Capítulo escrito por Osvaldo Nemirovsci para el libro Open Government-Gobierno abierto- 2010 Edición Algón/España.
“Una obra coral, en la que 17 expertos de ambos lados del Atlántico reflexionan sobre el impacto de Internet y las Tics en los gobiernos, en la actividad política y en la nueva construcción social que se está produciendo en torno a la llamada web 2.0. Un libro imprescindible para entender y actuar en la política del Siglo XXI.”
La comunicación como un hecho de vinculación humana no admite dudas en cuanto a su importancia. La historia del mundo es la historia de su comunicación, tanto en su relación intersubjetiva –raíz misma del avance de la humanidad– como en menor medida en su valoración institucional.
Ya la Paideia, en la antigua Grecia, aquella que recién asomaba al Mito Homérico describía y definía los hechos de los hombres que eran capaces de ser narrados, y en una vinculación protoinstitucional hablaba de la factibilidad de educarse en un mundo que puede ser contado, narrado.
Homero agregaba que el pensamiento humano es de carácter narrativo. Esto era la comunicación en la Paideia griega: una transmisión de símbolos mediante el relato.
¡Vaya si tiene importancia la forma en que se realiza ese relato! ¡Vaya si tienen importancia los instrumentos con los que nos comunicamos!
Allá por los ‘50 los estadounidenses, en medio de la guerra fría que aparte de congelarlos los volvía paranoicos y todos los días se despertaban creyendo que los rusos estaban en las puertas de sus casas (los norteamericanos creyeron que el comunismo podría venir desde el espacio exterior y sobresaltados por lo que consideraban un avance enemigo en la carrera tecnológica, vincularon institucionalmente a la secretaría de Defensa casi todos sus proyectos de investigación), comenzaron a explorar formas de intercomunicación capaces de seguir transmitiendo aún con todas las redes colapsadas–por la hipotética acción de las bombas soviéticas–. También influyó en esa búsqueda la escasa confianza que tenían en los nodos comunes de conmutación. Así, de tanto ver en Hollywood que cuando comenzaba un ataque se cortaban todas las comunicaciones telefónicas y telegráficas, se dedicaron a encontrar formas para comunicarse extra telefonía. Cuando en el área de Defensa llegaron al Arpanet (término que deriva de DARPA, una sigla en inglés que denomina a la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa -Defense
Advanced Research Projects Agency-, que no es otra cosa que el abuelo de internet), dieron el puntapié inicial a un modelo de vinculación entre humanos mediante máquinas, que luego, perfeccionado con el paso de los años, abriría la ruta de la red en todas sus alternativas. En un principio la nueva Paideia fue el ordenador SDS 940, el primero en conectarse y avanzar en un audaz sistema de hipertexto.
Ahora bien, cabe subrayar que Internet no es una red mundial de computadoras interconectadas, sino que es una herramienta de vinculación electrónica de personas que, a través de computadoras que, sin estar interconectadas sincrónicamente, se juntan mediante protocolos asignados para comunicarse, entretenerse y realizar otras actividades.
Las nuevas representaciones de la comunicación, manifestadas en sus múltiples instrumentos y usos, constituyen nuevas prácticas culturales. Éste es el primer aspecto que debe ser incorporado al escenario del gobierno abierto: la optimización del vínculo entre el gobierno y los ciudadanos a través de nuevas tecnologías de comunicación implica ante todo un cambio cultural.
No es lo mismo una relación abierta entre los ciudadanos y sus mandatarios que una vinculación sostenida en moldes ortodoxos y tradicionales –pensados y elaborados en contextos pretéritos– mediante los cuales la burocracia estatal (en el más puro sentido weberiano) intenta cumplir funciones y tareas que responden a las demandas de sus comunitarios.
La cuestión de la forma en que se lleva adelante la administración implica un dato diferenciador. Cabe destacar también que los grandes y estratégicos objetivos de la función política, tanto desde la perspectiva del Estado como de las plataformas gubernamentales, aun manteniendo sus valores inalterables (Grandeza de la Nación, Felicidad del Pueblo, Bienestar de los Ciudadanos, Igualdad-Libertad y Fraternidad, Accesibilidad Igualitaria y otros), reconocen abordajes más o menos propicios en virtud de las formas en las que se vehiculicen. La forma de resolver la relación entre Estado y ciudadanos es clave a la hora de asumir planteos estratégicos y realizables.
En esta línea, existen formas más propicias que otras para relacionar intereses comunes desde la administración pública. Entre ellas se destaca la que llamamos Gobierno Abierto (open Government), que postula como elemento central de la relación entre un Estado y sus habitantes (no solo los ciudadanos) la existencia de canales de comunicación efectivos que permitan el contacto y la interactividad entre las partes.
Y no hay que soslayar que en la forma que adopte un Estado para lograr mejores resultados, existe cierta idea de justicia. Aquí, forma y contenido (métodos y objetivos) se involucran y asumen magnitudes de similar valor. Es decir, existe una forma de gestión –Gobierno Abierto– que se supone mejor para lograr lo fines que una administración estatal se formula. Y puede haber otra forma –gobierno cerrado o tradicional– que, buscando los mismos contenidos, no los obtenga en un tiempo socialmente óptimo, en virtud precisamente de la forma seleccionada. En esto veo un concepto de Justicia, y como bien afirma Rawls en su Teoría de la justicia, hay límites más allá de lo que se persigue como valor, hay un punto en que lo justo se torna inútil por lo impracticable. Esto aplica para objetivos de gobierno improbables de cumplir por formas impropias en el andamiaje de la administración de las políticas públicas.
Siguiendo esa línea, se puede inferir que, en igualdad de formas, lo justo y lo correcto se define en virtud de los instrumentos utilizados, básicamente y en nuestro tiempo, de la apropiación o no de formas tecnológicas de información y comunicación modernas. Por ejemplo, un gobierno puede definir correctamente que el camino para abrir su administración es comunicar todas sus decisiones y acciones, pero decide utilizar para ello el servicio postal más simple y económico en lugar de, por ejemplo, un servicio de red o de internet.
Ambos comunican. Uno con tiempos –y volvemos a Rawls– de “justicia superflua” y otro donde el concepto de lo justo es necesario y posible.
En un modelo, los habitantes conocen lo hecho por el gobierno en una asincronía desfasada de los sucesos; en el mejor de los casos, su alternativa de interactividad se limita a la que permite el medio empleado, es decir, devolver sus opiniones mediante cartas postales. En el otro, los tiempos se reducen de forma notable: la posibilidad de intercambiar informaciones e interactuar velozmente, refuerza en forma significativa la participación y enriquece el vínculo ciudadano – gobernante.
El Gobierno no solo debe fijar pautas de funcionamiento en sus definiciones y objetivos, tambien debe ser claro a la hora de sugerir instrumentos de aplicación. Toda herramienta a la que se eche mano debe responder al más importante de los objetivos del modelo de Gobierno Abierto: colocar al habitante como centro de la gestión estatal. La utilización de formas que optimicen los procesos de las Administraciones Públicas deben diseñarse con una profunda vocación de servicio por la comodidad de cada usuario-ciudadano. Es necesario aclarar que la comodidad, en este caso, no la entendemos en el sentido de alejarse del esfuerzo, sino como un sinónimo de amigabilidad de la administración con sus mandantes. Comodidad, por ejemplo, en la no pérdida de tiempo y esfuerzo en tareas como el pago de tributos, la obtención de licencias, turnos, consultas, certificaciones, validaciones, habilitaciones, documentales, etc. Además, las herramientas empleadas no sólo deben ser prácticas, sino fáciles de apropiar. Si los destinatarios no se adaptan naturalmente a ellas, si no las adoptan –parafraseando a Marshal McLuhan– como extensiones de su propio cuerpo, el modelo de apertura utilizado está destinado al fracaso.
Hay un aspecto cultural básico para entender el escenario tradicional que se pretende modificar. Las instituciones públicas –clásicas– están diseñadas para ser funcionales a valores como el acatamiento de la ley, el ordenamiento procesal adecuado, la honestidad burocrática, el respeto jerárquico, el cumplimiento convivencial, etc. Pero, sin desmedro de aquellos y en virtud de la tecnología disponible, debemos considerar a la eficiencia como un norte deseable, y no hay eficiencia posible sin mejorar relaciones entre el servidor público y el habitante comunitario. Y no hay relación mejorada sin una urgente y profunda mutación cultural que permita incorporar los modernos instrumentos de la comunicación en la práctica interfaz entre administradores públicos y públicos que no administran.
Un Gobierno Abierto es una horizontalidad con autoridad. Los gobernantes deben vincularse en forma eficiente con las demandas ciudadanas, pero también con todos los organismos que hacen al funcionamiento de la administración de un país, sean éstos de competencia propia o ajena.
En ambos casos, la autoridad se ejerce en la capacidad de priorizar con eficiencia y sentido social y solidario las propuestas recibidas.
El entramado administrativo y político de un gobierno debe estar en red, entendiendo como tal a la más cualificada forma de interconexión informática y en la cual se fijarán protocolos de acceso tanto para el usuario participante como para los funcionarios competentes de todos los organismos.
Un aspecto destacable y aplicable a la realidad de los sistemas informáticos vigentes es que ya existe una red masiva, y en ella hay certeza de necesidades sobre temas públicos.
La presencia del Gobierno Abierto debe montarse sobre esa red, como forma de prestar oídos a las peticiones de quienes debaten allí. Y desde ese mismo espacio deben impulsarse vínculos con organizaciones civiles, empresas, sindicatos, universidades y fundaciones, de manera de fortalecer la participación.
Afrontar la capacitación de funcionarios y servidores públicos en el uso de estos instrumentos de vinculación es otro de los pasos inevitables en el camino del Gobierno Abierto.
Es vital enfatizar que sólo una nueva cultura del servicio, construida desde un claro posicionamiento a favor del interés de los ciudadanos y de su más cómoda y amigable relación con el Estado, hará posible el buen funcionamiento del Gobierno Abierto. Una vez conformado ese espacio de capacitación del agente público puede desaforarse al destino de la participación popular.
Debemos tener en cuenta que cada palabra, cada mensaje que se recibe desde la demanda ciudadana, llega sin intermediarios, sin traducción política. Las inquietudes y propuestas se introducen en un universo de democracia digital donde todos tienen opinión autorizada. Una verdadera ágora de participación en la que, sin duda, se pondrá en aprietos a aquellos gobiernos que no satisfagan solicitudes y reclamos, pero que también mejorará sustantivamente a aquellos que realicen con excelencia este paso.
Hay un sendero previo a este tipo de concreciones: el de una fuerte apuesta por la Sociedad del Conocimiento como construcción común de equilibrio en el acceso a la información y a la comunicación, a los saberes y a la tecnología. El conocimiento como valor cultural y formativo de la sociedad es el dato que permitirá un uso inteligente del Gobierno Abierto.
La expansión de instrumentos de la tecnología, capacitación del recurso humano, consolidación de redes y apertura democrática a la participación de todos los habitantes de un espacio institucionalmente delimitado (Nación, Provincia, Región o Municipio), sólo se logra mediante el conocimiento y el saber.
Éstos a su vez componen el campo cultural de las nuevas formas.
Siguiendo a Tocqueville, podemos sumar a la multiplicidad de factores incidentes en los procesos de igualación de las sociedades -junto a episodios tan disímiles y lejanos en el tiempo, como las Cruzadas, el progreso científico, la expansión capitalista, la autonomización de las ciudades, el descubrimiento de América- el surgimiento de las redes de vinculación metacomunicacional como internet. Y sobre todo, la decisión de algunos gobiernos de utilizarla en función de su modelo de Open Government.
No hay democracia completa sin la democratización de la mayor parte de la cotidianidad de cada individuo, lo que a la vez colabora en la democratización contemporánea y conjunta de los estamentos sociales. Si no existe igualdad de condiciones –como justicia según Rawls, o como algo más que un factum objetivo según Tocqueville- no es fácil encontrar una matriz positiva donde se forje la subjetividad de los sujetos: de ahí la importancia del acceso igualitario a las redes, no solo en virtud de una mejor calificación individual de quien lo hace y ni siquiera como dato de razonable igualdad ante la tecnología, es importante en función de lo descripto para el Gobierno Abierto. Más capacidad, mejor matriz formativa, más saberes y conocimientos, más igualdad de oportunidades; aspectos que forman un sujeto en calidad de incidir, mediante su voluntad participativa, en el gobierno a través no solo de su libertad civil y de su derecho político sino también-importante para esta etapa- desde su calidad de protagonista del Gobierno Abierto.
No está mal asomarse al mundo del Open Government desde el mero acceso a un portal. No es poco pagar tributos desde la red. No es un tema menor el voto electrónico y el uso de facturas digitales. Pero eso es el comienzo, promisorio y alentador, pero sólo el comienzo. La reiteración de prácticas digitales, el uso –con prueba y error– de mecanismos de interactividad en red con el gobierno, llevarán a la población a naturalizar estos procederes y, por consiguiente, a incorporarlos como prácticas culturales de su vida y de su relación con las autoridades.
El saber de los pueblos en su manejo de la red, estoy más que convencido, impulsará al Gobierno a la eficiencia. Este dato de suficiencia hay que unirlo a un concepto importantísimo, el de la honestidad en los actos estatales, o dicho con mejor juicio, en la transparencia de dichos actos.
Es que, en un Gobierno Abierto, mucho de lo que constituye el mundo secreto de la Administración Pública -salarios, licitaciones, compras, cantidad de personal, horarios etc.- quedará a la vista de los habitantes-usuarios; el acceso simple y masivo a la información pública llevará inexorablemente a la administración a recorrer el camino de la transparencia.
El Open Government es mucho más que un ingreso al mundo informático, aunque sin este universo digital no podría existir. Es más completo que un simple cliqueo en la entrada de un ordenador, aunque sin las PC (fijas, de red y lap, de red Internet y telefónicaso digital en la TV o locutorios barriales) el modelo no funcionaría.
En el Gobierno Abierto todavía conviven los átomos con los bits. Hay un tránsito de migración inexorable que en el transcurso del tiempo irá definiendo nuevos componentes, pero sobre todo novedosos comportamientos humanos, sociales e individuales.
No abono aquellas primigenias ideas de los albores de los ‘80 sobre la economía de un gobierno distinto, un gobierno reinventado, al decir de Osborne y Gaebler, y luego definido por Al Gore en términos de un Estado que funcione mejor con la tecnología, y que cueste menos. Al contrario, tal vez un Gobierno Abierto deba costar más, y aun así su búsqueda y consolidación son necesarias. Es que su motivación no se encuentra en una ecuación de costo presupuestario sino en un concepto filosófico y hasta ideológico con un fuerte sentido de amigabilidad para los ciudadanos y con un objetivo claro: mejorar la calidad de vida de cada habitante del lugar donde se implemente. Éste es el valor del Gobierno Abierto, no el dato económico que surja de sus finanzas.
También quiero acentuar una hipótesis que pongo en consideración pues no he hallado una satisfactoria respuesta a mis dudas al respecto, hipótesis que parte del interrogante sobre si un gobierno de cualquier calidad política puede imponer este modelo abierto y digital o si solamente un gobierno de signo progresista, popular y transformador está en condiciones de llevarlo a cabo. La tecnología no es de derecha ni de izquierda ni peronista ni conservadora y, es más, ni siquiera es neutra. Es bueno tener en cuenta que en los umbrales de la masificación tecnológica nos ponemos ante la potencialidad de nuevos analfabetos digitales, por lo que sin una clara política pública social y compensadora, las nuevas formas traerían nuevos dramas.
El Estado tiene que acudir a un derrotero que pase por la investigación y el apoyo a la misma, la aplicación de esa investigación, la innovación y el sostenimiento de instancias educativas coherentes y afines a un programa general de construcción del conocimiento.
Hoy, en nuestro país, el espacio educador todavía sigue pasando por el fortalecimiento de la escuela pública y de sus universidades.
La concreción del Open Government es una decisión de quien gobierna que involucra también el mundo productivo.
Los soportes digitales y las plataformas de distribución se expresan físicamente en aplicaciones tanto de software como de hardware. Al Gobierno Abierto no se accede sólo a través de computadoras, sino también de otros dispositivos comunicacionales como los teléfonos, fijos y móviles, la televisión digital y otras variantes, como el multitáctil IPhone y el IPad.
También, quiero resaltar especialmente la potencialidad de los locutorios y cibercafés como distrito propio desde donde los sectores sociales más desposeídos, deberán hacer su práctica y su concreción de protagonizar el gobierno abierto.
Un estudio de la compañía venezolana Tendencias Digitales realizado en 2007 muestra que, en Argentina, Chile, Colombia y Ecuador los cibercafés son el principal lugar desde donde se accede a internet. Parafraseando y acomodando la vieja máxima oriental adjudicada al profeta Mahoma, podemos decir que, si la PC no viene a mí, yo voy a la PC.
En todo esto hay un tema que no puede soslayarse y es el de la necesidad de considerar a la banda ancha como un derecho universal. En este aspecto, la Argentina debe seguir el camino de experiencias como la chilena y la brasileña. Y no está de más sugerir la inclusión en las diversas plataformas de vinculación áreas Wi-Fi y Wi-Max como espacios para aumentar su territorialidad, y por supuesto, hacerlas accesibles en costo o incluso buscar la gratuidad de las mismas.
Todo ello configura un marco de singular potencialidad económica; la posibilidad de abrir un mercado que, impulsado por la demanda estatal confluya con necesidades de los privados y que ofrezca un panorama alentador para el Estado que asuma el compromiso de impulsar el Gobierno Abierto.
Hay un aspecto generacional y de acercamiento, cada vez más masivo, a las tecnologías que además refuerza la idea de la necesidad del Gobierno Abierto. La relación numérica entre migrantes digitales, no digitales y nativos digitales otorga, por razones simples de demografía y natalidad, ventaja al último sector. Cada día que pasa hay más nativos digitales y, por ende, es de suponer que hay una mayor mentalidad digital, la cual no es posible contentar en su formación y educación, como bien dice Daniel Ivoskus, con las herramientas de ayer.
De la misma forma y transpolando esta idea a la relación ciudadano-funcionario en un modelo de Gobierno Abierto, podemos decir que quien se asoma alguna vez a las bondades de este sistema interactivo no querrá regresar a las tediosas formas del aparato burocrático estatal tradicional (el autor de temas informáticos y sociólogo José L. Brea creó la frase “Ahora todos somos RAM”, sintetizando con esto un cambio en el paradigma cultural de la sociedad actual).
Como cada vez son más los digitales por nacimiento que aquellos por opción o que los que sencillamente no están digitalizados, solo cabe reflexionar sobre lo necesario de acelerar el ritmo en las decisiones políticas que implican poner en marcha una administración abierta, un Open Government.
El gobierno, cualquier gobierno, cuando decide hacerse abierto y se instala en la red como valía de su existencia, sufre una transformación de sus propios contenidos y se convierte en un espacio de todos. Es una migración fenomenal entre las históricas formas de la política entendida como acumulación, poder territorial y manejos casi impunes (no por la corrupción sino como consecuencia del mismo ejercicio de esa forma de poder) y el compartir un espacio desterritorializado común, donde gobernantes y gobernados conversan, se escuchan e intercambian propuestas.
El conocimiento pasa a ser de todos, la interactividad nos sitúa en un área de democracia de opiniones, con universalidad y con flujo bidireccional constante y permanente.
En realidad, el Gobierno Abierto usa en forma completa el sentido de e-Government o gobierno digital más el concepto de participación e interacción entre sus niveles de gobierno y entre el gobierno y otras instituciones y organizaciones de la sociedad. Por ello, debe considerarse una intensiva aplicación de las tecnologías de las comunicaciones y de la información, como así también la utilización permanente de las redes de telecomunicación y de internet en todos los estamentos de la Administración Pública. Y el elemento que lo hace más abierto es su actitud relacional con los gobernados.
Si nos aproximamos a los campos de la filosofía podemos aventurar que partiendo del concepto de la Sociedad del Conocimiento como cimentado en un nuevo sistema de producción (no más fordismo, no más “just in time” toyotista, no más concepto plusválico tradicional) que genera una nueva economía (más bits y menos átomos), que a su vez debe contar con un nuevo modelo de organización del Estado, el destino es el Gobierno Abierto, el gobierno digital con relación protagónica de los gobernados.
Según autores que abordan este tema desde diversas realidades del mundo, hay una serie de factores que son necesarios a la hora de ver la alternativa de impulsar el Open Government:
1) Contar con un presupuesto acorde a la tarea emprendida. 2) Tener recurso humano en el nivel de equipos de gobierno para las fases operativas y técnicas del emprendimiento. 3) Un claro liderazgo institucional 4) Una red de proveedores de confianza.
Pero, como ya expresamos antes, no todo es instrumental: esta forma de administración reconoce como primer dato de aplicación un fuerte compromiso político con la democratización de estructuras de gobierno.
Hay un punto que no deseo evitar y que tiene que ver con la idea del Estado como producto del carácter irreconciliable de las clases (Lenin), o de reproductor de la dominación en cuanto al uso de instituciones de gobierno existentes (Jaques Lagroyé) tomando dos definiciones de autores distantes, pero que encuentran un lugar coincidente en la mirada sobre el poder del Estado como parte de un esquema de dominación de alguien sobre alguien. En este ejemplo hago un ejercicio casi ucrónico. Pienso al Gobierno abierto e interactivo en la definición de Lenín y lo aprecio como sostenedor de una mirada de clase en el uso de nuevas tecnologías, con un rol probablemente censor en la calificación de las conversaciones entre gobernantes y gobernados. En cuanto a Lagroyé, destaco que ese sociólogo hablaba de la especialización inevitable de los gobernantes, punto éste que podría semejarse al tema que venimos tratando. Entiendo que el autor entiende a la especialización política como una especialización inevitable de los gobernantes y de sus mecanismos de gobierno y que eso es producto de las diferencias sociales, entendiendo como tal la existencia de un modelo de dominación. Lagroyé señala que la especialización de lo político se da generalmente en el rol de gobierno y no es asimilable a actividades políticas particulares.
Este planteo, lejos de ubicar al tema en los confines de Úbeda, pretende situar el modelo de Gobierno Abierto como fáctico desde los intereses políticos más allá de su necesaria contextura tecnológica.
Primero los hombres y la política, y luego desde allí se definen las formas. Aunque como dijimos al principio, las formas se ligan con los contenidos.
En fin, creo que en toda definición que roce modelos de gobierno debe imperar un fuerte sesgo de filosofía política.
De ahí, lo ineludible, en mi apreciación, de algunas definiciones antedichas.
Pero bien, en lo práctico estas perspectivas teóricas tienen aplicaciones concretas y las veo, en lo que consideramos Gobierno Abierto, en la obtención de lazos bidireccionales en la comunicación de las administraciones con sus vecinos. Un verdadero canal de retorno popular que sirva como colaboración y participación en medidas de gobierno.
Son muchos los pasos a dar por un gobierno que permita a sus mandantes participar de decisiones y de formulación de políticas públicas que mejoren la calidad amigable de la administración: desde aconsejar dónde colocar detectores en programas de seguridad hasta opinar sobre ordenamientos de tránsito en sistemas con programas inteligentes, pasando por la construcción de portales de material educativo, promoción de guías que orienten la tramitación por red, denuncias de incumplimiento y maltrato en los servicios públicos y aporte de soluciones, interacción e interoperabilidad entre protagonistas de la gestión del transporte público de pasajeros como taxis y remises, capacitaciones varias, etc. Otros, a su tiempo, surgirán de la demanda social.
Es importante que cada gobierno cuente con un organismo propio del área, del estilo de una Dirección, Subsecretaría o Agencia de Acciones Digitales y Gobierno Abierto, pero que lejos de autonomizarse sea el vínculo que transversaliza toda la Administración Pública. Asimismo, deben preverse espacios institucionales de atención personal para aquellos vecinos u organizaciones de la sociedad que resulten marginados, por los motivos que fueren, de la conectividad institucional.
Si bien ya lo mencionamos, debe puntualizarse que, para estos proyectos, el gobierno debe encarar un programa de suministro masivo de ordenadores y en una efectiva alianza Estado-Industria, generar mejores condiciones para este fin.
También deben arbitrarse modos de visualización de los pasos administrativos. Todo aquel que lo desee, debe poder verlos. Así, la transparencia no se declama en un discurso, sino que se ejecuta en la red.
Todos los canales de participación tienen utilidad en un Gobierno Abierto. La web desde ya, pero también las redes sociales. En este sentido, debe implementarse un seguimiento de sitios como Facebook y la creación de sitios en ese espacio, como también aprender, difícil para los políticos y sus discursos intensos y largos, a manejar los microblogging de 140 caracteres (Twitter y algunos otros).
Por otro lado, debe abandonarse la idea de jerarquía vertical, sin que ello signifique pérdida de autoridad, además hay que incorporar el concepto de transversalidad como un valor que atraviesa en forma horizontal toda la Administración Pública y pone en visibilidad ciudadana los temas de cada organismo, ministerios, municipio o instituto del Estado. Los concursos de precios para compra pública y las licitaciones son un ejemplo básico de información a compartir, al igual que los procesos de adjudicación de éstos, sus calificaciones y los motivos de cada decisión.
Todos los modos web y todos los instrumentos de las Tics (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones) se usan, desde la gente, como forma de acercar lo que geográficamente está distante.
Los conceptos de tiempo y espacio pierden su relevancia ante las comunicaciones en tiempo real y la globalización de sus formas. Desde esta idea se participa en proyectos comunes, colaborativos, que no tienen por qué ser ajenos a la voluntad del Estado de incorporar como práctica de conjunto con sus ciudadanos.
En el mundo digital, redes sociales como Twitter y Facebook, se utilizan por ejemplo para escribir ficción en forma colaborativa. Sin llegar a esto, el ejemplo nos permite percibir una facilidad tecnológica en las formas de uso masivo y conjunto de los instrumentos de comunicación e información. Hoy es posible abordar cualquier contexto de colaboración (entre ciudadanos y entre Estado y habitantes) desde la factibilidad de las actualizaciones en tiempo real, la interactividad y la banda ancha disponible y regulada.
Hay que trabajar mucho por la institucionalización de estos modos. La cultura de lo público debe ser sostenida con información de calidad, estética atractiva en los instrumentos utilizados (páginas, logos) y sobre todo, el esfuerzo hay que colocarlo en donde mejor le sirva al ciudadano-usuario y le mejore su calidad de vida, tanto sea porque transforma un trámite engorroso y lento en un hecho de veloz resolución como en que permita que la democracia no sea solo un hecho electoral de regularidad bi o cuatrienal sino que se perciba cotidianamente en la relación entre mandantes y mandatarios. En este último punto debe centrarse el esfuerzo del Gobierno Abierto. Democracia y tecnología conviven en una aplicación cotidiana y en una colectiva conformación.
El camino hay que iniciarlo. Y debe hacerse desde concretas medidas de gobierno que apoyen infraestructura de base para el desarrollo digital como el fomento y ventajas a los inversores de negocios que operen redes, subsidio a la instalación de locutorios, extensiones de Wi-fi y wi-max, impulso a la banda ancha como derecho a la comunicación, apoyo a redes locales inalámbricas que utilicen la red pública en cualquier banda de frecuencia en las zonas menos pobladas y más alejados de los centros urbanos, firma digital, nuevas formas jurídicas para la propiedad intelectual, legislación sobre delitos informáticos, televisión digital, telescuela a distancia, telemedicina, etc.
Confío en el surgimiento, no es un sueño, de ciudades digitales al estilo de las Cibercities, como el caso de Ciberja ya en Malasia, un verdadero ejemplo de política de estado a mediano plazo.
No es mi deseo ser nostálgico. Escribir sobre un presente con futuro nos permite mirar el pasado con alguna capacidad de autocrítica, pero también con sensaciones de haber perdido algún tiempo en esta historia.
El fracaso del modelo NOMIC (Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación) para hallar igualdad de condiciones culturales, tecnológica y financieras, de los países derivados o periféricos, con los países desarrollados, en materia de medios de comunicación, demoró sin duda la potencialidad de los Gobiernos Abiertos.
El sustento del Nomic, el famoso Informe McBride, sostenía lo siguiente:
– Refuerzo de las licencias para las tecnologías apropiadas.
– Nuevas tareas sociales para los medios de comunicación.
– Integración de la comunicación al desarrollo.
– Normas éticas y de integridad profesional.
– Democratización de la comunicación: componente esencial de los derechos humanos.
– Refuerzo de la identidad cultural para la dignidad humana.
– Acceso a la información técnica: recursos esenciales
para el desarrollo.
Y principalmente reivindicaba el derecho de todos los países a acceder a nuevas tecnologías y el de todas las sociedades a informarse e informar.
El Gobierno Digital nos convoca a un ejercicio diario y permanente de formas democráticas.
En cada tema que nos compete como ciudadanos podemos opinar, proponer, narrar, sugerir, preguntar y enojarnos.
En definitiva, participar.

