmaciones de tipo político/jurídicas/electorales contienen un concepto de tanto respeto por la famosa “voluntad popular” que se expresa fáctica y concretamente mediante la utilización del voto. Y, ahí, también se expresa el poder. Y así se expresaron el 26 de octubre. Pato o gallareta. Nos guste o no. Crítica y autocrítica.

Hay cierta magia en la utilización de la palabra “pueblo” que en verdad tiene una valoración sociológica muy débil y cobra potencia en los considerandos políticos, aunque no defina con certeza casi nada de lo que cuando lo utilizamos, queremos expresar. Pero los pueblos votan y lo hacen de acuerdo a sus intereses y, cuando no son los nuestros, “agua y ajo” por no haber puesto en la misma dimensión y sintonía esos intereses.

Caen algunos opinadores, en lugares tan disformes y de chafalonía intelectual, que ni Dante se atrevió a ubicarlos en su Infierno, cuando ponen en ese “pueblo votante”, culpas e inconsciencias como motores de su consideración electoral. Entonces, esto que se escribe no es agregar una nota más a tantos artículos que buscan explicaciones a un resultado electoral, que en los países de “democracias electivas” siempre cargan la transitoriedad de su vigencia. Hay miles y algunos, seguramente, servirán para abrir seseras. Es un modesto intento de aportar al necesario debate.

Menos creo en poner nombres propios en donde corresponde definir manejos. Los sujetos políticos son lo que hacen, y eso es lo que se puede poner en valor crítico. Me preocupa, eso sí y mucho más que ver a Milei gritando, insultando (y sobre todo, bailando que se convierte en una experiencia visual/sensorial, peor que observar un desfile de zombies beodos y arrojando boñigas a su paso) saber que esta nueva mayoría legislativa puede llevar adelante, entre otros proyectos ruinosos; nefastos, catastróficos, deplorables, funestos, desastrosos, infaustos, aciagos y calamitosos (quiero dejar algún sinónimo guardado en el diccionario); su tan mentada “reforma laboral” y que eso tire al basural de la historia, muchos derechos de los trabajadores. Y esto, como diría Carlitos Balá, “es una posibilidad posible”.

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