Argentina es parte de una porción del mundo conocida como Occidente, en donde hoy se asientan conflictos y dilemas que solo van a hallar respuestas en virtud de resoluciones en torno a fuerzas políticas y sociales en pugna.
Unos ganarán y otros recorrerán el triste camino de las derrotas.
Estas ubicaciones responden a temporalidades signadas por las cambiantes posiciones de las relaciones de fuerza en juego. No todo es para siempre, todo triunfo no es permanente y toda derrota no es eterna.
Este tipo de situación habla no solo de agonales disputas, que se dan en el marco democrático, sino tambien de márgenes peligrosos que bordean la intolerancia y el autoritarismo.
Valoremos, en nuestro pais, una bandera a la cual tomamos como símbolo representativo de una variedad de valores positivos, y por experiencia histórica llamemos a ese estandarte, justicia social.
La lucha por la justicia social reconoce un conflicto por hegemonías y esto no es solo materia de racionalidad ni de mejores argumentos ni de datos científicos que otorguen valía a una plataforma partidaria e incluso a un programa de gobierno.
Todos esto hay que hacerlo, pero no es menor la necesidad de comprender que la lucha por la hegemonía de control, por la apropiación cultural y por el benefició político tambien pasa por identificaciones interpersonales, empatías, simpatías, confiabilidad en definitiva existe un universo de la dimensión afectiva que tenemos que poner en valor.
Dijo el filósofo Baruch Spinoza, que la “única forma de desplazar un afecto es producir otro más fuerte” y en eso, los opositores estamos fallando pues no logramos desarmar el afecto “político” que logró Milei.
La injusticia, las relaciones de dominación no se resuelven solamente con una elección, pero sí el momento democrático es un paso para ir eliminándolas. En Argentina, el que gana va al gobierno y el que pierde se va a su casa. No estamos enfrentando supuestos fascismos ni dictaduras que no se los puede derrotar electoralmente. Acá, en nuestro pais, la llave de la administración y conducción del Estado, la tiene el ejercicio de la voluntad popular y esta se manifiesta mediante los sujetos votados.
Hoy hegemonizan los leviatanes de la destrucción del Estado. Producir una nueva hegemonía no puede sustentarse nada más que en un programa, por mejor elaborado que esté. No existe relación obligada, entre nuestra verdad relativa y la aceptación de ella por mayorías populares. La racionalidad que pongamos en contar lo que creemos mejor, no consigue en sí mismo logro alguno.
Nuestros objetivos pueden convertirse en ideas abstractas para millones de personas sino se encarnan en las subjetividades (dirigencia carnal y real) que despierten el afecto de esos millones con quienes se interactúa.
Recorre el mundo, como alguna vez lo hizo otro fantasma, el fantasma de la reacción. Crecen como malignos hongos luego de la lluvia, espacios que se reconocen con orgullo en tradiciones de derecha y levantan sin pudor político alguno banderas de rígidos conservadorismos algunos, de ensoñaciones dictatoriales otros, pero uniendo su valía ideológica en claras posturas anti igualitarias y con claras posiciones de incomodidad con la democracia.
En ese espacio nada con la comodidad del pez aburrido Milei que se anima a decir que la “justicia social es un robo”, “que el Estado es una asociación criminal” y en virtud de estas menciones no recibe pena social alguna y su ponderación cuantitativa mantiene aceptables niveles en la consideración popular (o al menos eso dicen las encuestas y muestreos).
Las utopías libertarias, derechistas, reaccionarias ya dejaron su ubicación en el lugar del pensamiento para ser parte de un concreto ejercicio de dominación legal en casi la mitad del mundo. Retroceden en medidas cuantitativas los países donde imperan sistemas liberales políticos con democracias a tono y aumentan aquellos que se inscriben en “democracias defectuosas”.
Una Neolengua vulgar y de menor cuantía que cualquier argot o lunfardo de los pueblos, invade con voces de mando las instituciones. Un presidente argentino llama “ratas, mierdas, hijos de puta” a sus opositores, un presidente norteamericano denomina “agujeros de mierda” a Haití y El Salvador.
Homofobia, sexismo y prepotencia se elevan como valor destacados de los liderazgos actuales que se reconocen en una derecha global.
Prende como peste, el individualismo en clave de valor ideológico, regocijándose ante el retroceso de posiciones políticas que se sustentan en la valoración del bien común.
Avanzan violencias machistas sobre la destrucción de organismos estatales que protegían cierto equilibrio en el desamparo tradicional de las mujeres. Sin caer en feminismos extremos ni en wokismos importados y contraproducentes, hay que defender aquellos espacios públicos que privilegiaban los derechos femeninos.
Desde la soberbia de los ramplones, presidentes, ministros y voceros, niegan valoraciones científicas como la necesidad de contar con políticas públicas ante el cambio climático hasta de menor importancia y más cerca de la risa que del debate serio como decir que la tierra no es redonda. Profanos de toda inteligencia que ni les importa que desde el siglo 6 AC Anaximandro de Samos hubo demostrado lo esferoidal del planeta, y fue ratificado años después, nada menos que por Pitágoras, Platón, Aristóteles y el gran Eratóstenes quienes contribuyeron a demostrar la redondez de nuestro suelo mayor. No importa. Los terraplanistas no saben quiénes son y mucho menos les interesa ningún dato que se contradiga con lo que su escasa inteligencia registra.
Marchan golpeando el piso, con taconeo de compadritos denunciando a los diferentes, desconociendo derechos humanos y civiles, destruyendo validaciones necesarias como las de colectivos como el LGTBIQ+ y el de Personas con Discapacidad.
Se regalan entre ellos títulos doctorales de falsa veracidad, medallas y diplomas y premios de desconocidos institutos y allí viajan presidentes y troupe, a recibirlos.
Cierran hospitales, desfinancian Universidades, agreden y descalifican toda posición contraria a lo que herméticamente piensan. Aún las más nimias y mínimas críticas expresadas por propios seguidores son anatemizadas con la fuerza de He- Man.
Muchas de estas anomalías democráticas eran vistas desde nuestro suelo como detalles que hacían a otros países.
Hoy en Argentina no solo las vivimos, sino que aparecen multiplicadas y agravadas.
Decía un famoso actor cómico, desde su personaje ataviado con peluca, frac y un cigarro en la mano “¡qué bien que estábamos, cuando estábamos mal!” (Tato Bores dixit)
Ante esto, nos paramos en Argentina los que no aceptamos, ni ebrios ni dormidos, esta situación. Los que somos opositores sin agregarnos rótulo alguno. Ni amigables ni opositores regaladores de herramientas. Opositores, simple y única definición. A todo lo que hacen, dicen y pretenden.
Son el primitivismo que nos golpea como sociedad y queremos defender el quedarnos en el siglo 21 sin que nos lleven, de las narices a doscientos años atrás, que es el epicentro del mundo que ellos valoran.
Tenemos que parar esto. Tenemos que frenar esto.
Hace más de un año que intentamos interpretar por qué ganó Milei y lo único que se nos ocurre es reconocer falencias propias y malestares masivos por los gobiernos anteriores.
Un famoso economista dijo en una “undécima tesis” Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.
Mientras seguimos interpretando, otros sin importarle que esa frase la dijo Marx, transforman realidades, para mal, pero la cambian. Y a nosotros se nos escapa la liebre, que corre más rápido y va demoliendo, día a día, instituciones públicas que sirven a la existencia del Estado y que son necesarias para que este cumpla su rol equilibrador de las desigualdades de la sociedad. Cuando rompan todo, serán los dueños del futuro.
Por eso hay que defender lo que aún no se desgarró y recomponer las roturas. Por eso hay que frenar a Milei. Hay que detener su avance, como ciudadanos, como argentinos, como habitantes del espacio común de la Patria y la Nación.
Tenemos que dar la batalla cultural para contrarrestar el importante logro que han tenido en instalar sus relatos. Denunciar sus mentiras, hacer pedazos la mendacidad con la que cotidianamente envenenan el aire desde las vocerías oficiales.
Debemos enfrentar su odio y sus formas prepotentes y hay que hacerlo como opositores todoterreno, en cada lugar que habitamos y socializamos (escuelas, fábricas, iglesias, barrios) y en las calles intentando pacífica y civilizadamente movilizar millones de compatriotas que se sumen a ser parte de un conflicto que los contiene.
Los argentinos tienen historia de movilización, aunque hoy no lo hagan. No ocurrieron por azar jornadas como las de la “Huelga Vasena” o el 17 de octubre o el Cordobazo o los días y noches del trágico y mortal para más de 30 compatriotas, diciembre del 2001.
Y a la batalla cultural y a la movilización sumemos lo más importante, ganarle las elecciones, las de medio término para llenar el Congreso de senadores y diputados con certezas de su rol opositor y con la honestidad y capacidad para cumplir mandatos sin dobleces y las del 2027 para desalojarlos del poder y que un impiadoso carnaval de la historia se los lleve como tristes aprendices de comparsa, derrotados y sin la calidad de murgueros de los barrios.
No hay que temer ni caer en seguidismos de una dirigencia timorata y acomodaticia, la valentía es espiritual y anímica y bien vale recordar palabras del Papa Benedicto XVI cuando en su Ángelus interpretando la lucha de Jacob (padre genético del pueblo de Israel) nada menos que con Dios, como cuenta Génesis, cap., 32 versículos 23 al 33 culmina pidiendo que hay “que transformar esta realidad negativa en positiva”
La revolución de los buenos y cansados de atropellos, tiene esas tres estaciones: Batalla cultural –Movilización y Votos.
Para esto último se precisa la humildad y la voluntad de generar estrategias de unidad entre fuerzas políticas que reconozcan que ante el peligro reaccionario las diferencias no son tantas y se puede marchar juntos en una elección.
Somos Neo en Matrix y elegimos la pastilla roja, no por ser iluminados sino para evitar que tomando la azul, la esclavitud se haga hábito.
No tenemos por qué abandonar nuestras mejores formas que dieron lugar a una sociedad bastante equilibrada, en lo institucional con la generación del 80, en lo político desde 1916 (y mucho más desde 1952 con el voto femenino) y en lo social desde 1946.
La lucha por corregir desigualdades e injusticias lleva añares, con avances y retrocesos y ahora estamos retrocediendo y nos llevará mucho esfuerzo y tiempo la recuperación nacional de lo perdido. Cuanto antes se frente el daño emergente mejor será y menos será lo roto.
El peronismo cuenta con cierta ventaja ya que tiene lo que otras tradiciones políticas carecen y es poder hablar de experiencias vividas que satisficieron aspiraciones sociales, culturales y económicas. Claro, pasó hace mucho tiempo, pero la memoria histórica juega cierto papel de pertenencia.
Tampoco cedamos a una visión negativa sobre los últimos gobiernos peronistas, en cuanto a la objetividad de las políticas públicas, sin dejar de darle valor a los hechos subjetivos que causaron, seguramente, tantas derrotas electorales para el peronismo, y esto pasa desde desaciertos políticos, manejos con cierto exclusivismo sectorial, hasta hechos de corrupción y actitudes ensoberbecidas que suelen ser “fatales” en la política.
Pero que eso no nos lleve a desconocer que existen valoraciones sobre todo entre 2003/2011, en nuevos derechos y ampliación de libertades, que no tenemos por qué dejar de contarlos como activo propio.
Pero esto es solo una parte, no alcanza con la identidad peronista, valiosa y que rodea y contiene a una clase social casi íntegra, como son los trabajadores argentinos (hoy disminuidos en número) pues las urgencias actuales requieren respuestas sostenidas desde esa propia actualidad, que es hoy. Se construye en torno a los requerimientos concretos de la gente en cada etapa y se debe representar, mejor que otros la posibilidad de satisfacerlos.
Argentina vive con cierta pérdida de su memoria social una situación donde lo que hacen Milei, Caputo y Sturzenegger se parece a lo que hacen Trump y Elon Musk e EEUU. Allá el hombre más rico del mundo se encarga de achicar al Estado que es el lugar que debe defender a los más pobres y acá en forma similar, ricos de toda riqueza y sus estudios jurídicos estructuran legalidades mediante al cual (Ley Base, Rigi, DNU 70/23) desarman el Estado nacional que es el único equilibrador posible para evitar la inmoderación social.
Allá y acá los ricos manejan el futuro de los pobres.
Tanto allá como acá se percibe cierta matriz sociológica de cuño perverso, aparece una suerte de odio a los más débiles. Desde el poder estatal se modelan persecuciones, en EEUU a inmigrantes y minorías y en Argentina en tono de expulsiones laborales y de desamparo para personas enfermas y jubilados.
Las nuevas formas de la tecnología, desde el 5G hasta el Metaverso, desde lo cuántico a lo digital, desde la IA al mundo algorítmico van por ese camino y a medida que se le quita poder a los Estados Nacionales, y su capacidad regulatoria para estas Tics, más seguro es que las tecnologías sean opresivas y solo sirven desde una óptica de mercado a intereses comerciales y de naciones poderosas.
Un tiempo nuevo, distinto y con cierta disrupción no puede abordarse con herramientas de tiempos anteriores. Los cambios devenidos en diversos campos de la sociedad global, y con impacto concreto en nuestro pais, requieren instrumental fresco, innovador, apropiado para la actualidad y no abusar de recetas añejas, aun las que buen resultado han mostrado.
Las ciencias sociales, sin ponerse a tono de los tiempos que corren, se convierten en una reserva de conceptos digna de estar en Jurassic Park.
La pereza intelectual tuvo cierta acaparación de mentes políticas argentinas y acostumbró a pensar en forma de reiteraciones, tanto de prácticas como de ideas.
La gente, esa innominada multitud que puede movilizarse, aunque hoy no lo haga, y que vota, aunque ayer nos votó en contra, no es un espacio pasivo receptor de políticas diseñadas por los que “más saben”. Son nuestro reservorio de existencia política y son la “multitud cooperante” para todo proyecto que pretendamos encarnar.
La historia real demostró que aferrarse a modelos cerrados que se sustentan en determinismos históricos, tipo materialismo científico, que valoran algo que “va a ser inevitable” como el triunfo de los buenos, es inútil como dato de la lucha por el poder político.
La contradicción entre las fuerzas de la producción y las relaciones de producción, explicación en tono científico, dada durante años por los adoradores del materialismo histórico, no dan como resultado ninguna revolución ni siquiera modelos democráticos aceptables. El capitalismo dio cuenta, con bastante facilidad, de este aserto científico que muchos recitaron como mantra religioso.
Los mensajes políticos que se dirigen solo al intelecto, se quedan rengos de resultados sino se incorpora el valor subjetivo de la personalidad que los emite, sus afectos, la demostración de su confiabilidad y la pasión como forma que enmarca el contenido.
Más allá de interpretaciones nacidas de identidades partidarias tomemos aquello que dijo el gran riojano y excelso pensador nacional Joaquín V. González en 1910 cuando define que una Nación existe aun antes que aparezcan “sucesos políticos que determinan esa jerarquía institucional” el cree, y yo tambien, que hay Nación en virtud de elementos ajenos a las formalidades legales, y se debe priorizar como dato vinculativo la conciencia de los habitantes de un territorio. A esa conciencia debemos apelar hoy, a esa virtud subjetiva de ser Nación.
Y, por supuesto me agradaría que hoy se haga carne en millones de argentinos otra expresión del riojano Joaquín V. González cuando dice que se gana con “atrevimiento, claridad de objetivos, sensación de invencibilidad y voluntad inconmovible, esos son los rumbos que llevan al triunfo”

