Lo diré diez veces, cien veces, mil veces..¡Hay que frenar a Milei!

No hay que rechazar el convite. No hay que temer al agonal desafío que la política hoy propone. No hay que negar la importancia que adquiere la batalla cultural, tan parloteada por los libertarios y el gobierno y que, nobleza obliga, llevan adelante con cierta ventaja en los scores concretos que miden opiniones, voluntades y ponderaciones sociales. Y que mañana nomás, calibrará votos.

¡Como el peronismo, matriz política popular por definición e historia, no va a enfrentar, en el duelo de apropiación y asumición de simbologías masivas y de construcción de sentido, al aparato oficialista!

Pero esa batalla cultural, ese combate político y social, esa lucha constante por definir y dominar, o al menos estar presentes en la construcción de valores y narrativas que moldean las sociedades, no se limita a ámbitos académicos, intelectuales y mucho menos dirigenciales. El territorio de flagrancia es multifuncional.

La calle, las fábricas, las escuelas, la feria del barrio, las iglesias, los espacios de educación y arte, los medios de comunicación donde las redes juegan un rol importante, las Juntas vecinales y organizaciones varias que se dan desde inquietudes populares, el debate político partidario e interpartidario, prácticamente en todo espacio cotidiano de sociabilidad comunitaria, tiene que estar la voz peronista, con su verdad relativa.

No para imponer un pensamiento único, estilo que Milei y sus compinches, elevan a la categoría de prioridad cultural (como dijo en Davos, “hasta que todos no piensen como nosotros, no cejaremos en imponer las ideas de la libertad” – libertad entendida desde su concepción falaz) sino para que los libertarios no sigan manipulando la historia y la memoria colectiva a su gusto.

Frente a eso, debemos sostener el claro emblema del pensamiento crítico, el pluralismo, la importancia de la tradición nacional y de la identidad propia de los argentinos, no como nostalgia paralizante sino como punto de partida de una concepción que combine justicia social, democracia, independencia económica, diversidad y derechos humanos.

En concreto estamos discutiendo entre espacios del pensamiento y de la política sobre qué criterios se imponen para vivir en este pais y como esos valores se transmiten a las nuevas generaciones.

La desinformación y la manipulación de la verdad son tácticas utilizadas para ganar terreno en este combate por la hegemonía cultural. En última instancia, esta batalla no solo define el presente de una sociedad, sino que también moldea su futuro, determinando qué tipo de valores prevalecerán en la convivencia cotidiana.

Y como diría Rodolfo Di Sarli, aquel legendario relator de las luchas de Titanes en el Ring, “¡en este rincón!”: Milei y su gobierno de empresarios glotones y mediocridades notorias, de belicosos, sectarios y pendencieros funcionarios, con arrobamiento en la crueldad como método de aplicación de políticas públicas, los que llevan adelante la utilización sacrificial de jubilados, espacios de salud y educación. Los que se oponen a la defensa del ambiente y niegan el cambio climático, son contrarios a la diversidad de géneros y creen, desde un encarroñado pensamiento que hay vinculación directa entre homosexualidad y pedofilia. Los que copian a Trump, imaginando que un gobierno sostenido en multimillonarios es la base de un éxito institucional. Los que muestran con cierto éxtasis estético una inclinación, recontra inclinada, hacia intencionalidades hegemónicas (reite, Manú, de los que acusaban de eso mismo a gobiernos anteriores).

El gobierno que loa y adula a las derechas que, con más o menos, virulencia muestran rasgos autoritarios e intolerantes (Orban, Trump, Netanyahu) que son expresiones políticas que intentan estropear las marchas de las democracias, y están poniendo día a día una vara propia que va midiendo cuanto de tolerancia tienen los sistemas republicanos y donde perciben alguna pasividad, cruzan esos límites.

De ese lado, está una cosmovisión, sobre todo sostenida por el presidente Milei, que concierta aspiraciones redentoras y místicas sostenidas en terminologías pletóricas de religiosidad y amparadas en falacias de débil sustentación.

Ese, diría Di Sarli, es el rincón de los malos, de los luchadores que con malas artes pegan por fuera de lo permitido, no respetan al árbitro y te hacen piquete de ojos en forma indebida.

El tema es saber bien quien se coloca en el otro rincón. Quienes frenan, no solo el economicismo de una baja inflacionaria sostenida en acciones carentes de todo limites ético y social sino lo que se muestra cada vez con más visibilidad en estos libertarios no liberales, que es su intento de llevar a cabo una revolución conservadora, que va aniquilando la Salud Pública, hace trizas la Educación, se burla del sistema previsional y del rango jurídico de los derechos laborales, arruina las Universidades nacionales (y esto se verá en diez años más cuando salgan malos médicos porque fueron formados con carencia de medios y malos arquitectos y entonces, se mueran enfermos curables y se caigan casas) e intenta desbaratar nuevos derechos adquiridos en los últimos tiempos y relacionados con libertades personales, jerarquización del sentido de igualdad para las mujeres, atención a Personas con Discapacidad, valoración de la ciencia y el conocimiento nacional, respeto a las preferencias sexuales y todo aquello que signifique ampliar la mirada y estar a tono con el siglo 21.

En ese rincón del ring, subamos al variopinto cuadro donde se unen rabias autoconvocadas; referencias gastadas en la credibilidad popular, pero con voluntad de dar pelea, intereses desplazados, temores ciertos a potenciales represiones y menoscabo de libertades, hambre real y futuro, organizaciones políticas y sociales con fuerte declinación de poder pero que deben recuperar vigor y confianza, comunidades regionales golpeadas y otras significancias de la política local. Hay, para dar pelea. Hay equipo. O, hagamos que haya equipo.

Y, al menos al autor de esta nota, le surgen tres datos que pueden consolidar esperanzas y ofrecer matices organizativos para que esa agenda conservadora y esos intereses empresariales que hoy dominan el escenario, no avancen con facilidad.

Uno de esos datos es filosófico e histórico, el signo insumiso de millones de compatriotas.

Cierta verificación de nuestro pasado, lejano y también reciente, donde los argentinos peleamos. Como dirían los sarmientinos, con la Pluma, con la Espada y la Palabra. Hoy, dejamos las espadas que se corresponden con otros tiempos y otros contextos y tenemos que darle cuantía a la palabra, que debe convertirse en un arma de la democracia militante. Somos los que hablamos, que es lo que pensamos. No pueden existir dirigencias mudas, y mucho menos parlamentarios, de cualquier espacio (Mercosur, Senado, Diputados, Legislaturas provinciales) que hagan del silencio una táctica política. ¡Pero los hay! Y ocupan esos valiosos sitios institucionales que poseen el provecho de amplificar decires, de hacer más audibles las posiciones, de mediatizar con mejor éxito lo que se dice. Claro, para eso hay que decirlo.

Y la Pluma, simbología léxica para darle tupido a la compu y al Word, en la dimensión más básica, y que surjan millones de letras, textos, líneas y escritos que cuenten lo que es y hace este gobierno y que avise que hay militancia opositora que está dispuesta a dar la disputa por el sentido, por la calle, por los votos, por el gobierno y por el poder.

La militancia territorial se sostiene en la voluntad y convicción de miles de compañeros de caminar calles, territorios, provincias y lugares, pero lo importante es que lo hagan llevando las palabras adecuadas y necesarias nacidas de las plumas, que no es un atributo de elegidos, sino que es patrimonio de todo el que quiera decir algo. Con su voz escrita y con su forma.

Ojalá fuéramos todos Borges o Jauretche del escrito político. Pero como no lo somos, todos tenemos obligación y derecho a escribir y hablar como se nos cante. Mientras tenga un eje común de unidad de concepción. Escribamos bien o mal. Pero escribamos. Hablemos bien o mal, pero hablemos.

Otro dato es el carácter de clase de los trabajadores, que más allá de conducciones y momentos, es indócil a injusticias. Tienen sus tiempos, pero tambien tienen sus armas. Potentes cuando se ponen en marcha. Los trabajadores argentinos nutridos de sus historias buenas y no tan buenas, pero inmersos en su relación de clase que les marca un plus de identidad. Aún en estos tiempos que como sujetos sociales históricos del peronismo han declinado cuantitativamente, la simbiosis entre peronismo y clase obrera obra como un potente elixir de la vida política. No la tienen otras tradiciones partidarias. La tentemos los peronistas. ¡Albricias! Aprovechémoslo.

Y el tercer dato es el peronismo. No «éste» peronismo, no un peronismo temporal y encerrado tal vez en limitaciones momentáneas sino el peronismo como valor identitario y portador sano de historia, luchas y épicas.

En definitiva, hay un bloque de poder, hoy consolidado en el gobierno, pero también hay un bloque potencial para oponerse.

Bloque tácticamente más frágil, pero con posibilidades estratégicas considerables.

Y más si sumamos una correcta aplicación de las significaciones de aliados, adversarios y enemigos y somos capaces de co-convocar a todos aquellos protagonistas sociales agredidos por las políticas libertarias, a todos los que se sientan con ganas e ímpetu de “frenar a Milei”, a la dirigencia que a nuestra izquierda y derecha levanta consignas anti oficialistas, a las mujeres y hombres lesionados en sus dignidades y que no agotaron su arsenal de broncas y energías para la pelea política.

A las muchachas y muchachos, pibas y pibes que nos ven vetustos y no sabemos cómo hablarles para que nos entendamos. Con ellos debemos realizar el mayor esfuerzo. Tenemos que lograr interpretar la misma música, el mismo sonido, demostrarles que somos confiables, que no todos fuimos parte de los últimos años de degradación política y de desmerecimiento peronista.

Pero que esta etapa requiere calma entre nosotros porque el vigor debemos colocarlo para “¡frenar a Milei!”.

En tres planos hay que pensar la ofensiva que nos saque de posiciones de defensa que terminan siendo casi de pasividad.

La batalla cultural – La movilización y las elecciones.

Encaremos las dos primeras, y vayamos a buscar a ese tercer momento, el trofeo del reconocimiento popular y meter senadores y diputados que hagan oposición seria y consecuente. Son todos buenos, diría un sabio general, pero si se los vigila son mejores. Y, en verdad, hay una dirigencia y muchos legisladores nacionales, que serán buenísimos, pero no lograron “frenar a Milei”.

Datos, no opinión. Ellos estaban y Milei no. Hoy Milei está.

Entonces el verbo es “frenar”. Ni golpes palaciegos ni míticos helicópteros.

Ganar el debate, ganar la calle y ganar las elecciones.

Así, se frena a Milei.

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