El Arca de Noé, la ciudad de Cacodelphia y una mayoría social en disputa

Publicado en LPO

 

Una cosa es ser vehículo electoral para cierto nivel de descontento y otra es ser representante válido de un cambio. El peronismo está transitando esa etapa. No es una ni otra. Hoy vuelve a ser aquel gigante invertebrado como lo llamaban despectivamente en los años ochenta.

Pero cuidado con los gigantes. Cuando se acomodan los huesos y empiezan a caminar, suelen dejar huellas profundas en los suelos (esto es una hermosa frase esópica pero en verdad, hoy no parece tener cumplimiento efectivo en el corto plazo).

Todos los análisis que se hagan sobre el ambiente post electoral cargan una enorme cuota de aproximación y percepciones. Nada es del todo claro y no está mal, la sociedad argentina ha mutado conductas y muchos de quienes hacemos e intentamos interpretar la política, tenemos dificultades en apreciar nuevos escenarios.

Quizá se pueda apreciar que el mayor nivel de coincidencia hoy alcanzado en la sociedad, en términos simbólicos y culturales, pero con fuerte expresión política y electoral se da alrededor del anticristinismo, mal llamado antiperonismo o incluso antikirchnerismo. No es recontra masivo ni ultra dominante, pero es mayoría.

Y estas representaciones simbólicas, a la vez que electorales,  encuentran “subtítulos” que le dan explicación a esas realidades. Se asocia kirchnerismo con inflación y con el recuerdo de un mal gobierno como se asume que fue el anterior al actual.

Ese antikirchnerismo, mayoritario, en forma provisoria porque todos los tiempos políticos gozan de su natural provisoriedad, hoy tiene la fortaleza política de gobernar y la ponderación social recogida en las urnas.

Esa forma casi gramsciana y “laclausiana[1]” es patrimonio de la derecha argentina que a su vez es tributaria de la variada y disímil derecha internacional. Existe en la derecha global cierta intrépida capacidad de apropiarse de lo que considere útil, asi provenga de “odiados comunistas” y pensadores antipodos. El universo de tipo popular, progre e izquierdista, no se anima a tanto (punto para recapacitar).

Hoy, en nuestro pais se viven ansiedades, angustias y deseos que encuentran expresión en argumentos políticos y en simples transferencias de responsabilidades, no se quiere la inflación y al estar asociada con el kirchnerismo, se traslada ese rechazo  a esa identidad  política. Si la inflación es mala, el kirchnerismo también. Y, desde ya, al vivir el síndrome de la metonimia, el peronismo que hoy identifica el todo con una parte, liga ese rechazo en todas y cualquiera de sus dimensiones.

Se está corriendo el eje aceptable de la democracia electiva, hacia una peligrosa deriva autoritaria que logra consenso en virtud de mostrar como logro un disfrazado superávit fiscal que a su vez enmascara una relativa baja inflacionaria. Entonces, ¡a vivir sin inflación aunque perdamos parte de derechos y libertades!

Acá también entran deseos autos satisfechos de una sociedad que en gran parte razona “que en última instancia los DDHH y la ampliación de derechos y el tema de libertades civiles y políticas, son cosas del kirchnerismo y que a su vez es la forma del mundo inflacionario. Entonces, esa significativa porción social, se coloca enfrente.

También es justo reconocer que valores importantes como la inteligencia social y funcional, la sensatez, el respeto, la mesura, no son hoy tomados en cuenta como validaciones de conductas.

Lamentar y criticar sin expresión política que movilice y ponga pilas en nuevas energías democráticas, es reaccionario y se hace cómplice de las crueldades visibles en acciones del gobierno nacional.

Un solo ejemplo: nada justifica inhumanidades como las que se hacen con las Personas con Discapacidad. No hay perdón de Dios ni de ninguna justicia terrenal ante eso. Ni autores como Marechal en el 5to libro de Adan Buenos Aires cuando describe a Cacodelphia ciudad de vicios humanos y degradación moral, ni Virgilio en su Eneida en el libro 6 cuando Tártaro baja al inframundo donde se castigan pecados, imaginaron un sitio donde colocar a un gobierno que condena al desamparo a las personas más vulnerables de toda sociedad que son los que tienen discapacidades.

El 10% de nuestra población forma parte, en una manera u otra, de este colectivo castigado que,  con valentía, coraje, disimulando sus limitaciones físicas, neurológicas, motrices, visuales, auditivas, psicológicas y de cualquier tipo, sigue peleando junto a sus familiares por lo que les corresponde.

Es pésimo acostumbrarse y naturalizar a que exista una democracia que tolere esta crueldad.

El momento democrático no se limita al tiempo electoral, debe vivirse en situaciones donde están en riesgo libertades, alegrías y derechos. La supremacía del bien común, la grandeza de la Nación, la felicidad de los habitantes de un pais, el goce repartido, el justo equilibrio de placeres materiales y espirituales son parte de una instancia democrática.

El solo valorar la legitimidad de una elección y su rol aclarador sobre donde están colocadas las simpatías de mayorías y minorías, no es suficiente para vivir democracias de mejor intensidad.

Un dato a tener en cuenta es la valoración cuantitativa de los ausentes ante la convocatoria a colocar su voto. Son muchos. Hay parte de las multitudes que no quiere ser representada. O que no halla en las actuales intermediaciones políticas, la satisfacción a sus necesidades y reclamos. No vota porque no confía en nadie que se haga cargo de su voz. Esto puede ser porque no le interesa (apatía abstencionista) o porque están incubando una forma de tomar en sus manos las viejas representaciones delegadas, lo cual mostraría cierta audacia positiva.

Vayamos pensando en que moderno Arca de Noé se instalarán los argentinos, que angustiados por el presente y ante la proximidad del diluvio, se arriesgaran a navegar en turbulentas y peligrosas aguas apocalípticas a la espera que aparezca la paloma con el olivo en el pico, que les anuncie la cercanía de la nueva tierra y el fin del peregrinaje riesgoso.

 

[1] En el caso de Gramsci está claro el importante rol asignado por los libertarios a la batalla cultural y a impulsar desde allí las victorias políticas y en Laclau se ve la necesidad de identificar enfrente siempre algún adversario, como sostén de la construcción propia, en este caso, el kirchnerismo.

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