Es importante la presencia del Estado en el universo comunicacional de un país puesto que desde hace tiempo no son las relaciones interpaises y sus soberanías territoriales el exclusivo eje de ordenamiento en el mundo.
Hay un nuevo territorio, invisible e inmaterial que son las colosales redes de información y comunicación que con sus flujos incansables van conformando territorios que no figuran en ningún mapa y desde su abstracción consolidan un poder dentro del espacio nacional.
Durante los 90, en todo el mundo hubo un proceso de liberalización y fuerte perfil privatizador en las redes de comunicación. Por creer que esto era tema de una plaza mercantil se perdió de vista el sentido mismo de la comunicación como instrumento de vinculación de las personas y en muchos países, como en el nuestro, se dejo de lado útiles conceptos de producción nacional, defensa, seguridad, solidaridad, democracia comunicacional.
La liberalización representó correr el centro de gravedad desde la sociedad hacia el mercado. El mercado pasa a ser, en lugar del Estado, el factor regulatorio de las comunicaciones. Cuando más presentes se hacían los intereses de lo privados y más predominante el concepto de empresa en la comunicación, cuando más visible era el abandono del servicio público y más notorio la deserción estatal – coincidentes con el retroceso de las fuerzas sociales – más iba mutando la característica de la actividad comunicativa.
El modelo privado y empresarial de comunicación y de radiodifusión se promovió como el único capaz de gestionar tecnológicamente y consolidó la idea de ser el único en aptitud realizativa para formar lazos con los diferentes estamentos de la sociedad.
Esta moldura empresarial, ciertamente adiestrado en el mercado, a la que incluso habría que corregir para que sea apta como parte del sistema comunicacional y de radiodifusión de nuestro país, quiere perdurar como exclusiva referencia para todas las estrategias en comunicación que debe afrontar la Argentina. Y en verdad, no puede ser así. La comunicación es mucho mas que un espacio de mercado y así como reconocemos que el mercado forma parte del sistema sería óptimo que con cordialidad, sin histerias ni amenazas, el mercado asuma que hay otros intereses comunicacionales que requieren de otros protagonistas mas vinculados a las instituciones estatales, los espacios públicos asociativos, las pertenencias regionales y los colectivos sociales.
Este es, creo yo, el verdadero debate de fondo. No queremos someternos a una lógica de desterritorialización virtual que nos debilite ante los macrosujetos privados como son muchas de las empresas, sobre todo multinacionales, que operan en el mundo de las comunicaciones.
Por eso, esta Ley de Medios es un avance para certificar posición y bandera, desde lo general, en la defensa de un rol inexcusable del Estado.

