Título de la obra: Un fascismo italiano
Autor: Osvaldo Mario Nemirovsci
Un fascismo italiano
Extracto de su contenido
El presente trabajo trata sobre el fascismo. Su tema es el fascismo, y una interpretación y posible controversia.
Es un ensayo pues utiliza el análisis y la evaluación de un tema con cierta pretensión didáctica y ha buscado fundamentos que sostengan la idea presentada.
A la vez que no incorpora de manera sistemática valoración documental y se desarrolla en la libertad de estilos. Tiene el auxilio de textos temáticos, que colaboraron en las conclusiones, las cuales considero argumentadas.
No es una tesis que requiera el paso científico de su comprobación empírica, es un trabajo que versa sobre una experiencia política, el fascismo, parte de su historia y sus devenires.
A la vez, es difícil separar esta forma de ensayo, de lo que es una divulgación, ya que intenta radiar un contenido, tornarlo de mayor accesibilidad al conocimiento, tanto profesional, científico como del interés principiante, de aquellos interesados en comprender e informarse sobre estos temas.
Resulta complejo proponer interpretaciones sobre identidades políticas, sin avanzar en una mirada que contemple la historia misma de esa identidad, su experiencia real y vital como protagonista de la sociedad en que se desarrolló.
Por eso, esto no es un escrito sobre historia del fascismo, pero necesariamente incorpora historia del fascismo. La necesaria para brindar contorno a una interpretación sobre el carácter del objeto estudiado. Ofrecemos datos, opiniones, definiciones, cronologías, en virtud de poner a la vista del lector la mayor cantidad de elementos ajenos a la interpretación propia del autor.
En la parte central que hace al ensayo, proponemos para el debate algunas consideraciones sobre el objeto investigado.
Son cinco y las abordamos como opinión propia y tema de debate.
- El fascismo como factor político revolucionario.
- El fascismo con componente social importante proveniente de la clase obrera.
- La legalidad institucional del fascismo a lo largo de su gobierno y sobre todo en su llegada al poder y en el abandono del mismo.
- El fascismo como experiencia política no conservadora ni reaccionaria.
- El rol importante de la izquierda formal italiana en el éxito del fascismo.
Salvo el punto 1, donde desde hace más de treinta años existe un nuevo consenso entre historiadores que avala lo que afirmamos, los restantes párrafos no son de valoración coincidente en la mayor parte de la historiografía sobre el fascismo, y es desde ahí que ponemos este trabajo como elemento de controversia.
El escrito contiene una suerte de agregado en el que interpretamos, y desde ahí informamos, sobre la presencia del fascismo en una cantidad de países en tiempos previos y hasta el final de la segunda guerra mundial (2GM).
Consideramos que, al interés general del tema, escribir sobre un contexto que tome distintas naciones, sobre todo algunas muy escasamente conocidas y estudiadas en su relación con el fascismo, y con variedad de ejemplos nacionales, ofrece un sustantivo aporte. Y valida como divulgación la comparación, apreciación y reinterpretación de otras investigaciones.
Tomamos con cierta precisión lo solicitado en cuanto a que sea una “problemática de la sociedad actual, en cualquiera de sus aspectos, sea en la dimensión universal o en la nacional”
Sin duda, una interpretación sobre el fascismo, lo es.
Fascismo, interpretación y controversias
El fascismo y su atractivo encanto para estudiosos, políticos e investigadores, tal vez surja de la complejidad de hallar su mejor definición.
¿Qué es el fascismo y que fueron y son los fascismos en caso que hubieran más de uno?
Los estudios sobre el fascismo, van y vienen en el vértigo de entusiasmos de historiadores, a lo largo del siglo que ya lleva su existencia.
No pierden su vitalidad y son fecundos a la hora de hallar nuevas maneras de encarar su investigación.
Los debates en torno a las recurrentes revitalizaciones de los estudios sobre el fascismo pasan por las mutaciones que van surgiendo en su interpretación como experiencia política, su carácter de régimen, su génesis y orientación como movimiento y su traslado histórico hacia supuestas identidades en tiempos recientes.
Un tema con antigüedad, que encuentra nuevas voces y novedosas miradas y que permite cierta modernidad permanente en el tema.
Este trabajo no pretende ubicarse como categoría cerrada dentro de la historia.
No es exclusivamente de investigación, aunque investiga, no es solo para divulgar, aunque ofrece una mirada pretendidamente simple sobre la historia del fascismo y sí es interpretativo. Es un trabajo de raíz política.
Con mínimo criterio ordenancista, se estructuran estas líneas en varios aspectos que consideramos válidos para exponer la idea de “Un Fascismo”, que en definitiva es la síntesis que resulta de nuestra tarea.
Es para leer en forma libre y sin obligación de continuidades ya que la vinculación entre partes reconoce la posibilidad de ir y regresar en la lectura.
Utilizar el término “fascista”, se ha convertido en lugar común de periodistas, analistas de la política, políticos en ejercicio y hasta de sujetos ajenos a esta dimensión y que lo utilizan como insulto, agravio y descalificación.
“Facho” es en Argentina, España (con su feminización, facha) y parte de América Latina, una minimización de la palabra y engloba un baldón que injuria muchas veces a quienes no tienen ni idea sobre que fue el fascismo.
En medios de comunicación, en documentos de la política, en palabras de gobernantes, en las redes sociales el uso de “fascismo” como adjetivo se ha convertido en uno de los atajos más fáciles para caracterizar aquellas posiciones que no nos agradan.
En general las que contienen cualquier expresión de las derechas.
Este abuso del término lo ha viciado. No tiene el significado que aproxima a su historia y a su origen y sólo mantiene, en muchos casos, la significancia de la palabra que lo expresa. Pero, ha perdido su sentido.
El significante no está vacío, pero sí está lleno y desbordado de equivocados anales y descripciones antojadizas. No es necesario unificar en un solo modelo de interpretación lo que fue el fascismo, pero sí aproximar valoraciones históricas y miradas políticas que hagan más permeable la comprensión de su sentido.
Una suerte de acuerdo didáctico para ubicar al término, a su historia y a su proyección en un más válido consumo cultural, histórico e intelectual que otorgue cierta relación común a lo que fue el fascismo.
Dilucidar la controversia que alumbra su nombre es tentador para muchos intelectuales y políticos. Sean o no investigadores académicos o historiadores.
En todo el mundo y en todo tiempo ha habido y hay textos sobre el tema.
Variados, posicionados y objetivos.
Serios, responsables y no serios ni responsables.
La intención de este trabajo es sumar uno más desde posiciones ajenas a las europeístas e incluso a las norteamericanas pues considero que los que no estuvimos, como Nación, en las primeras líneas de la Guerra Fría, tenemos ciertas buenas condiciones para afrontar el tema sin quedar envueltos en la política misma, coyuntural y envolvente, que obligaba o impulsaba a definir al fascismo de acuerdo a conveniencias ideológicas y políticas.
Breve descripción sobre el método elegido para contar este tema
Bucear en la historia, investigada y recopilada por otros es abundar en comunes hallazgos.
Lo que puede diferenciar y dar sesgo a un trabajo sobre acontecimientos del pasado, es la interpretación que sobre datos conseguidos se exprese.
Los datos son los mismos. La apreciación, la exégesis es otra.
La historia se cuenta, se ofrece como dato, y también se debe interpretar.
Esa es la forma central que este trabajo ofrece, la interpretación de la historia del fascismo, que conlleva una interpretación del fascismo como tal.
Los autores mencionados en este trabajo son parte de quienes con más variedad y determinada calidad como historiadores, literatos y publicistas han encarado el tema del fascismo.
Literatura muy abundante, copiosa y fértil desde la cuantía y lo cualitativo.
Algunos los he tomado en su obra completa, o casi completa y otros desde comentarios, artículos y opiniones que han ido haciendo públicas sobre el tema.
En las posibilidades tecnológicas actuales, se hace necesario modificar ciertas formas estructuradas de presentar notas, acápites, pies de página, referencias y demás.
Tal vez en trabajos académicos se requieran formalidades establecidas.
Tal vez en notas con necesidad de referato, arbitraje o juicio de pares, ocurra lo mismo.
Pero este es un trabajo de base política. Desde ese lugar investigo, estudio y opino.
Y en ese sentido tomo libertades en las convenciones para presentar un trabajo.
Las ventajas de obtener datos en formas nuevas y mediante instrumentos de las tecnologías de la información y las comunicaciones, amplia los mundos de la investigación y hace que la presentación de agregados a un trabajo que explora la historia, hoy puede acudir a albedríos y originalidades de ordenación de los mismos.
Lo importante es que se destacan los autores en sus citas, sus pensamientos y su consulta.
Y aprovechar el vasto universo de notas en las redes digitales y en los buscadores mediante Internet, para una vez comprobados en su veracidad, poder volcarlos en el escrito
La historia aún documentada con la mayor certeza e investigada con el mejor ahínco y esfuerzo profesional, puede tener una segunda alternativa para contarse al incorporar su interpretación en tono político, social, cultural y contextual.
Es decir, intento interpretar episodios de la historia documentalmente presentados, pero no expuestos como parte de una valoración política vista desde la política.
De eso tiene mucho este trabajo en cuanto a dilucidar las acciones ya documentadas.
Esa investigación nos dice que pasó y cómo pasó. Intentamos agregar el “porqué pasó” quitándole el frío marco de la historiografía documental para combinarlo con la calidez de la interpretación histórica.
Cuando la evidencia de una fecha y la contundencia de una certeza documental nos traen la escena histórica y el paisaje social que la enmarca, pero no nos dice mucho sobre ciertas razones personales de los sujetos estudiados que fueron conducentes a la acción que la historia hoy recupera, está el derecho de la elucidación como valor a añadir a esos episodios.
Ante la ausencia, cierta presencia interpretativa, que glose lo omitido.
Que puede enriquecer el momento histórico tratado.
Por eso la interpretación de la historia debe ser considerada como una forma más del estudio del pasado. Y como tal parte de registros propios o de terceros y tareas elaboradas por anteriores historiadores. Por ende, la noción histórica es acumulativa, y constantemente cruza en forma dialéctica posiciones y lo que a un investigador de hoy le sirve desde el pasado, a su vez será fuente para una futura versión de la historia.
Como bien escribe Marc Bloch: “La historia no puede ser una alumna inmóvil de sus crónicas. El historiador reúne y lee documentos, pero luego los interroga. Los documentos sólo hablan cuando el historiador sabe interrogarlos y cruzarlos con otras fuentes”, (Marc Léopold Benjamín Bloch – 1886/1944, fue un historiador francés especializado en la Francia medieval y fundador de la Escuela de los Annales. Es uno de los intelectuales franceses más destacados de la primera mitad del siglo XX).
Segunda introducción
Algo de historia y opiniones. Este es un libro de opinión. De opinión política.
Pero requiere la convivencia con episodios históricos que dan marco a situaciones políticas que se pretende interpretar.
No es un libro con pretensiones de historiar al fascismo, sino de dar cierta visibilidad a una contemplación política. Y sí pretende, ofrecer una interpretación distinta.
Ver al fascismo desde hoy, pero con su carga de ubicación temporal y sus contextos naturales.
Y poner en valor cierta disquisición que distingue cinco puntos con observaciones, que pueden y espero deben, suscitar controversias.
Cinco posibilidades para interpretar al fascismo, que, sin tener la estatura de tesis, pueden aportar a una original mirada, disímil de las que estudian el tema.
1)Estas líneas aprecian un fascismo con sentido revolucionario. Algo que bastantes autores, desde hace algunos años, comparten, pero que aún hoy ciertas viejas imposiciones y durezas herméticas se resisten a aceptar.
2) Vemos un fascismo con mayor presencia proletaria que la habitualmente aceptada. Sin datos de la sociología cuantitativa y tomando en cuenta la impronta fascista entre 2019 y 2024, sus banderas, sus aceptaciones sociales y su vertiginoso crecimiento.
3) Apreciamos un fascismo con mucha legalidad institucional en gran parte de su gobierno. Se explicará esta afirmación más adelante, pero la innegable presencia, clave y decisiva, de instituciones extra partidarias y ajenas al fascismo como la Corona avalarán esta posición.
4) El fascismo no es conservador ni reaccionario.
5) La izquierda italiana y su acción, omisión y reacción en el surgimiento y consolidación del fascismo. Establecemos una vinculación, indirecta pero muy importante entre la relación dialéctica, y casi como elemento de la física newtoniana (aquello de su Segunda ley que habla de cómo frenar un cuerpo en movimiento con otro cuerpo de similar peso y velocidad en dirección contraria) que ocurrió entre el fascismo, su propia génesis, evolución y voluntad política de existir, y sus contrapartes contemporáneas, centralmente la izquierda italiana, en un principio expresada por el Partido Socialista, luego el Partido Comunista y algunas variantes no de izquierda como el Partido Popular y el Partido Republicano.
Todas estas expresiones identitarias con importancia en el primer cuarto del siglo 20 y que no son ajenas, en su propia decadencia e inacción al crecimiento del fascismo.
1) Del fascismo como revolución se ha escrito bastante.
Y lo hacen indudables alturas intelectuales como las de Emilio Gentile, caracterizándolo como “reformista” y no revolucionario, pero al hacer taxativo las condiciones de su reformismo no deja de definir posiciones que están más cerca de una revolución que de una reforma), Renzo De Felice y Stanley Paine hasta trabajos muy modernos de nuevas valoraciones del fascismo que se leen en tesis académicas como la interesante posición de Franco Savarino en la Revista Noesis de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez – México en su vol. 20, núm. 39, del año 2011 con su particular definición sobre que “El fascismo fue una herejía del socialismo, no un engendro del liberalismo o del conservadurismo, y no fue “de derecha”, más bien ocupó el centro del campo político.
La negación del carácter revolucionario del fascismo (desde Gramsci hasta Hobsbawm) ha sido un error garrafal de interpretación, que sólo es superado por la investigación científica en estos últimos años”.
Giampiero Carocci relata en su Historia del fascismo que el 23 de marzo de 1919, en Milán, junto a pocos acompañantes, Mussolini funda el primer Fascio di combattimento basado en los haces (Fasci) de acción revolucionaria y ese día el discurso de Mussolini se presenta como la continuidad de la tradición sindicalista-revolucionaria italiana, a la cual, como novedad le adosaba la tradición nacionalista. Para Carocci, era una clara definición de presentarse como un movimiento de izquierda.
Lo cierto es que historiadores jóvenes alejados de la cerrazón intelectual que provocaba el extremo ideologismo de sectores marxistas y la necesidad política del campo socialista durante la Guerra Fría, han dejado de usar el término “rebelión” para caracterizar el surgimiento y toma del poder por parte de Mussolini, y hablan sin escozores de revolución fascista.
La palabra “rebelión” más que servir como dato de una acción histórica se usó para minimizar el hecho de la ascensión al gobierno de Mussolini.
Rebelión no es revolución, por el contrario, es algo menor.
Si tomamos al movimiento fascista como una de las respuestas más importantes que hubo en Italia y en otros países, con formaciones políticas de cierta similitud, sobre el final del siglo 19 y a la necesidad de reorganizar la sociedad de masas que iba aflorando en virtud de multiplicaciones demográficas, avances pedagógicos y adelantos industriales y que tiene su pico luego de la finalización de la 1era Guerra Mundial (1GM), sin duda estamos ante un hecho revolucionario como lo fue, casi en contemporaneidad la Revolución Bolchevique en Rusia.
E incluso, hay que tener en cuenta que las adversidades nacidas de las relaciones de fuerza, tuvieron mayores contratiempos en la Italia del periodo de grandes victorias electorales del socialismo, de la famosas comarcas y ciudades rojas que hizo que la relación de fuerzas para cambiar eso, por parte del fascismo, fuera más difícil que lo que resultó para Lenin y Trotsky hacerse del poder ante el débil y abandónico gobierno de Alexander Kerensky.
Por influencia política del comunismo, expresada en las élites progresistas de Europa, la definición sobre fascismo sufrió una importante marca falaz durante mucho tiempo.
En virtud de considerar al modelo revolucionario leninista como el único válido para darle entidad al vocablo, o sea para formular un hecho revolucionario se tomaba casi en exclusividad lo ocurrido en la Rusia de Octubre de 1917.
Entonces toda modalidad política contraria al resultado de ese hecho, merecía la calidad de “contrarrevolución” y así se consideró al fascismo durante mucho tiempo.
En verdad, los datos históricos del inicio del poder fascista, no difieren tanto de aquel Octubre rojo tan entronizado con el correr de los años. Los bolcheviques que salieron a la calle con el llamado insurreccional del Partido Obrero Socialdemócrata ruso, no fueron numéricamente más que los fascistas enlistados en la Marcha sobre Roma.
Ninguno de los dos hechos muestra el arribo al poder en forma inmediata. Los rusos presionaron sobre el Gobierno Provisional de Alexander Kerensky y los italianos presionaron sobre el Rey.
En ambos casos, lograron sus objetivos.
Llegar al gobierno fue el paso subsiguiente.
Nicola Bombacci, más adelante se ofrecen mayores datos sobre él, fundador del PCI en 1921, dirigente y diputado de esa formación dijo en la revista La Veritá: «El fascismo ha hecho una grandiosa revolución social, Mussolini y Lenin. Soviet y Estado fascista corporativo, Roma y Moscú. Mucho tuvimos que rectificar, nada de qué hacernos perdonar, pues hoy como ayer nos mueve el mismo ideal: el triunfo del trabajo”
Estudios actuales y prácticamente mayoritarios reconocen al fascismo como un fenómeno revolucionario. Como una forma válida de revolución alejándose de los clásicos calificativos de ser un hecho reaccionario o solamente la aparición con cierta violencia de una burguesía atemorizada o de conservadores revoltosos.
Fue contemporánea a momentos de rebeldías e insurrecciones de las cuales y sus condiciones objetivas no podemos excluir a Italia.
Esas olas revolucionarias, para un lado u otro, eran consecuencia del extendido dominio del sistema capitalista que en virtud de su propio desarrollo y por sus contradicciones como sistema, pero también en función de novedosas autoestimas y reclamos de sectores sociales surgentes, motivaban despertares masivos donde se entremezclaban demandas de ubicación en el poder, consignas nacionalistas, reivindicaciones económicas, necesidades regionales y una serie de modernos y originales reclamos.
Italia, no quedó al margen de estas situaciones, pero, así como por ejemplo (tomaremos solo tres ejemplos) en México el desenlace a la situación revolucionaria fue la institucionalización con Venustiano Carranza a partir de 1920, en Turquía lo fue el triunfo del Movimiento Nacional Turco con la aparición de la Turquía moderna y la presidencia de Mustafá Kemal Ataturk y en China lo fue desde 1911 cuando destronan a la dinastía Ming y surge Sun Yan Tse y su partido Nacional, el Kuomintang, y empoderan parte del país hasta 1928, en Italia la culminación del periodo de revueltas y cierta desinstitucionalización fue el fascismo como elemento de poder.
Y como corolario puede pensarse en que el fascismo en 1919, con absoluta precisión podría haber firmado una frase que diga “Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban…todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma”, texto que corresponde al Manifiesto Comunista de Marx y Engels.
2) La composición social del fascismo y su carácter con mayor presencia proletaria encuentra un dato en la interpretación y dos en la sociología.
Para lo primero hay que explicar una suerte de reemplazo revolucionario en los esquemas sociales e ideológicos.
La fuerza y vitalidad mostrada por los primeros fascistas (de las cuales no importa su condición social en virtud de ser cuantitativamente escasas, pero jugando, en sentido leninista” el rol de vanguardia) atrajo a quienes fueron perdiendo durante 1920 y 1921 su confianza en los partidos de izquierda, en virtud de sus peleas dirigenciales, divisiones y sobre todo en no ofrecerles medios de defensa y autodefensa ante las agresiones de las escuadras fascistas.
Estos sectores eran mayoritariamente obreros.
Dejamos para la investigación sociológica dilucidar si una Italia sumida en pobrezas varias, caídas económicas y rentas a la baja per cápita, pudo construir una fuerza con cierta masividad sin el concurso de los sectores de más bajos ingresos e incluso desocupados y sumidas en la miseria. Tanto en el plano urbano con trabajadores asalariados como en lo rural con campesinos empobrecidos y sin posibilidad de contar con instrumentos para trabajar la tierra.
Cuando hablamos del componente obrero, no estamos cuantificando en función de ser mayoría en la conformación social del fascismo, sí damos lugar a la interpretación política de porqué fueron muchos más de los que siempre se supuso o se dijo.
No es contrario al buen análisis e investigación que hace Renzo De Felice (1929/1996) historiador italiano que pone a la base social del fascismo como dato fundamental en la valoración de esa experiencia histórica. No es incorrecto, pero es exiguo el colocar ese dato como primordial para observar al fascismo.
Entonces, De Felice habla de las clases medias y afirma que “no son solo la base social del fascismo sino el principio básico de explicación del mismo”.
Entiende el historiador que cierta ubicación ideológica, mental, cultural, educativa, coloca a este espacio social en condiciones de haber dotado al fascismo de treinta y cinco años de actividad, donde funcionó como movimiento, gobierno, régimen y resistencia (República de Saló).
Las llamadas clases o capas medias de una sociedad, poseen su ubicación en lugares bastante menos definidos que el lugar que nutre a los proletarios, a la burguesía y en el caso de Italia de aquellos tiempos, los grandes terratenientes y la nobleza.
Entonces, pretender que, las clases medias, dotaran al fascismo, aun aceptando que constituían su colectividad más numerosa, del pensamiento y el contenido ideológico y político, y aun el cultural de su accionar, es cuanto menos, debatible.
De Felice hace historia sobre las capas medias y las ubica como perdedoras y en crisis luego de la 1GM, debido al momento de masificación que aparecía en las sociedades industriales. Y hace un ejercicio taxativo de esa clase media, muy amplio y demasiado general: comerciantes, pequeños empresarios, empleados estatales, intelectuales asalariados, agricultores, y estima que su vuelco al fascismo se da en virtud que, en situaciones críticas desde la economía, su ubicación y status, peligra.
En defensa de esa posición, nada prominente y siempre volátil, habría decidido como clase, seguir al fascismo. Y para eso el historiador De Felice les otorga un nombre y las llama “clase social autónoma y radical”.
Esta mirada, bastante común y extendida sobre el fascismo como producto de clases medias radicalizadas, o burguesías asustadas expone cierta debilidad en cuanto al todo que significó la presencia fascista en el poder durante más de veinte años, en que desarrolló un corpus propio de cambios revolucionarios ajenos a deseos o aspiraciones de esas clases medias que inicialmente pudieron haber investido a la acción política nonata del fascismo de nuevas maneras de hacer política, poner la audacia y las valentías personales como dato de pertenencia pero que, pasado ese momento de génesis, y una vez en el gobierno, el fascismo asume características distintas, no en el sentido bonapartista que el marxismo habla sobre navegar sobre las clases, sino en el tomar de los variados intereses de clase, lo que considera útil para el Estado y para la sociedad.
El fascismo como régimen, construye su propio andarivel, donde los trabajadores al igual que la pequeña burguesía, los grandes industriales y hasta la nobleza, tenían su lugar para ser parte del entramado oficial.
Incluso, y en episodios no tan conocidos, en marzo de 1925 se realizaron huelgas encabezadas por los sindicatos fascistas, que dirigidos por Edmondi Rossoni (1884/1965) quien era fascista, de origen obrero y había sufrido cárcel en su juventud por actividades revolucionarias, respondía desde su identidad fascista a las demandas de los trabajadores como clase.
El fascismo en el gobierno, a partir de 1926 se torna “régimen” y cambia su piel y sus intereses.
Salimos de De Felice y pasamos a Emilio Gentile (1946), historiador italiano especializado en fascismo, quien arriesga, con interpretación histórica, lo cual es válido, pero sin un taxativo muestreo de orígenes sociales que el fascismo “tuvo un componente de trabajadores, pero se trataba de trabajadores agrarios que, después de la destrucción de las organizaciones socialistas, habían sido obligados a unirse a los sindicatos fascistas con la promesa de acceder a la tierra”. No queda claro en el escrito de este gran historiador del fascismo, como fueron “obligados con promesas”. Sí es cierto que luego de los avances escuadristas y la presencia de matones fascistas que amedrentaron e incluso asesinaron a dirigentes del socialismo que actuaban en zonas rurales, la orfandad de sus bases hizo que se volcaran al fascismo, como lugar que podría satisfacer cierta ansiedad revolucionaria que la izquierda le había negado.
El mismo autor habla de un componente proletario en el fascismo, pero lo ubica como de “segunda generación», o sea los que entran al mercado de trabajo luego de 1922 y por ende carecían de la experiencia represiva de la violencia escuadrista. Y, ahí sí reconoce que estos trabajadores, eran favorables al fascismo. En verdad, no existe como categoría social de clase, la primera o la segunda generación, eso puede tener cierta importancia si la historia modifica sustancialmente sus andares en virtud del cambio de una generación a otra.
No es lo que ocurrió en Italia y en el fascismo en esos años. Comienza con cierto componente, no tan numeroso, de obreros urbanos, algo mayor en trabajadores pobres del campo, un poco más con pequeños propietarios sin empleados a cargo y en poco más de cinco años, ya incorpora sustancialmente una importante masa de proletarios, urbanos y rurales. Y, esto es tan así, que el propio Gentile cuenta una anécdota donde el dirigente comunista Palmiro Togliatti (1893/1964) intelectual y político italiano, secretario general del Partido Comunista Italiano desde 1927 hasta su muerte en 1964, estando en 1935 en Moscú, dice que, en ese momento histórico, ya no es necesario luchar con las armas contra los fascistas, en la disputa del favor de la clase obrera, sino que hay que entrar, hacer entrismo, en el PNF y usar sus propios mitos para pelear desde adentro el apoyo de los trabajadores, mayoritariamente nucleados en los sindicatos conducidos por el fascismo. Y en un alarde de reconocimiento a ese triunfo “socio-cultural” del fascismo, Togliatti llama a esos trabajadores, “hermanos con camisa negra”
Y, queda para averiguar y explorar los padrones de afiliación al Partido Nacional Fascista, la condición social de cada afiliado.
3) El origen legal del acceso al poder por parte del fascismo queda fuera de toda duda en virtud de haber cumplido para ese cometido lo que establecen las normas, la legalidad vigente y los usos y costumbres de la política italiana.
O sea, Benito Mussolini, como máximo líder de un partido reconocido, fue llamado por el Rey Víctor Manuel III de Saboya (1869/1947, fue rey de Italia entre 1900 y 1946) y encargado de formar gobierno. (En el breve capítulo sobre “Diferencias entre fascismo, franquismo y nazismo, se abundan detalles y datos sobre este tema).
Y en una Italia monárquica con respeto popular por su rey, y con los poderes que la corona tenía en cuanto su importancia clave para inicios y fines de gobiernos, y sobre todo el omnímodo manejo sobre las fuerzas armadas, en esa Italia, las acciones de Víctor Manuel III no son inocuas en el comienzo y la consolidación del fascismo.
Incluso el final del régimen fascista observa un dato que hace a formas democráticas. Mussolini es destituido en 1943, luego de una votación que le es adversa en el seno del Gran Consejo Fascista. Recién ahí, el monarca Víctor Manuel III ordena su detención.
Y agregamos como dato que, en su primer gabinete, los ministros fascistas eran minoría habiendo incluso dirigentes socialdemócratas en ese gobierno como Gabrielo Carnazza que fue ministro de Obras Públicas hasta 1924 y era del PSDI/Partido Socialdemócrata italiano:
También en ese primer gabinete y hasta 1924, había dirigentes del Partido Popular Italiano (PPI), Partido Liberal Italiano (PLI), Asociación Nacionalista Italiana (ANI) y también había políticos independientes.
Y que hasta 1924 funcionó, con cierta regularidad, un Parlamento donde el PNF no tenía mayoría.
4) Conservadurismo y reacción. El fascismo, lejos de ser una contrarrevolución tomando como su némesis a la insurrección bolchevique, constituye en 1922 un nuevo paradigma, distinto y alternativo en su faceta revolucionaria, a la de Rusia.
Hoy diríamos que fue una revolución de derechas. Y aun así no estaríamos acertando en la mejor definición de ese momento histórico.
Desde ya no es conservador en función de su mirada hacia el futuro como valor político y cultural, que entiende la necesidad de una sociedad moderna sin pretensiones de recuperar, al estilo nazi, pasados prestigiosos.
En Italia no había Nibelungos, ese pueblo de enanos oscuros que vivían bajo la tierra y que encandilaron mitológicamente a los alemanes del tiempo hitleriano.
Las menciones al Imperio y la glorificación de Roma ambas constituyentes del discurso de Mussolini tenían mucho más que ver con la extensión de poder italiano en el Mediterráneo y en África, como resorte de visibilidad global del país ante las potencias que sí tenían dominios coloniales, que con un recuerdo de aquel imperio romano de los comienzos de la historia.
El gobierno fascista seculariza gran parte de la cultura y la educación italiana y en ese sentido también se aleja del conservadurismo tradicional.
Y, en un periodo muy cercano a su consolidación como factor de poder, propugnaba como programa de gobierno la existencia de una clase productiva industrial y agraria moderna, el voto universal donde incluía a las mujeres, la jornada laboral de ocho horas y hacía una fuerte expresión de fe anticlerical.
Nada que pudiera ser tildado de conservador y reaccionario.
No lo tomo como elemento central para esta parte, aunque bordea el tema y si quiero asignarle la importancia que adquiere un concepto de una destacada personalidad del pensamiento político y filosófico como lo es Hanna Arendt (1906/1975, filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad, escritora y teórica política alemana) quien no solo deja de tomar en cuenta el posible carácter reaccionario del fascismo sino que en su obra “Los orígenes del totalitarismo”, de 1951, asegura que el fascismo no revestía características totalitarias.
En la versión alemana de este libro, en 1955, la autora cambia el título y lo llama “Elementos y orígenes del dominio total” donde repasa parte del texto y avanza hacia una ampliación en la edición de 1966 donde describe como los movimientos totalitarios, mediante el uso del terror y la apropiación de cosmovisiones e ideologías, construyen un tipo de estado distinto. Y ahí, con taxativa firmeza coloca como ejemplos, solamente, al nazismo y al estalinismo.
Y 5) Puede ponerse un título que sintetiza esta opinión histórica: 1919-1922 – Avanza el fascismo, retrocede la izquierda, para describir lo referido a la relación del fascismo con sus contrapartes de izquierda, y donde ésta muestra cierta responsabilidad histórica para la entronización de Mussolini.
Claro, que esto es una interpretación, tal cual se plantea al inicio del trabajo y los datos que abonan esta mirada pueden ser tomados de otra forma.
En ese sentido vemos datos sugestivos como el desaprovechamiento de los partidos de izquierda para establecer, teniendo mayoría en la Cámara de Diputados, regulaciones estrictas que hubiesen impedido el desarrollo del fascismo.
Tanto en la faz formal como en no haber establecido legalidades represivas concretas y efectivas sobre las andanzas violentes y muchas veces criminales, de los escuadristas “silvestres” del fascismo que asolaban las regiones rurales asesinando, apaleando y persiguiendo a sus opositores.
Tampoco organizaron respuestas políticas certeras en la defensa individual de sus simpatizantes y dirigentes. Lo diré con dureza, pero con sentido histórico contrafáctico basado en la realidad política. El asesinato de tantos dirigentes socialistas y luego de algunos comunistas no se resolvía (de hecho, quedó esto demostrado) con llantos, quejas, pedidos parlamentarios de informes, acusaciones y marchas sino con respuestas de igual contundencia. Acciones, desde ya hoy, pasibles de repudio, pero naturalizadas en ese tiempo.
Insisto, es duro el razonamiento, pero hay que situarse en el contexto de violencia de la Italia del primer cuarto del siglo 20 y entonces también la izquierda debió haber utilizado la idea bíblica de “ojo por ojo y diente por diente” y a cada dirigente asesinado por el fascismo tendría que haber actuado con similar respuesta buscando en ese equilibrio de sangre, el freno a la actitud de sus enemigos.
Cantaban loas a los “guardias rojos” de algunos sindicatos, pero estos servían más para los desfiles que para la autodefensa. Glorificaban, luego de 1918 al Ejército Rojo fundado por Trotsky, y se planteaban su modelo similar en Italia, pero fueron incapaces de frenar al fascismo en su inicio y cuando las relaciones de fuerza todavía lo permitían.
Sus dirigentes principales, dividían al Partido Socialista Italiano en varias expresiones, muchos se fueron para fundar el Partido Comunista Italiano y se dedicaban a interpretar el “componente social del fascismo” en estudios de clase (casi todos errados y acomodados a sus necesidades intelectuales) mientras el fascismo, se dedicaba a acabar con ellos.
La fuerza de la izquierda era socialmente importante y la de los partidos burgueses y liberales era parlamentariamente sustantiva. Ninguno dio la respuesta adecuada al “enemigo” que surgía.
Es decir, nos interesa poner en debate, cuanto de las prácticas y formas del socialismo italiano expresadas entre 1914 y 1922 aportan, y mucho, a que hubiera marco real para la consolidación del fascismo.
En la denominación de “socialismo italiano” vamos a englobar las diversas nomenclaturas que en ese período dieron forma orgánica a todas las corrientes de esta tradición.
El Partido Socialista Italiano como origen y sus consecutivas parcelaciones entre maximalistas, reformistas, unitarios, la escisión de los comunistas con Gramsci, Bórdiga, Bombacci y Togliatti entre otros. La fracción de Matteotti y Turati, los maximalistas de Menotti Serrati, los reformistas de Claudio Treves (tal vez el creador fuera de tiempo de la socialdemocracia italiana de 50 años después), los socialistas sindicalistas, los socialistas intervencionistas y no intervencionistas.
Tal número de espacios reivindicando comunes historias y pretendiendo ser númenes exclusivos del proletariado italiano, concluiría provocando, nada original, por cierto, enconos entre ellos que en momentos adquirían una fortaleza y visceralidad superior a la que tenían con los adversarios.
Las permanentes luchas socialistas entre 1918 y 1923, que incluían mucho manual ideológico y, a veces, escaso sentido de realidad. Sus huelgas no siempre necesarias y las tomas de tierras que arrinconaba, no solo a grandes latifundistas sino también a propietarios parcelarios y pequeñas estructuras familiares, y que fueron construyendo un sentido social de fuerte odio al socialismo y finalizaron entendiendo como autodefensa propia a la matonería fascista, que al menos “apaleaba” a los que les tomaban su propiedad.
Vemos que; en ese período, incluyendo la guerra donde la posición no intervencionista, mayoritaria, del PSI, los colocaría, ya finalizada la contienda, en una distancia considerable de los afectos de millones de ex combatientes, lisiados de guerra, héroes populares muchos de ellos provenientes de la clase trabajadora a la cual expresaban electoralmente, lesionando de esa forma su cuantía en votos y simpatías sociales; existe cierta proporción válida entre “errores socialistas” y crecimiento fascista.
Dato éste no extraño pues el sujeto social que engloba las preferencias del fascismo no solo es la pequeña burguesía “asustada”, el empleado público pobre, las bajas profesiones urbanas y los grandes propietarios rurales, sino que el proletariado italiano fue parte vital del entramado social del fascismo.
Respecto a la posición ante la guerra, ésta toma una dimensión muy importante pues es la raíz catalizadora de nuevas ubicaciones para miembros del PSI que en virtud de oponerse a la actitud pasiva oficial de su partido y ser partidarios del ingreso de Italia en el conflicto, dejan su militancia socialista. Nada menos que Benito Mussolini es uno de ellos. Derivan al fascismo de esa misma posición importante futuros cuadros del PNF/Partido Nacional Fascista, y que también otorgan centralidad genética al fascismo como Roberto Farinacci, Michele Bianchi, Mario Giampaoli, Giovanni Marinelli, Umberto Pasella, Cesare Rossi entre otros.
Se puede dar nominación, como originales de “izquierda” (aunque a ellos poco le agradaría esa ubicación) a anarquistas devenidos fascistas como Leandro Arpinati, Edmondo Mazzucato y Massimo Rocca (quien con el seudónimo de Libero Tancredi era uno de los más famosos periodistas “revolucionarios”).
O sea, que también en esto se observa la escasa capacidad partidaria de la izquierda de contener rupturas y exilios, en muchos casos, como el de Mussolini, Farinacci y otros, de extrema importancia.
En este camino de buscar respuestas más variadas sobre el fascismo, proponemos ver a la “izquierda” italiana como factor que hace, no al surgimiento de los fascios de combate, pero sí como dato de cierta validez en su consolidación.
Tomamos para esto lo ya dicho acerca de su dirigencia y su táctica, sobre fallidas conceptualizaciones en la manera más adecuada de construir poder, su constante amago con revoluciones inexistentes (para copiar y halagar a la primera dirigencia bolchevique rusa) que no lograban nada a favor de mejorar su poderío, pero instalaba una narrativa que asume formas de pesadilla para los sectores dominantes de la tierra, la creciente industria y las finanzas. E incluso, como dato probable de psicología social política, frustraba a quienes, desde las bases obreras y las regiones más politizadas de las periferias urbanas como Milán, Roma y Turín, se sumaban a un anhelo revolucionario con firmeza y decisión llegando a empuñar armas, tomar instituciones públicas y amenazar y violentar vecinos, y luego observaban a sus dirigentes dar marcha atrás, no existía hecho revolucionario alguno y ellos sufrían consecuencias punitivas y legales.
El espíritu fraccional y divisionista del PSI que lo llevó en los peores momentos de fundación y avance del fascismo (1919 y 1922) a dividirse varias veces también ofrece letra para abundar en la idea de responsabilidades indirectas de la “sinistra” italiana.
Obviamente arriesgamos la creencia sobre lo improbable o al menos, difícil, de construir “fascismo” en otro contexto y con otras nominalidades. Es decir, sobre la hoy imposible realidad de que la izquierda hubiese actuado de otra manera.
El sujeto se constituye con el objeto y al variar estos el resultado siempre es otro.
Siempre.
Acerca de lo diferente, lo similar y lo distinto – Historia, algo de filosofía y política para entender la unicidad del fascismo
“Todo lo que no hace crecer nuestro conocimiento de las nuevas realidades que produce la historia es inútil y nocivo. El conocimiento progresa a través de la distinción, no a través de la confusión ni de las analogías.” Emilio Gentile
Algunos consideran que la historia, la historia de la humanidad, está compuesta de momentos anteriores, decisivos y que cada etapa actual se contiene en tiempos ya transcurridos.
Entonces, desde esta opinión, lo que hoy presenciamos será parte de lo que en el futuro ocurra.
Claro, que esto no significa, aún en el caso de compartir este pensamiento, que existan continuidades reiterativas que se unifiquen en un solo compendio, en una única definición y que adquieran significantes desde una similar lexicografía.
Partiendo en reversa de este tipo de análisis, se puede pensar que lo que hoy aparece como dato identitario de ciertas posiciones políticas, ya tuvo su concreción en el pasado y está ligado a cierto momento decisivo que plasmó para siempre y como indeleble marca de semejanza lo que entonces ocurriera.
Así, muchos, ven la experiencia del fascismo, como parte anterior y decisiva de alguna historia, que traslada, cual viaje al futuro, sus cualidades y consecuencias. Sus contextos, sujetos y objetos.
Y su interpretación, estudio e investigación, se aprisiona en realidades atemporales y distintas, lo que dificulta una apreciación más ceñida a lo que fue, en sí mismo y para sí mismo, en la certeza de su ubicación real en la historia.
Este trabajo, que presento en estas líneas, ve al fascismo desde la distancia del tiempo y del espacio. Ve y analiza un fascismo. Un fascismo italiano.
Y esa experiencia que fue idea, movimiento, régimen, sociedad, cultura e historia es irrepetible como tal. Y sus similitudes, deberán buscar los nombres que les correspondan.
No se denomina igual a lo similar o parecido.
Ya veremos más adelante lo que hace a la ontología y su sentido de la identidad. Valoración ésta que ratifica el arbitrio que este trabajo sostiene sobre la unicidad del fascismo italiano.
Para sostener con más argumentos esta perspectiva, me parece útil buscar, fuera del marco político, en una vieja disputa filosófica ocurrida entre Santo Tomas de Aquino (sacerdote, filósofo y preparado jurista católico, que se destacó en su docencia escolástica y fue impulsor de la teología sistemática) y Salomón Ibn Gabirol (nacido en Málaga en 1021, que también fuera mencionado como Avicebrol y que destacó como filósofo y poeta de la judeohispanidad andaluza, en esos tiempos, andalusí).
Este debate, en el mundo de la filosofía, no es tema directamente relacionado con este trabajo, pero si lo es nuestra definición firme de distinguir al fascismo de otras experiencias políticas, a las cuales lo asemejan, y en ese sentido hallamos en estas expresiones de la filosofía, valores que dan alguna certeza a nuestra mirada.
Y aportamos fundamentaciones de peso (las aporta Santo Tomas) en cuanto a lo que “es” y lo que “no es”.
De ahí la incorporación de este espacio y su válida consideración.
Dicha polémica no fue contemporánea ya que el aquinense nació en Roccasecca, Italia, casi 200 años después de la muerte del pensador judeoespañol, pero se dedicó en gran parte de su obra a estudiar y poner en crítica varias definiciones de Ibn Gabirol.
Pero en virtud de esta distancia en tiempos entre ellos, y los mil años transcurridos desde entonces, vale poner en cierto nivel de incertidumbre afirmaciones que son atribuidas a uno y a otro cuando existen dudas al respecto.
Santo Tomás de Aquino decía que una sustancia sólo puede poseer una forma substancial. A esto agregaba que “la materia prima no puede existir separada de la forma”. Y para darle mayor enjundia mística y dogmática a este aserto añadía que “de hecho Dios no podría producir, ni siquiera milagrosamente, la materia prima sin forma substancial”.
Con esto ponía en cierta crítica a Salomón Ibn Gabirol que como buen neoplatónico afirmaba que “la materia y la forma son los dos principios del ser y constituyen, casi por separado, el horizonte de resolución conceptual de la totalidad de lo real”
En definitiva, la polémica pasaba por que Ibn Gabirol, en su obra Fons Vitae mantenía la idea del “binarium augustinianum, es decir el hilemorfismo universal y la pluralidad de formas sustanciales mientras que Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles planteaba la unicidad de la forma sustancial en los entes materiales.
Comprendo que no es fácil acudir a esta disputa filosófica, de altísimo nivel e incluso con versiones encontradas respecto a la certeza absoluta de cada una de las posiciones tomadas, para combinarla con la aseveración del fascismo como dato histórico único y solo igual a sí mismo.
Pero haciendo un esfuerzo de reemplazos en los objetos y sujetos, y jugando (con alguna audacia de interpretación) podemos ver que la “sustancia” tomada por el aquinense, es el fascismo y como tal posee una sola forma substancial, y su materia prima es la ideología, la doctrina y la acción y eso no puede estar separado de la forma. Es decir, que una sola forma, determinada y definida brinda una sola materia prima.
La unicidad que Santo Tomás de Aquino percibía en sus opiniones es la unicidad que vemos en el fascismo italiano.
Claro, esto es una audacia o total independencia de criterio y una travesura intelectual.
Pero vale, en cuanto encuentra en su explicación la lógica de su utilización.
En cuanto a esta forma comparativa tan habitual y que mencionamos críticamente en distintas partes de esta presentación, y que hace a la existencia de continuidades “fascistas” más allá de aquel original fenecido en la segunda mitad del siglo 20, vemos que si la utilización presente del término refiere a alguna cultura actual que contiene una organización política que se plantea como régimen, que maneja conceptos de cierta hibridez que permiten distintas ubicuidades, que levanta mitos fundadores, que se organiza en función de estructuras paramilitares y usan la violencia como práctica, que hablan públicamente y orgullosamente de ser antidemocráticos y totalitarios, que bucean en el futuro destinos de Imperio, que ven a la guerra como naturalidad necesaria, que imponen cierta mirada antropológica de revulsión para con las sociedades vigentes, entonces, bueno, eso no existe hoy, estas modalidades del fascismo, son ajenas a la actualidad y a la vida de los países con normal desarrollo de las formas democráticas.
Sí, hay. Sí existe, una creciente ola de descontentos nacionales con similitudes globales que enmarcan derechas organizadas en partidos, muchos de los cuales valoran el sufragio como forma de llegar al gobierno. Ese enfado cultural y social con lo que se considera lo “políticamente correcto” es el combustible del disgusto ciudadano, de la desconfianza en las instituciones y el germen de lo que algunos creen, será el nuevo fascismo.
Obviamente, en el futuro no nos introducimos, nos alcanza con estudiar el pasado, y ese estudio nos dice que fascismo, como tal, hubo uno.
Haciendo historia e interpretaciones. Definiciones, partidos políticos italianos, protagonistas nominales
Cuando Emilio Gentile describe la Italia de la inmediata post primera guerra mundial (1 GM) utiliza un término para definir el conflicto político y social. Habla de “enfrentamiento de clase” situando esa característica hasta aproximadamente 1922 definiendo como “guerra civil” el paisaje de antagonismos.
En verdad, se pueden debatir ambas afirmaciones.
Existió un clima de disputa, fuerte y violento, entre las primeras revelaciones concretas del poder físico fascista y espacios políticos de la izquierda, sobre todo el Partido Socialista.
Llamar enfrentamientos de clase a las disputas entre grupos instituidos desde la política y con niveles cercanos a dos formas de organización, una, los clásicos destacamentos de autodefensa de las izquierdas y organizaciones sindicales) PSI) y la otra, grupos paramilitares (escuadristas del fascismo), nos parece exagerado.
Y la descripción sobre que existió una guerra civil, suena más como una apreciación simbólica para envolver una etapa trascendente y atroz y darle desde las palabras una mayor fuerza expresiva, que no tuvo en la concreción histórica.
No existen guerras civiles con instituciones funcionando con dominio total en todo el país, incluso en este caso italiano donde el imperium legal, muchas veces era desconocido, ni con fuerzas armadas absolutamente fuera de cualquier encuadramiento parcial como parte de determinar una simpatía concreta en uno de los contendientes de la “guerra civil”.
Y, no es menor para comprender cierta propensión a la violencia teórica, y que luego motivara la realidad fáctica de crímenes originados en ambos extremos del arco político, conocer que el Partido Socialista había adoptado una línea revolucionaria, que con meticulosa precisión y exagerado afán administrativo había dejado establecido en sus estatutos partidarios, y según la cual tenía como meta a alcanzar la dictadura del proletariado mediante la conquista violenta del poder. Ante semejantes planteos, que se aprobaban en masivos encuentros formales como los Congresos oficiales del PSI, la sociedad italiana no dejaba de mostrarse preocupada y, sobre todo, con cierto temor a la concreción real de estas aspiraciones.
Pero, a este tan claro objetivo cargado de significancia y significado por lo ocurrido en la Rusia que entraba en su post revolución bolchevique, se le oponía una realidad carente de sujetos históricos capaces de alcanzar tamaños logros. Y, en definitiva, la letra escrita sobre la necesidad de instaurar la “dictadura del proletariado” y hacerlo mediante medios violentos, padecía de ausencia social ya que la dirigencia de las organizaciones sindicales más poderosas y la misma Confederación General del Trabajo, que con dos millones de integrantes era el soporte movilizador y electoral del PSI, no se compadece con esas banderas extremas y por el contrario, era reformista y adversa a cualquier revolución. Reforma si, revolución no.
Esto provocaba en el seno de la izquierda una situación de patología política lindante con la esquizofrenia. Una conducción política que levantaba banderas revolucionarias, pero no tenía la fuerza suficiente como vanguardia al estilo leninista para conducir a los trabajadores, y esos mismos trabajadores que no coincidían con los postulados de la conducción del partido al cual adherían.
Entonces, chocaba una convicción “roja” y desde un bolcheviquismo italianizado que quería una revolución imposible de conseguir, con otra idea que era la de lograr reformas democráticas en alianza con partidos que poseían presencia parlamentaria y con los cuales podría haberse conformado cierto esquema unitario, como eran el Partido Republicano, la fracción socialista reformista y liberales y radicales. Todos con el laicismo como eje y con voluntad reformadora.
Pero claro, la obnubilación (eso que en medicina se entiende como el descenso leve del nivel de conciencia con restricción de los procesos cognitivos y la percepción del mundo exterior y en política, ¡significa lo mismo!), con una revolución imposible pero deseada, logró que la izquierda no pudiese conducir ese conglomerado de partidos y de sectores sociales que incrementara la musculatura política para enfrentar con más chance al fascismo.
Y, como factor gravitante y agravante, se dieron dos circunstancias en espejo respecto a esa consigna quimérica de la “dictadura del proletariado” y su cauce por medio de una cruenta revolución. Quienes desde el PSI y otros sectores cercanos la sostenían, actuaban en consonancia con esa posibilidad, como si su concreción estuviese en la cercanía histórica contemporánea. Entonces en zonas rojas y proletarias de Roma, Milán, Turín y otras ciudades del norte italiano, ejercían roles de paralelismo con las guardias rojas rusas y con los aparatos de seguridad y ofensiva de partidos bolcheviques como el ruso, el alemán y el polaco.
Esto se traducía en atropellos a propietarios, grandes y también pequeños, actos de vandalismo, paros laborales, llamamientos a huelgas y diversas formas de ejercer su supuesto rol de vanguardia revolucionaria.
Y la otra circunstancia, como denominamos, en espejo fue el de los atacados y agredidos por estos aconteceres, que no tardaron mucho en buscar y encontrar apoyo en la matonería fascista que, al principio como autodefensa, pero luego con una ofensiva violentísima, se puso enfrente de esa nunca lograda revolución comunista.
La escasa capacidad de analizar y entender la etapa y su desarrollo conspiró, con fuerza, a favor del fascismo surgente y en contra del PSI, que encima, comenzaba su proceso cariocinético de divisiones, hacia los márgenes de su lado izquierdo.
En verdad, la ofensiva fascista, política y de violencia iba contra un arco más amplio del universo político italiano. Sufrieron ataques los miembros del Partido Republicano, un espacio político fundado en 1895 que sostenía una combinación doctrinaria asentada en el liberalismo y una gran tirria contra lo clerical y contra la monarquía. Si bien 1895 fue la fundación formal de este partido, sus orígenes encuentran cobijo ideológico en episodios de años previos. Tenía, en sus inicios, cierta cercanía con la acción y pensamiento de Giuseppe Mazzini y las ideas de democracia con República.
Se entiende que el fascismo lo considerara un “enemigo” y preveía que de sus filas podrían salir dirigentes y participantes muy enfrentados al fascismo. En 1921 el luego conocido dirigente del socialismo Pietro Nenni, abandona las filas del Partido Republicano para pasar al PSI. Y ya pasada la mitad de la década del 20 este partido forma parte de la Concentración Antifascista italiana.
Su visceral odio a la monarquía se manifiesta claramente en un episodio histórico como que el PRI fue parte de la lucha partisana contra los alemanes ocupantes de Italia y activó en los Comités de Liberación Nacional en cada región del pais, pero se negó a integrar el Comité de Liberación a nivel Nacional ya que en ese organismo participaban grupos monárquicos que, si bien enfrentaron al fascismo, habían sido, según el PRI, sostenedores iniciales de la “dictadura”. En su nivel de dirigentes más reconocidos estuvieron Ugo La Malfa y Valentino Armirotti.
También el Partido Popular fue blanco de ataques fascistas. Este nucleamiento político se fundó en 1919 por el sacerdote Luigi Sturzo (incluso con sustento del papa Benedicto XV) e intentó darle cauce ciudadano laico a católicos que pudieran confrontar en las preferencias civiles a los socialistas. Es cierto que algunos de sus miembros fueron parte del primer gobierno de Mussolini, en 1922, y eso abrió una brecha partidaria que se profundizó cuando una parte de la dirigencia del Partido Popular se unió formalmente al fascismo. En 1925, el régimen declaró ilegal a este partido. Entre su dirigencia más conocida estuvo Alcide de Gaspari, quien fuera en 1945 y ya como representante de la DC, el Presidente del Consejo de Ministros que fue el último en monarquía y en su mandato se proclamó la República, continuando de Gaspari al frente del gobierno hasta 1948.
Dos datos de la biografía política de este líder italiano tienen cierta notoriedad. ¡Uno es insólita, ya que su inicio en la política fue como diputado en el parlamento…austriaco!, en virtud que en 1911 vivía en zona trentina que formaba parte del Imperio austro-húngaro y recién en 1918 luego de la victoria de Italia sobre Austria en la 1GM, se hizo de la ciudadanía italiana.
Otro destacable dato es que, pasados los años, este luchador italiano que incluso fue condenado a prisión por el gobierno fascista en 1922, se convirtió en uno de los hacedores de la unidad europea y sus comunidades institucionales.
Volvemos a la Italia post 1GM y vemos que existe una diferencia en cuanto a las experiencias sociales y sus sujetos, durante el conflicto bélico. Gran parte de los trabajadores italianos que fueron llamados a formar en las FFAA lo hicieron en tareas más administrativas que en el uso directo de las armas y de estar en los campos de batalla, mientras que los campesinos, también incorporados a la militarización, fueron en su mayoría parte de quienes combatieron en las batallas.
Al no haber estado en situaciones en el propio terreno práctico de la guerra con su carga de motivaciones, heroísmos, leyendas, hermandades y muchas de las condiciones y ulterioridades que solo incita el haber convivido con millones de otros soldados reales que vieron la muerte a su lado, que regresaron baldados y con severas imposibilidades físicas y lesiones incapacitantes, como sí lo hicieron los trabajadores rurales y campesinos pobres, hizo que en el proletariado italiano se generara cierto desapego “patriótico” y se ubicara en las simpatías por aquellas fuerzas políticas que habían criticado que Italia entre en la guerra, como el PSI, espacio éste que desde 1919 vivió un importante crecimiento cuantitativo, lo que lo lleva a tener más de 140 diputados en el Parlamento luego de las elecciones de ese año.
Por el contrario, el fascismo, no sin tener también y más adelante, un fuerte apoyo de trabajadores urbanos desempleados y empobrecidos, se nutre socialmente de aquellos que pasaron por los campos de batalla con las armas en la mano.
La posición ante la guerra no fue la única bisectriz de separación en los antagonismos entre la derecha y la izquierda, pero si constituyó un dato importante al momento de los apoyos y sumatorios para cada uno.
El PSI, había condenado duramente la presencia italiana en el conflicto mundial. Incluso y lo cuenta Emilio Gentile, “había atacado con violencia e incluso con algunos asesinatos a quienes la reivindicaban”.
Esta posición principista, más heredera del socialismo pacifista de Jean Jaures (1859/1914- Auguste Marie Joseph Jean León Jaures, político socialista francés. Cofundador de L’Humanité en 1904 y defensor de posiciones pacifistas y anti nacionalistas) que del posterior alineamiento con el “socialismo armado de los bolcheviques”, tuvo cierto auge entre el final de la guerra y el comienzo de la década de 1920 y que le permitió al PSI ganar las elecciones de 1921, pero contemporáneamente se iba consolidando en importantes porciones de la sociedad italiana la percepción sobre lo correcto de haber sido parte de la alianza ganadora de la guerra.
Una vez pasado el tiempo del dolor y el luto por los más de seiscientos mil muertos y un millón de heridos que tuvo Italia (dato, National Geographic) en la conflagración y una vez naturalizada la visión de los lisiados pidiendo ayuda en las calles, causa ésta que en principio proveyó de simpatía a quienes se habían opuesto a la guerra, los italianos y sus intelectuales y sus políticos y sus medios de difusión comenzaron a entender otra realidad que pasaba por valorar ser parte de una entente triunfadora, junto a Gran Bretaña, Francia y EEUU.
A la consigna socialista de “victoria mutilada” que entendía que lo que Italia había ganado militarmente no se corres podía con lo que obtenía en los tratados de paz, la opinión pública construyó un potente sentido común sobre la potencialidad de ser parte del triunfo y su correlato con un futuro importante para Italia en el mundo. Pero sobre todo instaló los datos concretos del desenlace de la guerra que mostraban que Italia logró todo el territorio que reclamaba y que se encontraba bajo el dominio austriaco y que eran superficies habitadas en su mayoría por italianos o descendientes de italianos y también otros espacios geográficos donde vivían comunidades no italianas (eslavos, alemanes) y que le aseguraban mejores y más seguras fronteras nacionales.
Otro detalle que muestra cierta confusión histórica sobre las posibilidades reales del triunfo socialista por medio de una revolución, es la existencia de un fuerte ejército italiano, triunfante en la guerra (dato no menor) y en condiciones de impedir por la fuerza de la represión cualquier intento de subvertir el orden institucional.
No era el perdidoso, desmoralizado y hambriento ejército ruso, dato éste constitutivo en importancia de la triunfante insurrección de Octubre.
Emilio Gentile, enorme historiador del fascismo e interpretador arriesgado de esa experiencia política, marca diferencias entre el comienzo del fascismo, período al que llama “diecinuevista” por asentarlo en el año 1919 y lo que posteriormente, a partir de 1921 describe como el fascismo “escuadrista”, por las formaciones organizacionales que iban tomando los fascistas y que se expresaban en escuadras de cierta cantidad de personas.
Lo importante de esta distinción, para Gentile, valoración discutible desde ya, es situar a Benito Mussolini fuera del rol de líder indiscutido del fascismo y asignarle una menor cuantía como “la figura nacional más importante” y en esto lo separa de otros fenómenos políticos cercanos en el tiempo como las indudables conducciones de sus fuerzas por Lenin y Hitler, por ejemplo.
Gentile, siempre en su interpretación define dos periodos distintos en el primer desarrollo del fascismo y en tren de interpretar, interpretamos a Gentile y creemos ver que distingue un fascismo como vanguardista en 1919, de pocos integrantes, paramilitarizado con los Arditi y organizado en Fascios de Combate con mínimo adherentes que comenzaron en menos de mil y no superaron los diez mil hacia 1920 y por otra parte y posterior en el tiempo, aunque breve ya que en 1921 comienza a manifestarse, un fascismo escuadrista, con cuantitativo crecimiento vertiginoso que lo lleva a 200 mil militantes en un año.
Tomemos estos datos y entonces encontramos, en la visión de Gentile, una suerte de fascismo primigenio del tipo de partido de cuadros, similar a la concepción socialista imperante en la izquierda italiana y no ajena al modelo del bolcheviquismo europeo en general y ruso en particular, nada extraño debido a la procedencia de Mussolini de esas identidades y de muchos de quienes lo acompañaron en el primer momento, y luego un partido de masas, un fascismo masivo que se constituye orgánicamente alrededor del Partido Nacional Fascista y que para mediados de 1921 era un conglomerado identitario de sustantivo número de integrantes.
En esos dos años transcurridos entre uno y otro modelo 1919 a 1921, la situación de la política italiana varía y mucho en cuanto a las representaciones adquiridas por fuera de los partidos de centro, de derecha y liberales.
Había cambiado la perspectiva de la izquierda, sobre todo del PSI en cuanto a la válida representación de los obreros italianos. No porque hubiese una mutación o transferencia de esa representatividad hacia el fascismo, sino porque el proletariado como clase en sí, dejó de tener referencias sustanciales y regulares por parte de la dirigencia de izquierda, provocado esto por el estado de beligerancia callejera en las grandes ciudades y de avances de los matones del fascismo en las localidades rurales lo que provocaba que muchos cabecillas del socialismo dejaran de acudir a sus encuentros y reuniones con sus mandantes sociales, perdiendo de esa forma una aceitada relación y un marco real de práctica política.
Así deteriorada la relación de la izquierda con los obreros, demolida parte de su hegemonía y puesto fuera de su cercanía el estricto control político de las masas asalariadas, sólo le quedó al PSI la satisfacción en la superestructura y en la política electoral de ganar los comicios de 1921.
El fascismo vive en ese corto periodo entre 1919 y su Marcha sobre Roma que la abre las puertas del poder oficial, situaciones variadas en cuanto a su sentido, no sólo político sino también en lo ideológico y en su percepción de destino, de futuro.
Hay un momento en que Mussolini repiensa el andarivel a recorrer por el fascismo y evita situaciones de violencia con contrincantes políticos, se acerca a posiciones que parecen comprender la democracia liberal y su juego normal de partidos, lo que lo lleva a intentar una duradera tregua con los socialistas e incluso convoca a muchos de ellos a integrar una alianza con el fascismo y lo mismo hace con el Partido Popular, formación recientemente creada que nace en 1919 de la mano del cura católico Luigi Sturzo y con Alcides de Gásperi y Alberto Marvelli como sus jóvenes colaboradores.
Existió formalmente un pacto con los socialistas y el compromiso de bajar niveles de violencia por parte las escuadras fascistas, y esto generó un debate intenso dentro del fascismo con posiciones etarias críticas al abandono de las formas que hasta ahí lo habían beneficiado, entendiendo estas como los ataques a locales socialistas y ofensivas permanentes desde la pureza de su identidad política, lo que provocó que la mayoría de los jóvenes ingresados al fascismo no apoyaran ningún freno a las maneras en que venían actuando. Ni pacto, ni acuerdo con otros partidos, ni convertirse en una formación política tradicional.
Es ahí cuando se funda el Partido Nacional Fascista, con el precepto de ser un partido de armas, de violencia y de búsqueda del poder mediante todas las variables con preferencia por la insurrección armada.
Y es esta etapa la que coloca al fascismo en los prolegómenos del poder ya que las situaciones que van variando día a día, constituyen nuevas realidades y a cada una corresponden distintas maneras de realizar la tarea política.
De forma tal que un día Mussolini trata la formación de un nuevo gobierno, donde se conformaba con la módica pretensión de algunos ministros fascistas, y en ese sentido avanza en conversaciones con Giovanni Giolitti (1842/1928) varias veces Presidente del Consejo de Ministros del Reino de Italia, un liberal de prestigio en las altas cumbres de la política y todavía en 1921, Jefe de Gobierno, con Antonio Salandra (1853/1931)conservador y ex Jefe de Gobierno entre 1914/16 y con Francesco Saverio Nitti del Partido Radical, ex Ministro de Agricultura y, que al igual que los dos anteriores, pasará por la Jefatura del Consejo de Ministros entre otros, y al otros día (metafóricamente hablando) el secretario general del PFN Michele Bianchi lo embarca en el convencimiento de lanzar una insurrección y de avanzar sobre Roma para obligar al Rey a nombrarlo a Mussolini primer ministro.
El 26 de octubre de 1922 comienzan los preparativos para ese levantamiento armado fascista y Mussolini, tras ciertas idas y vueltas en cuanto a su convicción de llevarlo hasta el final, decide jugar esa variable histórica y se suma junto a los más decididos de sus lugartenientes, el mismo Bianchi, Ítalo Balbo y Roberto Farinacci.
En esta parte del tiempo histórico, existen datos contrapuestos por lo que se exige una interpretación sobre lo que estaba ocurriendo en esos días, y es donde intentamos poner en valor la importancia del papel del Rey, del ejército y de las fuerzas sociales y políticas que en una forma y otra fueron protagonistas de ese acontecer.
Algunos historiadores, afirman que al momento de la Marcha sobre Roma el fascismo dominaba, en virtud de su fuerza paraestatal las más importantes ciudades italianas. De esta manera mencionan (Emilio Gentile el principal sostenedor) que existiría un control fascista en las localidades sobre el Valle del Po o sea la Llanura padana lo que englobaría al Piamonte, Lombardía, Véneto, Friul-Venecia Julia y Emilia-Romaña y, de ser así, habría que mencionar las ciudades de Milán, Turín y si hablan de las “principales” ciudades, debieran pensar en Roma, Nápoles, Bérgamo, Palermo, Florencia, Bari, Catania, Verona, Mesina, Venecia y Módena entre las principales.
En verdad no aparece con claridad la presencia dominante del fascismo en estos conglomerados urbanos y en su zona de influencia rural.
Sí es probable que la estructura militante escuadrista del fascismo organizara en muchas ciudades movimientos callejeros de toma de municipios y locales socialistas, pero no ejerció en eso un indudable control sobre los resortes políticos y administrativos de esas ciudades y localidades.
En muchos casos, luego de cierto desorden la normalidad regresó en forma de continuidad de los mandos naturales en cada lugar. Esto no implica desconocer que hubo ataques a algunas autoridades de pueblos donde ejercían ese rol los socialistas y algunos fueron obligados a renunciar, pero no asumen los fascistas el mando, sino que en general se aceptaba cierta presencia oficial o militar que quedara a cargo de la institución en acefalía.
Por otro lado, no existe dato que hable de una correlación de fuerzas favorable, desde el PNF, capaz de enfrentar al ejército en el conflicto por el control de una ciudad. En ningún lugar de Italia se pusieron frente a frente las fuerzas armadas y los fascistas.
No está claro en la historiografía más abundante, el armamento con el que contaban los escuadristas para llevar a cabo una toma de alguna ciudad. Probablemente fuera de baja calidad y se remitió a algunos revólveres, mosquetes, viejos fusiles, espadas y cuchillos y en su mayoría eran elementos de contundencia como cachiporras y bastones. Nada sustantivo como para comenzar una insurrección armada.
Insurrección que por otra parte si estaba en la cabeza de algunos dirigentes fascistas como Bianchi y Balbo y probablemente, pero morigerada, en la de Mussolini.
No estaba Mussolini aspirando al poder total sino a incidir en las decisiones del Rey cuando convocara a formar nuevo gobierno, y sí estar él y su gente en ese nuevo gobierno.
Hay toda una serie de pasos de comedia, con avances sobre Roma, de pandillas fascistas, pero también de cuadros políticos formados y dispuestos a pelear. En todos los casos eran una intensa minoría más que algo cuantitativamente impresionante.
Los primeros eran acaudillados por Roberto Farinacci y los segundos por el formal y legendario Ítalo Balbo.
En esos pasos de comedia no es menor el rol del secretario general del PNF Bianchi que es quien pone en la mirada del Rey, por primera vez, la posibilidad que, en vez de hacer lugar al fascismo en un nuevo gobierno, directamente pida a Mussolini que se haga cargo de formarlo.
La historia tiene formas, a veces dramáticas, a veces graciosas y muy de vez en cuando se da ese “momento huidizo” de la historia, como bien lo define el politólogo italiano e historiador acá mencionado, Emilio Gentile, y eso ocurrió en esos días de finales de octubre, cuando Mussolini percibe dudas en el monarca italiano, no aparece el ejército para desalojar a esos miles de fascistas que acampaban en las afueras de Roma, sin significar ni mínimamente un peligro para el sistema político vigente y, sobre todo, Mussolini aprecia con fino sentido de la oportunidad que la izquierda no está comprendiendo el nuevo tiempo ni vive en el mismo mundo que ellos y eso se traduce en que no genera respuesta alguna a esta posibilidad, primero fantasiosa, luego posible y finalmente certera de que los fascistas lleguen a formar un gobierno propio y encabezado por su Duce.
No hay huelgas, medida tan común para los obreros italianos ante cualquier situación que los comprometa, no hay salida a las calles de ninguna organización antifascista ni hay movida por parte de los remanentes de los grupos de autodefensa de la izquierda.
Mussolini ve todo esto.
Gramsci, Bombacci, Bórdiga, Turatti, Matteotti, Bacci, Menotti Serratti, Treves, Pampolini, Coccia (por mencionar algunos de los máximos dirigentes del sindicalismo revolucionario, del PSI y sus rupturas y del PCI) no la ven. Ni la sienten.
No escucharon el despertador de la historia.
Mussolini es llamado por el Rey y asume como el Primer ministro más joven en la historia italiana.
La dirigencia izquierdista, pagó con su vida, con cárcel y 23 años de oscuridad política, el haberse quedado dormida.
¿Qué es el fascismo? _ Muchas definiciones y escasas certezas
En verdad, y en el caso del fascismo hallamos muchas discordancias en cuanto a su definición, significado histórico y vemos un peligroso juego de utilización política para acomodar su nombre y su sentido de acuerdo a conveniencias y momentos.
En ciertos tiempos, fascismo significa una cosa y en otras etapas significa algo distinto.
Las coordenadas que cruzan su análisis y estudio varían tanto que no logran hallar más que pocos comunes denominadores para ver esta experiencia política.
Sobre el uso bastardo y ecléctico del término vale recordar que en los años de 1930 los comunistas llegaron a llamar “fascistas” a los socialdemócratas, el famoso “socialfascismo” y que luego de la 2GM los mismos comunistas adjudicaban el rótulo a los demócratas cristianos italianos. Y en general se usaba como agravio y ultraje político.
En la salida del tiempo pos primera guerra mundial, los cambios institucionales en Europa fueron sucediendo en casi todos los países.
Algunos mantuvieron sus organizaciones liberales, en el sentido de continuidad de sus formas democráticas tradicionales, división de poderes, elecciones en tiempos regulares etc.
Otros, y en virtud de las crisis económicas, vieron reducidas sus posibilidades de sostenimiento de esas formas. Se dio en naciones donde no existía un fuerte arraigo de culturas democráticas. Donde las tradiciones políticas cedieron ante alguna menor capacidad de recomponer sus economías.
En las cercanías de la segunda década del siglo 20 (ya se desarrollará en extensión en la parte donde se incluyen las vicisitudes de cada país en esa época) varios países europeos fueron abandonando el respeto por sus organizaciones formales del liberalismo político y en un cambio sustantivo, esos países entraron en una variable de supresión de ciertas libertades públicas, de menoscabo a los derechos políticos y civiles. En gran parte, el éxito del fascismo italiano, preanunciado a fines de 1919 y concretado en 1922 fue el gran impulsor de estas nuevas condiciones sistemáticas en esas naciones.
Claro que situaciones internas y con características propias, sumaron a esta modificación de sus formas de gobierno.
Hubo malestar económico, desocupación laboral, miseria en muchos hogares y esas calamitosas condiciones empujaban a gran cantidad de personas hacia la búsqueda de soluciones que morigeraran el pésimo momento que vivían.
Así fue que las expresiones más firmes en cuanto a “modificar” esas realidades, como el comunismo y el fascismo, logran imponerse como contradictas en la lucha política en casi todo el continente europeo. Menos en Rusia y en cierta medida en Polonia y Alemania, donde como los movimientos comunistas en búsqueda del poder tuvieron antelación temporal a la visibilización del fascismo como alternativa, se dio la circunstancia que el comunismo saliera victorioso de su lanzamiento revolucionario en Rusia y perdidoso en Polonia y Alemania como resultado de dos intentos de rebelión marxista que fueron aplastados por las fuerzas oficiales y formales de los gobiernos vigentes.
No es el tema económico el único dato a resaltar como causa de estas modificaciones institucionales. En Italia, el fascismo crece y llega al gobierno, cuando ya las peores condiciones de la crisis económica estaban en gran parte superadas.
Ese fue el tiempo donde el fascismo tuvo, en Europa, cierta posición de globalidad ya que muchos regímenes que fueron surgiendo entre 1922 y 1930 tomaban mayoritariamente como modelo al fascismo italiano.
Algunos desde posiciones ultra católicas con sesgo autoritario, otros con modelos corporativos, algunos antirreligiosos, pero igual de intolerantes y represivos, casi todos se unificaban en el antisemitismo y extrañamente era Italia y el gobierno de Mussolini, los que no hacían de este tema, una cuestión importante de Estado.
Ya, con el acceso del nazismo al poder en 1933, muchos de estos gobiernos, excedidos en su afán de intolerancia y autoritarismo, comienzan a ver al fascismo como elemento más moderado y se guían por el norte trazado por Hitler en Alemania.
Vamos a las definiciones
Ofrecemos definiciones del fascismo en las voces de importantes personalidades del mundo intelectual, político y académico que se interesaron en el tema:
Stanley Payne (1934) el conocido historiador norteamericano ha dicho, ante esta dificultad de dar carácter unitario al sentido del fascismo que “es el más vago de los términos políticos contemporáneos”.
En su obra de 1980, “Fascismo: Comparación y definición”, Stanley define una triple negación del fascismo y dice que “las dos primeras, el antiliberalismo y el anti socialismo (singularmente el «anti marxismo»), las comparte con el resto de ideologías y movimientos políticos de la derecha autoritaria (no democrática), por lo que la tercera es la que la distingue al fascismo de esta última: se trata del rechazo de las formas tradicionales de conservadurismo (las basadas en la religión o en la monarquía tradicionales, por ejemplo), ya que el fascismo propugna una «Revolución Nacional» que crearía un «Orden Nuevo» y un «Hombre Nuevo».
Con lo cual lo aleja de posiciones reaccionarias y conservadoras.
Enzo Traverso (1957) historiador italiano, se especializa en la filosofía judeoalemana, en el nazismo, el antisemitismo y en las dos guerras mundiales.
Es el autor de la original idea de poner bajo la etiqueta de “guerra civil europea” en su libro “A sangre y fuego – De la guerra civil europea” (Ediciones de la Universidad de Valencia – 2007), a gran parte del periodo fascista en Italia ya que coloca este rótulo en el periodo 1914/1945.
Traverso, en esa audacia interpretativa de tan largo periodo que incluye las dos guerras mundiales y los treinta y un años de intermedio, pone en valor de guerra civil, disímiles etapas, distintas modalidades de enfrentamiento y muy diferentes razones originarias de conflictos.
Algunos autores dicen que Traverso acude a esta terminología, influenciado por un libro de Claudio Pavone (1920/2016) “Una Guerra Civile” de 1991, que fue presidente del Instituto Histórico del Movimiento de Liberación en Italia, presidente de la Sociedad Italiana de Historia Contemporánea y director de la revista histórica Parolechiave (Palabras clave) que tomaba una parte de ese periodo tan largo mencionado por Traverso, y cuál era el de la resistencia durante al 2GM en Italia (pero bien podría caber a Francia y algunos otros pocos países donde hubo resistencia armada, básicamente al nazismo) , y esa lucha resistente adquiría carácter de enfrentamiento al invasor o sea una guerra de liberación, una pelea contra los connacionales dominantes y una poco explicada guerra civil, que sería entendible si toda la resistencia armada italiana al invasor nazi, hubiese estado conformada por proletarios. Guerra Civil Europea es una alegoría tan atractiva como poco explicable histórica y socialmente.
Benedetto Croce (1856/1952) escritor, filósofo, historiador y político italiano que hasta 1924 simpatizaba con el fascismo, dice en 1944: “En las polémicas diarias la calificación de fascista se lanza y se vuelve a lanzar por parte de un adversario contra otro” dando a entender el “ecumenismo” que este término contenía ya que podía caber en diversos espacios de pensamiento y política.
Norberto Bobbio (Jurista, abogado, filósofo y politólogo italiano 1909/2004): “El fascismo es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de las masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las reivindicaciones nacionales.”
Bobbio ve al fascismo como sistema más que como ideología e identidad y le asigna vocación de unidad nacional, aunque lo hace en tono crítico y tiene cierta originalidad en vincular a las demandas sociales con los intereses nacionales, relación ésta muy común en formaciones de izquierda en los años setenta planteada en términos de “liberación social y nacional” o con su inversa prioridad “liberación nacional y social”.
No es menor un tema que hace a la vida política de Bobbio, quien pasó de afiliado al Partido Nacional Fascista a ser detenido en los años 40 por su pertenencia a la Resistencia.
Emilio Gentile (1946 – historiador italiano especializado en el estudio del fascismo – (No confundir con Giovanni Gentile que fue un filósofo neo-hegeliano, docente y político fascista italiano). Emilio Gentile, tiene una de las definiciones más contundentes sobre el fascismo, donde algunas consideraciones aparecen con palabras terminantes. Dice Gentile: “El fascismo es una ideología, un movimiento político y una forma de gobierno de carácter totalitario, antidemocrático, ultranacionalista y de extrema derecha. El fascismo se ha considerado como «el mayor desafío que jamás haya existido a la democracia liberal y al sistema de valores que alumbrara la Ilustración”
Es una enunciación bastante completa ya que toma al fascismo en casi todas sus formas históricas, como gestor en el gobierno, como dato político y como ideología.
José Carlos Mariátegui (1894/1930) pensador, filósofo y audaz intérprete del marxismo desde miradas latinoamericanas, desde su Perú natal, no deja de ser llevado por la visión oficial del comunismo y define que “el fascismo no es una excepción italiana o un «cataclismo», sino un fenómeno internacional posible dentro de la lógica de la historia, del desarrollo de los monopolios en el imperialismo y de su necesidad de derrotar la lucha del proletariado”
Todas apreciaciones dictadas por el manual del buen estalinista de esos años
Mariátegui vio el fascismo como una respuesta del gran capital a una crisis social profunda de las naciones.
Roger Griffin (1948) británico, profesor de historia y especialista en dinámica socio histórica del fascismo, afirma en 2024 que “el riesgo del fascismo es mucho menor al riesgo del colapso de una civilización” y deja como definición “El fascismo se define mejor como una forma revolucionaria de nacionalismo, una que pretende ser una revolución política, social y ética, fusionando al «pueblo» en una dinámica comunidad nacional bajo el mando de las nuevas élites infusas en valores heroicos. El mito central que inspira este proyecto es el de que tan solo un único movimiento populista e interclasista de purificación, un renacimiento nacional catártico (palingenesia), puede detener la ola de decadencia”
Steven Forti: (19849 Joven historiador italiano. Es profesor asociado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Está especializado en el estudio de los fascismos. Y combina calidades que según él dan forma al fascismo: “El ultranacionalismo, el anticomunismo, el antiliberalismo, el antiparlamentarismo, la condena de los valores de la Ilustración, el autoritarismo, el culto al líder y a la fuerza, elementos militaristas e imperialistas, la mística del heroísmo, de la acción y de la violencia, el corporativismo o sindicalismo nacional, esto es, la negación de la división social en clases, y el racismo y, aunque no siempre, el antisemitismo”
En este caso se aprecia, a pesar de la juventud del dicente, una anquilosada categorización del fascismo, cercana a los fallidos, falaces y escasamente científicos “14 puntos del fascismo eterno” de Umberto Eco, que más adelante se verán.
Es interesante, no por decisivos en negar lo que plantea Forti, hacer un repaso de su taxativa definición y hallar algunas contradicciones.
Es relativo el anticomunismo del fascismo. O al menos pensar que no tiene entidad para ser una característica clave de su constitución.
Obvio, el fascismo combate al comunismo italiano, pero esa lucha se da en el escenario del conflicto por el poder. El fascismo combate al comunismo no por su característica ideológica sino por su rol de contraparte, de beligerante por el mismo espacio político y territorial.
Mussolini no fue anticomunista con la Unión Soviética. Ni la URSS lo fue siempre con él. En el XVII Congreso del PCUS en enero de 1934, el propio Stalin afirmó que “la cuestión acá no es el fascismo, aunque solo sea porque el fascismo de Italia, por ejemplo, no ha impedido que la URSS establezca las mejores relaciones con ese país” (Bujarin y la Revolución bolchevique – Stephen Cohen pág. 520).
Veamos qué parte de la política exterior italiana, giró en torno a las relaciones con la URSS y cuando en 1933, Mussolini firma un pacto, denominado con escasa originalidad, El Pacto de los Cuatro pues era rubricado por Francia, Inglaterra, Alemania e Italia, y que se constituyó en un hecho saliente e importante para las relaciones internacionales europeas, el Duce intentó que la URSS sea incorporado a ese acuerdo, aunque fuera con cierta presencia indirecta y al poco tiempo se firma un Pacto de No Agresión entre Italia y el país soviético y en 1934 Mussolini aboga por el ingreso de la URSS a la Sociedad de las Naciones.
Mussolini no fue anticomunista con Nicola Bombacci (1879/1945) uno de los fundadores del PCI en 1921 y destacado dirigente y diputado del mismo, a quien incorporó a su gobierno a pesar que Bombacci nunca se afilió al PNF.
Vale la pena trazar unas líneas que ofrezcan mejor perspectiva sobre quien esa Bombacci, ya que fue figura estelar del socialismo y luego del comunismo en los años 20.
Fue quien en enero de 1920 impulsó la creación de Soviets en Italia.
Fue el primer socialista en reunirse con dirigentes bolcheviques rusos.
Fue parte de la primera delegación de izquierda italiana a Rusia y estuvo en el II Congreso de la Internacional Comunista.
Bombacci es uno de los más empeñosos en evitar el acceso de Mussolini al poder. Lo combate desde la calle y los barrios obreros donde era muy apreciado. Su mejor elogio como comunista adverso al fascismo es que los mismos escuadristas mussolinianos cantan una consigna que pone de manifiesto el odio que le tienen y que dice “Con la barba de Bombacci, haremos spazzolini (cepillos) para lustrarle la calva, a Benito Mussolini”.
Bombacci siguiendo instrucciones del embajador soviético en Italia, Iordanski, impulsa un tratado económico ítalo-soviético, algo muy querido por el Kremlin, que de esta forma pensaba romper el aislamiento de la URSS.
En 1924 viaja a Rusia a los funerales de Lenin.
Fue hasta bien entrado el primer gobierno fascista, el contacto italiano con la Embajada de la URSS y siempre al servicio del comercio y la diplomacia soviética.
Otros, más recordados dirigentes comunista, se la pasaban escribiendo o exiliados en Francia. Bombacci ponía el pellejo en Italia.
A este comunista de élite, Mussolini le da cabida, por lo que el anticomunismo como factor del fascismo puede entrar en el terreno de las dudas.
El antiparlamentarismo no fue una política fascista. Sí hubo, en ese sentido, gestos más notorios por parte de la oposición, como cuando todos los diputados opositores practican el Pacto o Secesión del Aventino, en mayo/junio de 1924, mediante el cual dejan de concurrir al Parlamento.
Condenar los valores de la Ilustración es una posición ante modelos culturales, científicos, artísticos, lingüísticos y hasta de ciencia política, pero en nada define una ubicación fascista.
Probablemente muchos comunistas cumplan todos esos requisitos anti ilustración.
Zeev Sternhell (1935/2020) Polaco-Israelí, profesor de ciencia política en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Historiador y politólogo, considerado una afamada voz sobre el fascismo. Sternhell, interpreta al fascismo como una revolución alternativa a la comunista dejando de lado la idea de que se trataba de una contrarrevolución.
Michael Foucault (1926/1984) filósofo e historiador francés. En 1977, habla de la ausencia de un análisis del fascismo como si la abundante bibliografía existente no le alcanzara a su satisfacción intelectual. Y sostiene que hay resurgimientos constantes del fascismo en las sociedades contemporáneas, sin dar señales claras sobre ejemplos que así lo certifiquen y aventura una suerte de “fascismo cotidiano” que es una definición más cerca de calificar acciones deplorables de diversos tipos, que de dar identidad a algún tipo de lo que él puede entender como fascismo”.
Umberto Eco (1932/2016) Semiólogo y filósofo italiano. De cómo no alcanza con haber creado la genial oposición entre “apocalípticos e integrados” y haber escrito la interesante novela “El nombre de la rosa” para opinar con sabiduría sobre qué es el fascismo”
Umberto Eco no constriñe al fascismo con alguna definición, sino que enumera una serie de características, catorce, que según él conforman al “fascismo eterno”. Con lo que quita posibilidades de que existan contextos, y sujetos para darla matriz al fascismo y que este puede permanecer y existir en cualquier época. Y agrega que con sólo una de las catorce peculiaridades ya es suficiente para formar una nebulosa fascista.
Y en ese compendio de particularidades enumera al culto a la tradición, el temor a lo diferente, la presencia de alguna amenaza enemiga, el anti intelectualismo y el rechazo al modernismo, entre otras.
Se observa con rigor histórico y científico que cualquiera de estas singularidades aplica para más de una tradición política y para nada son tributarias exclusivas del fascismo. Y en algunos casos son contradictorias con la misma realidad que vivió esa experiencia política, como es el caso del anti intelectualismo y el rechazo al modernismo, dos variables de estos supuestos ropajes fascistas que, en su versión contraria, es decir el intelectualismo entendido como aquello que en un pensamiento une la experiencia y la razón como sostén del conocimiento y en ese sentido otorga validez a los juicios que emanan de esa vinculación, tuvo en la Italia fascista un cierto desarrollo y algún beneplácito oficial y el modernismo, corriente tanto cultural como política y filosófica, alentada mediante políticas públicas.
Entendemos que cuando Eco afirma su creencia de un fascismo anti modernista, no queda solo en la categorización del modernismo como una variable artística, aunque es el lugar donde más presencia encuentra esta estética que busca romper con las formas y los estilos dominantes de esos tiempos, tanto en su tradición académica en forma de historicismo como con los propios rupturistas que venían del impresionismo. “Arte joven, moderno, libre” llamaron al modernismo sus seguidores.
Margherita Sarfatti, crítica de arte e impulsora política de Mussolini tanto en el socialismo cuanto en el fascismo y nada menos que su pareja durante años fue una figura central en el arte del primer tiempo fascista y en ese sentido dio vida a encuentros, congresos, exposiciones donde los conceptos artísticos del modernismo sobre todo en las artes plásticas, pero también en la literatura se daban cita con sus obras.
Dentro de las nuevas corrientes el futurismo es quien tiene mayor presencia en la Italia fascista. Es una corriente vanguardista en el arte que fundó Filippo Tomasso Marinetti que redactó el famoso Manifiesto del Futurismo en febrero de 1909 y ya al año siguiente tuvo nuevos signatarios en las personas de los artistas italianos Umberto Boccioni, Luisi Russolo, Giacomo Balla y Carlo Carrá que particularizan un Manifiesto de los Pintores futuristas.
Y vemos que el futurismo se enmarca en la idea del modernismo en el arte, pero también abarca espacios de la filosofía, la literatura y la política. Tanto que en Italia nace como antitético a los respetos y cultos para lo tradicional y decididamente tienen como objetivo, y no solo en lo artístico, la desaparición de las instituciones más clásicas y más acendradas en la vida italiana, como la Iglesia católica y la monarquía.
De forma tal que cuando Eco hace del anti modernismo una bandera del fascismo, no está realmente otorgando ninguna certeza intelectual ni política. Sí comete un error.
Y agregamos que Marinetti fue un fanático fascista y en algunos periodos ocupó cargos estatales durante los gobiernos de Mussolini.
Tal vez Eco pone en similar valor un término que en 1984 acuñara el historiador norteamericano Jeffrey Herf al titular un trabajo suyo como “El Modernismo Reaccionario” y esas dos palabras conjuntas le hicieron asignar igual sentido al modernismo en cualquier país y época, pero en el caso del libro de Herf, refiere a “Tecnología, cultura y política en Weimar y el Tercer Reich” ubicaciones bastante alejadas de lo que fue el modernismo en Italia. Y sí, algo de su texto puede remitir a coincidencias sobre posiciones italianas en lo que refiere (sin mucha verdad) a que la tecnología moderna es una suerte de rechazo a la Ilustración y a los valores e instituciones de la democracia liberal.
Y dando corolario a esta parte dedicada a la gaffe de Eco hay una definición muy aceptada y usual de modernismo que tiene bastante que ver con lo que planteaba el fascismo en sus primeros años de existencia: “Como modernismo se denomina, en líneas generales, el gusto o la predilección por lo más novedoso, en desprecio de lo anterior o pasado.”
Timothy Garton Ash (1955). Historiador y periodista británico. “El fascismo, un fenómeno polimorfo incluso en su apogeo en la década de 1930, sufrió posteriormente de un exceso de definición. Gritar “¡fascista!” indicaba una perezosa equiparación con Adolfo Hitler, la guerra total y el Holocausto.
La extrema izquierda devaluó aún más el término al lanzarlo para denunciar a todo el mundo, desde los jefes capitalistas hasta los maestros de escuela levemente autoritarios”
Este interesante periodista agrega una noción que, en alguna manera, combina la certeza de aceptar que no hay fascismo fuera del original, con la posibilidad de utilizar el término en forma independiente de toda valoración historia y aplicándolo en cualquier circunstancia donde lo que prima no es la ideología y la política sino las formas (autoritarias, represivas, intolerantes), y entonces aclara que “Durante muchos años compartí la reticencia de otros académicos y analistas a utilizar la palabra fascismo en tiempo presente. Ningún fenómeno histórico se repite exactamente de la misma forma. Perdemos algo importante para la comprensión de la variedad completa de la política contemporánea de derecha si nos prohibimos hablar de fascismo, tal como haríamos si renunciamos a cualquier mención del comunismo al hablar de la política de izquierda. Con todas las debidas salvedades, podemos hablar de fascismo ruso”
Pasó tiempo y nuevas miradas definen, de otra forma, al fascismo
Con bastantes más años sobre la vida real del fascismo, ya en la década de los años 90, en el ámbito de las Academias, los historiadores e investigadores, se percibe un nuevo consenso en la definición e interpretación del fascismo y se encuentran coincidencias sobre qué se trata de una forma válida de revolución antiliberal con detalles notorios de nacionalismo y anti conservadurismo.
Esta nueva mirada cambia ejes que estaban consolidados en las apreciaciones del fascismo en torno a ser reaccionario y custodio de tradiciones para ubicarlo en un lugar de innovación y con impulsos de modernización cuando fue gobierno.
Estas nuevas conclusiones definen entre otras características del fascismo el haber sido en su origen y desarrollo, un “partido armado” (con armas), cuestión ésta de cierto relativismo, ya que no accede al poder mediante el uso de las mismas ni se caracteriza por tener formaciones militares (al estilo de la Guardia Roja bolchevique) con armamento de uso bélico. Más bien eran los famosos escuadristas, un ejército de matones provistos de elementos contundentes como mazas, bastones, cachiporras, cadenas por lo que mal puede llamársele un “partido armado”.
También lo ubican como una cultura de liturgias y básicamente como un mito movilizador que centra su ideología, su propaganda, su estilo político y sus acciones, en la visión del inminente renacer de la nación desde la decadencia.
Como se aprecia, muchas de las definiciones y, sobre todo, este consenso académico de los tiempos modernos, se contrapone con la extensa y politizada tradición marxista que desde el mismo connacional Gramsci (entendible su postura en virtud de sufrir real y físicamente, los rigores represivos del fascismo y el hecho de pasar años en la cárcel, obviamente modelan un criterio no siempre con la necesaria justeza intelectual) hasta Ernesto Laclau pasando por Horkmeier, Adorno y tanto más que toman al fascismo como un movimiento reaccionario que surge sólo como expresión de un crisis del capitalismo y como solución ante el avances del socialismo o comunismo.
E incluso se ha escrito desde esta posición de pensamiento, textos de singular potencia para caracterizar al fascismo, pero más cercanos a la necesidad política de ubicarlo como enemigo, que dé la razón intelectual.
“Es la dictadura terrorista abierta que desatan los grandes monopolistas y financieros cuando asumen definitivamente las riendas del Estado al llegar el capitalismo a su última fase”. “El fascismo aparece con la llegada del capitalismo a su etapa monopolista para frenar el ascenso del movimiento obrero y tratar de superar la crisis que tal etapa engendra inevitablemente”. “El imperialismo es un sistema en descomposición, en crisis permanente y, a fin de impedir su hundimiento definitivo, está obligado a adoptar las más drásticas medidas de fuerza. La agudización de todas las contradicciones de esta etapa, impiden a la burguesía resolverlas por los métodos propios de la democracia burguesa: parlamentarismo, elecciones, partidos, tribunales, etc.” y en esta imposibilidad burguesa de resolver crisis, ubican la aparición del fascismo.
Síntesis de algunas definiciones que autores enrolados en la izquierda expresaron durante muchos años.
El inconveniente que esta postura muestra como análisis político/científico es que no reconoce ninguna variable de originalidad en el fascismo y se lo minimiza en el exclusivo carácter de ser una fórmula capitalista más, entre otras posibles, para responder a crisis del sistema.
Fascismo, algunas reflexiones y autores, para interpretar
George L. Mosse (1918/1999) historiador alemán por nacimiento, vivió en Gran Bretaña y en EEUU, especializado en el fascismo europeo y la Alemania nazi.
Fue quien incorporó a estos estudios un concepto que distinguía formas entre las experiencias políticas, la “brutalización”.
El historiador español Fernando del Rey Reguillo (1960) en una obra publicada en 2017 junto a otros autores “Políticas del Odios – Violencia y crisis de las democracias en el mundo de entreguerras” es quien desarrolló el concepto elaborado por Mosse y sitúa la brutalización de la política en el periodo de entreguerras comenzado en 1919. Apela a que en esa etapa aparecieron formaciones políticas antagónicas y que en la rivalización surgen los niveles de violencia que brutaliza la política. Se refiere al comunismo, el nazismo, la democracia liberal, el conservadurismo autoritario y otras expresiones políticas y también hace hincapié en cierta connotación etaria pues habla del deslumbramiento que en los jóvenes provocaron algunas de estas experiencias y su consecuente radicalización en el mundo juvenil.
En cuanto a Mosse, distingue fascismo de nazismo precisamente en lo que considera la distinción de un “carácter más humano” de Mussolini respecto al dictador alemán.
No es acertada su ubicación en torno a características personales de cada uno, pues no es solo desde allí donde desprenden actos políticos y medidas de gobierno en lo que atañe a represión, persecuciones y criminalidad masiva.
La dinámica general de esos tiempos, la formación de sistemas de gobierno necesitados de la represión para sustentar sus políticas (bolchevismo, fascismo, nazismo) y la realidad de un mundo que caminaba a dirimir poderes territoriales en forma bélica, daban las características principales a la acción del gobierno italiano y luego del alemán.
Por otro lado, Mosse, entra en contradicción en esta afirmación, con su parecer, muy criticado por otros historiadores, entre ellos su ex discípulo, el sudafricano Steven Aschheim (1942), de que la política alemana de los campos de exterminio no eran más que un aspecto técnico del nazismo, al cual le resta cierta importancia centrando su mirada investigadora en el sustrato cultural y mental de la violencia hitleriana.
En los escritos de Mosse, la violencia que en definitiva da sustrato a su concepto de brutalización, no aparece como sustancial. Las políticas de exterminio como la nazi con los judíos y otros y la italiana en África, se convierten en ausencia de opinión importante.
Y esto, tal vez se deba, y ahí no estaría equivocado Mosse, como crítica Gentile, por ejemplo, en que no asigna a la militarización del fascismo y del nazismo, un valor sustantivo en su constitución como expresión política. “Incapacidad para prestar atención a la militarización de la política” expresa Gentile, pero cuando leemos al gran maestro de la historiografía del fascismo, tampoco se halla mucho interés por insistir en el tema de la violencia del fascismo italiano.
Pensamos, con Mosse y con Gentile, que la violencia es un dato menor al momento de interpretar a los regímenes autoritarios de la primera mitad del siglo 20.
Es una consecuencia de la asumición de ideologías, de decisiones políticas y de concretar esas decisiones por la forma que fuera.
Y la elección de la violencia como manera es solo a los efectos de resolver lo anteriormente definido políticamente.
La ideología es quien enseña a los bolcheviques rusos que la clase burguesa debe ser borrada violentamente, pues no hay manera de apropiarse del poder y de sus recursos económicos de otra manera. No es el hecho de asesinar comerciantes, campesinos acomodados y profesionales lo que define al comunismo, es su ideología.
En el caso del fascismo, su accionar interno reconoce más agravios represivos desde lo marginal y paraestatal y parapolicial que una represión organizada y metódica desde el Estado. Una vez consolidado en el poder el mismo Mussolini desalentó la violencia de sus partidarios sobre opositores. El episodio del 10 de junio de 1924 donde es asesinado el diputado socialista reformista Giacomo Matteotti fue un claro ejemplo de criminalidad para estatal donde un grupo de marginales fascistas organizó y cometió el asesinato y fueron apresados por la policía del régimen y condenados por la justicia. Su posterior liberación, antes de cumplir la condena, fue producto de presiones y compromisos sobre Mussolini.
Pero sí muestra, el gobierno fascista su violencia descarnada y lindante con el genocidio en la conquista de territorios africanos: La Somalia italiana, la Eritrea italiana y Abisinia que era Etiopía, fueron las colonias del Cuerno de África. que se reunieron en el virreinato del África Oriental Italiana (AOI) y el principal accionar de su actitud deshumanizante y violenta que fue en Libia.
En su dominio con intento colonial en Europa, que fue en Albania y en Montenegro (que era una provincia del Reino de Yugoslavia), Italia, anexó a su sector de Dalmacia el territorio de la bahía de Kotor (la veneciana Cattaro) hasta septiembre de 1943. Además, se creó bajo auspicio italiano el Estado Independiente de Montenegro en junio de 1941.
Acá, también vemos que la utilización de la violencia, la banalización de la guerra, el recurso a las armas se origina en una decisión política cual era el renacimiento de cierto modelo imperial italiano. No son las acciones las que constituyen al fascismo, es el fascismo quien utiliza los instrumentos de la guerra en virtud de su objetivo político.
Es interesante ver un momento de la historia cuando en 1928, se acuerda con el entonces regente de Etiopía Haile Selassie (luego el famoso emperador de ese país) un tratado amistoso sobre la presencia italiana en parte de Etiopía, una colonia eritrea que queda bajo mandato fascista en la figura del gobernador Jacopo Gasparini.
En este caso, al lograr su cometido político no se utilizaron formas violentas. Lo que primó y siempre prima es el valor del contenido, no de los instrumentos utilizados.
En cuanto al nazismo sí, es más probable que la violencia, la intolerancia y la muerte como parte de la acción política conformara su propia ideología, y por lo tanto esas formas fueron originarias y no derivadas. Si tomamos como guía básica de su desarrollo político el libro Mi Lucha, de Adolfo Hitler, se aprecia en su contenido la potencialidad luego manifestada en su accionar criminal.
Se torna difícil, o al menos requiere una mejor atención tomar interpretaciones y definiciones sobre el fascismo, desde el antifascismo.
Esto lo señalan varios autores reconocidos en el tema, entre otros De Felice y Gentile y en sentido similar, lo señalamos al inicio de este trabajo al resaltar la diferencia entre historiadores italianos y extranjeros a Italia al momento de escribir sobre fascismo.
Y en más de una ocasión hablamos de la necesidad de construcción teórica de cierto tipo de fascismo para que sea útil a una de las partes del conflicto político.
Primero entre el comunismo y el propio fascismo y luego entre la URSS y EEUU en el marco de la Guerra Fría, en ambos casos, el antifascismo impone ciertas miradas que reflejan su interés antes que la certeza histórica. O al menos, cierta certeza histórica.
Las definiciones de pensadores marxistas acerca de fascismo, en su mayoría, entre 1920 y 1990 tuvieron esa impronta.
Empezando por su máximo líder de esos tiempos Iosif Stalin quien en el 17 congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) celebrado entre el 6 de enero y el 16 de febrero de 1934 en la ciudad de Moscú, afirma que “la victoria del fascismo (en Alemania)” se debe entre otras causas a “la traición de la social democracia” y agrega que ese fascismo es producto de “la burguesía que apela a métodos terroristas de dominación”.
O sea, no existe un análisis serio sobre el real significado del fascismo, no se distingue entre fascismo y nazismo y solo se intenta describirlo de acuerdo a las necesidades del momento, que eran impulsar la teoría de clase contra clase, con lo cual la burguesía era innecesaria como parte de un esquema multisocial de poder y tampoco se consideraba a los partidos social demócratas como aptos para integrar un frente anti nazi en Alemania.
Este acomodamiento de interpretación y definición dentro de la necesidad política brinda cierta invalidez a la comprensión intelectual y política que se hacía del fascismo.
Stalin, como Dimitrov y luego tantos otros, hacían un ejercicio de “anti epistemología” para forzar interpretaciones convenientes.
Un año después, en 1935 y en ocasión de la 13 sesión plenaria del Comité ejecutivo de la Internacional Comunista, el marxista rumano George Dimitrov (1882/1949) lanza su conocida definición sobre el fascismo como una “dictadura terrorista de los elementos más reaccionarios y más imperialistas del capital financiero”.
Y esta definición calza en cumplir con lo dicho por Stalin y en fortalecer la pelea contra el nazismo que en 1933 había accedido al poder en Alemania.
Como parte de su ubicación de referente del marxismo internacional y revolucionario de Octubre de 1917, León Trotsky no podía dejar de hacer conocer su opinión y definición sobre el fascismo, pero en este caso, la necesidad política de acomodar la interpretación, pasaba no solo por ponerse enfrente del reciente poder nazi sino también hacerlo desde el antiestalinismo, y diferenciar su mirada, y en ese sentido, en 1933, escribe que el fascismo mantiene cierta autonomía de gobierno respecto a las clases sociales, si bien se recuesta “sobre la pequeña burguesía” y que es producto, no tanto del interés de la burguesía financiera como dijera Dimitrov, sino que surge de la crisis del modo de producción capitalista.
Luego de la 2GM y derrotados los sistemas autoritarios de Alemania e Italia, cambiaron poco las formas de análisis desde el marxismo e insistieron durante décadas con las mismas definiciones.
No es motivo de interés de este trabajo ahondar más extensamente en el tema, pero como valor de consulta consideramos válido dos miradas marxistas de la década del 70, la del politólogo griego Nico Poulantzas (1936/1979) quien en su libro Fascismo y Dictadura, escribe que el fascismo, lejos de las definiciones que lo describen como “dictadura terrorista”, era “una forma particular de régimen del Estado capitalista de excepción”, y llega a afirmar casi “heréticamente” para los comunistas ortodoxos que “Lo que es más importante de observar es que de hecho ciertas clases populares que se
decantaron del lado del fascismo lo hicieron a causa del fracaso de los partidos comunistas”, y la de Ernest Mandel (1923/1995) economista, historiador y político belga y dirigente trotskista de la 4ta Internacional quien en su obra El fascismo, de 1976, dice que “la historia del fascismo es también la historia del análisis teórico del mismo”, con lo cual quita en importancia todo lo referido a formas, juicios morales y valoraciones desde la necesidad política, para centrar en lo que es el fascismo en virtud de su real constitución como ideario político.
Es cierto que esto presenta el problema de dejar solamente al fascismo en una dimensión cultural, historiográfica y simbólica, con el riesgo de eliminar su carácter político y sus datos de gestión, evitando parte de la conflictividad de su pasado histórico.
No hay que esconder la historia, ni tampoco temer a sus interpretaciones surgidas de análisis y derivadas de anteriores investigaciones.
El fascismo tuvo violencia interna y criminalidad genocida en África y tuvo, escasa y mucho menor de lo vulgarmente asumido, complicidad con las decisiones exterminadoras de los nazis.
Como tuvo valiente actuación en las zonas ocupadas por el ejército italiano en el sur de Francia, protegiendo a los judíos que escapaban de los alemanes cuando estos ocuparon toda Francia.
Es un problema. No insoluble en la medida que la calidad y la categoría del historiador lo trate con el respeto que merece
El historiador polaco/israelí Zeev Sternhell (1935/2020) hace un acertado corte y distingue nítidamente al fascismo del nazismo, en su concepción, el hecho que el nazismo sostenga un rumbo ideológico y un programa de gobierno fundamentado en gran parte en el determinismo biológico, es una sustantiva y clave diferencia. Se reconocen en rasgos de similitud, pero ese aspecto de definir políticas desde la raza, la biología y la supremacía racial los tornan distintos.
Sternhell opina, con originalidad que hay un fascismo donde si el tema biológico cobra importancia y se emparenta con el nazismo, pero no es el fascismo italiano, sino lo que el autor describe como “el fascismo francés”, donde el racismo tiene presencia palmaria y esto cobra fuerza cuando es tomado por los nazis alemanes.
Y otro punto audaz en su interpretación y, a nuestro entender, con la suficiente validez para ser tomado por la historiografía sobre el fascismo como dato de jerarquía, es cuando Sternhell se acerca a De Felice en la coincidencia de los orígenes de izquierda y revolucionarios del fascismo italiano. En este punto surge otro historiador el polaco/israelí Jacob (Yaakov) Talmón (1916/1980) que se suma a conformar un trío de historiadores que ven al fascismo como un totalitarismo de izquierda y al nazismo como uno de derecha.
Talmón quien se dedicó principalmente al estudio de la Revolución Francesa y acuñó los términos «democracia totalitaria» («Democtatura») y «mesianismo político», en este punto, incorpora su mirada sobre la Revolución francesa y su arriesgada opinión sobre que el jacobinismo es el antecesor del estalinismo, y en este caso vincula al fascismo como derivado del jacobinismo y al nazismo de las corrientes raciales y racista de la política de los últimos 300 años.
Dejamos las definiciones y vamos al fascismo
Sin pretensión de categorizar y solo a efectos aclaratorios, como uno más, de los tantos espacios desde donde puede mirarse la historia del fascismo, vemos una diferencia en cómo se toma desde autores italianos y quienes no son de esa nacionalidad.
Tiene su lógica. El fascismo, como tal, nace, se desarrolla y muere en Italia.
Los que lo investigaron y estudiaron, tanto ayer como hoy son parte de un conjunto de percepciones, sensaciones, emociones e incluso historias vinculadas al objeto que investigan, que casi ninguno de los extranjeros ha vivido.
Los italianos manifiestan su trabajo desde una mirada connacional y, en algunos casos, de cercanías contemporáneas, no tanto con las dos décadas de gobierno fascista sino con algunos de sus protagonistas.
Los no italianos estudiaron el tema y lo investigaron con buen ojo profesional, pero se advierte en alguna cierta aprensión sobre el tema, en cuanto a algunas valoraciones que pueden considerarse positivas.
Es cierto que tomado en su contexto general no brindan ni la historia del fascismo ni la de sus hacedores, motivos para aprobar ese periodo. Demasiada sangre, abundante dolor y desgraciadas consecuencias tallan en piedra su paso por la historia italiana. Pero estas estimaciones en general no son óbice para encontrar en parte de la historia del fascismo, rasgos y rastros que hablan de inmenso apoyo popular, tareas públicas resueltas con eficacia y eficiencia, ubicación mejorada en el concierto internacional, aspiraciones imperiales con cierto buen resultado .Veamos que en 1939, antes de entrar en guerra, la Italia limitada y casi mínima que salió de la post primera guerra mundial, poseía una envergadura sólida en las medidas físicas y orgullosa en el espíritu nacional.
Italia sumaba como territorios propios, dominados y controlados lo siguientes: en su área metropolitana casi 310.000 km2, en Libia, 1.870.800 km2, en África Oriental Italiana cerca de 1.800.000 km2, Albania 28.750 km2, poseía en parte de las Islas del Egeo 2700 km2 y escasa en valor métrico pero importante por su presencia en tan lejano espacio Italia manejaba la llamada Concesión italiana de Tientsin que eran 0,5 km2 ubicados en un barrio de la ciudad china de Tianjin, y sobre todo el ensalzamiento del “alma” italiana rescatando para un país de subestimaciones cotidianas y permanentes una autoestima importante. (Datos de G. De Corso en revista tiempo&economía Vol. 2 N° 2 – II semestre de 2015).
Insisto y aclaro. Esto no hace mejor al fascismo. Es solo un valor histórico imposible de ignorar. Cada una de esas evaluaciones no suben el “precio” del fascismo como modelo, sistema y pensamiento ni amortiguan atrocidades cometidas en su nombre. Si, son parte de la historia y algunos de sus investigadores no italianos adolecen de cierta capacidad o voluntad para observarlos.
Los autores citados son apreciados en este escrito a partir, mayormente, de la lectura de sus libros. También acudimos a Wikipedia con todas las respectivas verificaciones y a Internet en general en la búsqueda de datos que sirvan como colaboración en la paráfrasis del tema tratado.
En pleno siglo 21 y con más de dos décadas transcurridas de la centuria, nos parece adecuado hacer participar a los instrumentos actuales de las comunicaciones y la información como parte de la investigación, apreciación e interpretación del tema. Y hacer uso, con todo el pundonor necesario, de la tecnología moderna que ayuda y mucho para estas tareas de escribir algo sobre la historia.
Y todo aquel lector interesado en algún nombre o tema, acá incluido, en lugar de acudir a las últimas páginas como se acostumbre a buscar bibliografías y datos atinentes, puede googlear lo que desea conocer.
Son estos tiempos y estas son las formas, que estimo, debemos considerar.
Pretendemos acercar una interpretación del fascismo desde una mirada histórica que lo tome en su dimensión temporal y en su marco nacional.
Entonces hablamos de fascismo original, de Italia, y nos colocamos en un lapso concreto que va de 1919 a 1945.
Con una extensión de dos años excediendo su periodo de gobierno, pero considerando que la presencia en vida de Benito Mussolini daba todavía cierta certeza de no agotamiento del fascismo.
Posiblemente, con este límite temporal carecemos de una parte de la historia en que se pueda alumbrar sus orígenes y apreciar mejor sus finales y se hace necesario ampliar los tiempos. Tanto para el comienzo como para su conclusión.
En el primer caso abordamos su génesis tomando la 1GM (Primera Guerra Mundial) como el dato sobresaliente de la construcción de la tradición política del fascismo en Italia. Y como referencias coadyuvantes la situación económica y social de ese país a partir de comienzos del siglo 20 y la deriva política causada por las variaciones de esas categorías.
Para estudiar los aspectos conclusivos del fascismo arriesgamos ver unos años más desde la muerte de su fundador como un tiempo de sedimentación popular, abandono cultural y cotidiano, duelo y modificación de escenarios contextuales que dieron origen y sustento al fascismo.
Consideramos varios epílogos para su existencia. Epílogos y finales dados por las modificaciones del escenario italiano, con cuyos cambios el fascismo pierde sustentabilidad y “oxígeno” de supervivencia.
Los datos a tomar como final del fascismo “post poder y post Mussolini” son la abdicación del rey Víctor Manuel III, la elección de referéndum dando fin a la monarquía, la presencia en territorio italiano de tropas de los ejecitos aliados triunfantes en la 2GM, la práctica de cierta habitualidad en marcos electorales y el abierto y poderoso juego del Vaticano y la Iglesia católica con sus aliados y “representantes” político/partidarios en la Democracia Cristiana italiana partido de envergadura y vocación de poder.
En este caso, el dato central parte de la elección llevada a cabo el 2 y 3 de junio de 1946 donde mediante la figura de referéndum los italianos votaron por la creación de la república y la no continuidad de la monarquía. Poco antes, en los comienzos de mayo de ese año, el rey Vittorio Emanuelle III (quien en algún momento unió los títulos de Rey de Italia, Rey de Albania y Emperador de Etiopía) había abdicado a favor de su hijo Umberto II, en la inteligencia que un nuevo monarca establecería cuotas de modernidad a una institución ciertamente esclerotizada y pondría piadosos mantos de olvido a una extensa gestión real que comenzó en 1900 y llegó hasta ese año 1946, sobre todo en los tiempos de coexistencia con el mandato fascista entre 1922 y 1943.
Claro que este renunciar de Vittorio Emanuelle no alcanzaba para satisfacer los anhelos de los antifascistas (los sinceros, los convertidos y los oportunistas) que desde la misma caída de Mussolini pedían el alejamiento del rey, pero lo importante era que no contentaba a los propios monárquicos que veían en la continuidad de un mismo sujeto con tantas cuentas no saldadas por su relación con el fascismo, un peligro para el prestigio del reinado como institución. Cincuenta años de reinado suman tanto tiempo que hace improbable la bondad de todas las acciones y la corrección de todas las medidas. En el caso del rey nacido en Nápoles, el saboyano de baja estatura, existían motivos más que suficientes para que los no y antifascistas lo desprecien y los monárquicos desearan borrarlo de la memoria popular.
Básicamente su actitud pasiva en el surgimiento del fascismo y la ratificación que hizo de lo peor de la legislación mussoliniana.
Y este dato del referéndum y del paso de la monarquía al republicanismo es el eje a considerar, junto a otras valoraciones históricas de menor cuantía, como el cierre del ciclo fascista en Italia.
Bajo este nuevo escenario configurado como un novedoso ecosistema político no hubo posibilidades ciertas de conservación social, cultural y política del fascismo como hasta entonces se conocía.
El fascismo que más allá de complejas, variadas y disímiles interpretaciones es una expresión política, y como tal sujeta a su tiempo y su territorio no reitera sus aptitudes, su índole en cualquier condición de hospedaje histórico.
A ciertas características pueden ocurrir cercanas aproximaciones, pero la cercanía no es la identidad, es el parecido.
No existe una globalización del fascismo como aprecian algunos autores que desde esa afirmación y abonando esta idea le dan contenido político actual.
No la hubo.
-En el capítulo donde se trata la Conferencia de Montreux se explicita la nula universalización del fascismo. –
A igualdades sociales, históricas y culturales pueden surgir experiencias políticas de analogías aproximadas, pero no las mismas. En filosofía “la identidad es la relación que toda entidad mantiene solo consigo misma” –(Robert Audi- The Cambridge Dictionary of Philosophy), en definitiva, identidad es la circunstancia de ser una cosa en concreto y no otra.
El fascismo es lo que es, en virtud de los entornos originarios, los sujetos originales, las mutaciones devenidas de su exclusivo andar, la potencialidad de su vinculación y relación peculiar entre los liderazgos y los destinatarios de sus mensajes.
Estas situaciones son irrepetibles por más parangones históricos que se busquen, y que se encuentren.
La facilidad y cierta pereza intelectual en explorar mejores expresiones, a la vez que más claras descripciones hace que la utilización del concepto de fascismo se aplique con una incorrección enorme. Cualquier “derecha” es fascista. Lo que no nos agrada es fascista. El nazismo es fascista. El franquismo español es fascista. Las dictaduras militares son fascistas. Gobiernos de cierto izquierdismo formal son fascistas. Sistemas sostenidos en democracias liberales son fascistas y sistemas sostenidos en ausencias de democracias liberales también son fascistas.
Es obvio que esto no es así. O, no puede ser así.
Y cuando se pretende ubicar en tiempos actuales el fascismo de algunos gobiernos y de ciertas expresiones políticas, se acude a análisis de simpleza burda donde las formas y contenidos que arrojan sobre los que consideran “fascistas” le puede caber desde Fidel Castro hasta las dictaduras latinoamericanas, desde Chávez en Venezuela hasta Victo Orban en Hungría, pasando por Trump, Bolsonaro, Nigel Farage, Netanyahu, Santiago Abascal y Daniel Ortega entre otros muchos.
Y si es todo, es nada.
Los regímenes dictatoriales con políticas autoritarias, represivas e intolerantes y los partidos que sin ser gobierno las propugnan (que en otra parte de este trabajo denominamos PARI) no son fascismo per se.
El culto a la personalidad, tan afín al comunismo estalinista y a los líderes de Corea del Norte, también lo inscriben en las características del fascismo.
Hay expresiones contemporáneas, cada vez menos, que intentan tomar algo de un pasado histórico que consideran tiene algún valor político en la memoria de los habitantes de su país y buscan desde ahí expandir su actualidad. Es el caso de Vox con el franquismo, el primer Le Pen con el gobierno de Vichy y algunas formaciones italianas con el fascismo. Mucho más “suave” es recoger porciones del pasado por parte de los partidos derechistas de Alemania, Suecia, Holanda y Dinamarca.
Y en la actualidad, los llamados post fascistas no hacen de posiciones comunes una identidad y, en su mayoría, ni siquiera tienen posiciones comunes.
Marine Le Pen, en Francia, rinde culto al nacionalismo y es estatista, mientras Trump en EEUU, es nacionalista y cada vez menos propenso a un Estado fuerte.
Giorgia Meloni levanta banderas de defensa de lo nacional, es proclive a un estado regulador y tiene una política impositiva de alto impacto en los sectores financieros. En la actualidad es más restrictiva con la inmigración que Le Pen, claro que esta última no es gobierno.
En general los llamados neos o post fascistas actuales, que no son ni uno ni otro, adhieren a consignas que hablan de la defensa de la familia, la vida y de muchos valores conservadores de la sociedad.
Combinan nacionalismo y cierto autoritarismo, al tiempo que también suman como definición en algunos casos el “iliberalismo, como Viktor Orban en Hungría y Recep Tayyin Erdogan en Turquía, que tampoco son fascistas y que radicalizan su costado autoritario dentro de una democracia formal donde si bien se respetan aspectos de una democracia representativa, se ignoran derechos civiles y se atropellan derechos humanos.
Esta versión de la democracia iliberal, nace de un concepto del politólogo Fareed Rafiq Zakaria (1964) escritor y periodista indo-estadounidense, especializado en temas de relaciones internacionales, que dice que hay gobiernos surgidos de formas democráticas y en elecciones libres que una vez asumidos ponen fuera de valor las limitaciones constitucionales y agreden a los ciudadanos mediante la escasa aplicación de libertades individuales y ponen en cuestionamiento a casi todas las instituciones de una democracia liberal y en muchos casos omiten respetar la división de poderes.
Obviamente estas características no los hacen fascistas.
Y como nuevos colectivos de los criticados como fascistas, en gobiernos o en el llano de la actividad política, están los que se oponen a la perspectiva de género, la igualdad racial, las reivindicaciones de minorías en preferencias sexuales, la justicia social, que son los denominados anti wokistas, y son enemigos y adversarios de la cultura woke, en inglés “despierto” como el hecho de estar alerta ante atropellos autoritarios, (Woke es un término que, originado en los Estados Unidos, inicialmente se usaba para referirse a quienes se enfrentan o se mantienen alerta frente al racismo. Posteriormente, llegó a abarcar una conciencia de otras cuestiones de desigualdad social, por ejemplo, en relación con el género y la orientación sexual).
En Latinoamérica, José Kast en Chile, Javier Milei en Argentina y Jair Bolsonaro en Brasil, son otros de los políticos ubicados en la terminología de “fascistas” y obvio no lo son y recorren caminos bastante similares en el ultraliberalismo, la apertura total a la economía de mercado y el conservadurismo.
Y en general, tanto en Europa como en América Latina, surgen ultraístas de variado tipo y composición social que tienen como denominador común la lucha contra supuestos comunismos y socialismos, ambas categorías políticas difíciles de hallar hoy en sus países y que en definitiva trasladan ese conflicto antiguo (del anticomunismo) a su pelea contra socialdemócratas y progresistas.
Tampoco acá se ve fascismo como identidad que los nuclee.
Y si, es dable suponer que mucho de esta nueva derecha, que combina tradiciones conservadoras con filosofía anarco capitalista y sigue filosóficamente a autores como Von Hayek, Von Mises y Murray Rothbard, y tiene cierto predicamento masivo, antes no logrado, se sustenta en haber logrado representar los enojos de muchas poblaciones agotadas con la política tradicional.
Esto no evidencia fascismo. Y tampoco lo hace el utilizar como contenido ideológico, programático y cultural, detestables formas como el racismo o la xenofobia, e incluso el antiparlamentarismo o detestar la democracia.
Todas estas variables consideradas autoritarias no son patrimonio del fascismo como origen de ellas.
No son cualidades ni propias ni nacidas con el fascismo.
Son precedentes, son mucho más antiguas que el surgimiento del fascismo como identidad política. Racismo hubo en Estado Unidos mucho tiempo antes, más duro y con más perduración en el tiempo. Lo hubo en Francia con la cuestión antisemita permanente durante años. El odio a etnias distintas es casi constitutivo de los primeros datos sociales del sapiens moderno. Y fue moneda corriente en la cotidianeidad de los países, regiones e imperios desde los primeros siglos de la era moderna (y antes también).
No hay analogías iguales donde solo hay formas. Y no hay identidad donde solo existan similitudes.
Desde siglos anteriores al año 1 “después de Cristo”, se consolidaron sociedades, tribales o nacionales sobre el sustento de cierta identidad que excluía a otros grupos étnicos o “extranjeros” de ese territorio.
La utilización del término “fascista” como adjetivo que califica, en general de forma negativa, es una exteriorización de varias posibilidades del uso.
Como decimos en otras partes de este trabajo, por pereza intelectual de quien lo usa. Por conveniencia política en la descalificación de oponentes y por incomprensión del sentido real de lo que fue el fascismo.
Ya en los comienzos del fascismo, como actor político de la Italia de post 1GM, en 1924, el mismo Antonio Gramsci acusa de fascistas y semi fascistas nada menos que a Giovanni Battista Amendola (1882/1926), un periodista y político italiano, que destacó por su oposición al fascismo, catedrático de Filosofía teórica en la Universidad de Pisa, tres veces electo diputado y crítico del extremismo de derecha. Incluso en 1924 se negó a integrar una lista electoral (Lista Nazionale) que impulsaba Mussolini y eso motivó que sufriera contratiempos en forma de intimidaciones y agresiones de parte de matones del PNF. Con valentía, publicó en su periódico, el famoso “Testimonio Rossi” uno de los documentos donde más claramente se denunciaba a Mussolini como implicado directo en el asesinato del diputado socialista Matteoti.
Amendola, exiliado en Cannes luego de haber sido golpeado salvajemente por un grupo de camisas negras, murió en 1926 y a la edad de 43 años, por causas adjudicadas oficialmente a un cáncer y extraoficialmente a consecuencia de esa violenta paliza recibida de manos de los fascistas.
¡A este hombre, Gramsci, lo llamaba “semifascista!”
El interés en golpear aliados potenciales, la necesidad de cubrir en solitario el espacio opositor, los egos y las soberbias nacidas de inventadas superioridades morales, hacían que la izquierda, y en este caso, una mente lúcida como la de Gramsci, perdieran el tiempo con estos menesteres en lugar de consolidar fortalezas y defensas ante un fascismo que avanzaba.
También Gramsci llamó “fascista” a Filippo Turatti (1857/1932) quien fue político, abogado y periodista italiano. De los primeros e importantes dirigentes del socialismo italiano, siendo uno de los fundadores, en 1892, del Partido Socialista Italiano, nueve veces electo diputado por la izquierda y exiliado en Francia a causa de la persecución fascista.
Otra vez, Gramsci, perdiendo el tiempo y no abriendo la ventana para ver venir al fascismo en su verdadero rostro, que por supuesto no tenía ninguna semejanza con las caras de Amendola y Turatti.
Otro destacado dirigente comunista como Palmiro Togliatti, acusó en forma similar, como fascista a Carlo Roselli (1899/1937) político, abogado, historiador, escritor y periodista italiano, teórico del socialismo liberal no marxista.
Roselli fue un importante y activo antifascista, tanto en Italia como luego en su exilio francés. Y terminó su vida, asesinado por el grupo de extrema derecha gala “La Cagoule” una organización anticomunista y con acercamiento al fascismo y esta muerte se sospecha fue ordenada por el propio Mussolini.
Para Gramsci y para Togliatti la única condición que ponía a salvo la pureza antifascista era pertenecer al Partido Comunista italiano. Un anticipo de conceptos y prácticas luego maximizado por el estalinismo.
Amendola y Roselli, como muchos otros, fueron valerosos combatientes contra el fascismo, y en el caso de Roselli, ofrendando en esa lucha, su propia vida, pero el anatema del “fascismo” como adjetivo, los alcanzó.
Esta utilización equívoca del término se aplicó y aplica en forma indiscriminada a todo adversario político situado a la derecha de quien critica, y en estos casos mencionados, también a los que comparten el espacio de la izquierda.
Como bien dice Gentile “hasta 1935 e incluso en algunos casos hasta 1937, para los comunistas, todos los izquierdistas no comunistas eran fascistas o semi fascistas”.
Quien no aceptaba la interpretación orgánica del PC era un traidor o un fascista.
Y como planteamos en otras partes de este trabajo, la necesidad de posicionarse en la Guerra Fría ante EEUU y sus aliados, tanto en países como en dirigentes, hizo que desde la URSS y sus usinas de PCs de todo el mundo, regresara a la vida política y cultural el uso del fascismo como adjetivador de las peores cuestiones.
No es extraño entonces que, pondremos un ejemplo, para el comunismo oficial, Alcide de Gasperi (1881/1954) que fue ministro de Asuntos Exteriores y presidente del Consejo de Ministros de Italia, así como fundador de Democracia Cristiana, y conocido enemigo del fascismo, recibiera el consabido mote de fascista.
Acá está presente cierto nivel de soberbia política y de validación cultural, ambos desde ya inconcebibles como valor probado, de la URSS y del estalinismo que haciéndose cargo de haber ganado, casi en soledad la 2GM y en virtud de que el Ejército Rojo fuera el primero de las tropas vencedoras en entrar en Berlín y desde esa situación, consolidar hasta el día de hoy (1924) la leyenda del unicato en el triunfo sobre el nazismo, se consideran en condiciones de decidir quién es y quien no es fascista.
Y este tipo de modalidad, de razonamiento alejado de comprobaciones empíricas, domina todavía gran parte de la verborragia política.
En definitiva, para analizar y definir este movimiento imperante como poder, entre 1922 y 1943 extendemos su contemplar histórico entre comienzos del siglo pasado y la medianía de esa centuria, aproximadamente hasta 1950.
Partimos del intento de tomar al fascismo original italiano como un proceso exclusivo de ese país, en ese contexto y con esos protagonistas. Irrepetible fuera de las variables que le dieron origen, poder y sostenimiento en el tiempo. Ese fascismo tuvo una génesis social en virtud de circunstancias que, aunque con cierta equivalencia a otras en otros países, fueron peculiares y con sujetos históricos solamente fidedignos en sí mismo. Su tránsito por el poder reconoce otras circunstancias sociales e incluso, aunque con repetición de sujetos centrales, otros y nuevos protagonistas.
Es decir, consideramos al fascismo como italiano, producto de la propia dinámica social de ese país entre principios del siglo 20 y 1950 aproximadamente, y con los nombres propios que le dieron matriz a esa tradición: Benito Mussolini, Ítalo Balbo, Roberto Farinacci, Giacomo Acerbo, Emilio del Bono, Cesare María de Vecchi, Dino Grande, Galeazzo Ciano, Luigi Federzoni, Atilio Teruzzi, Carlo Favagrossa, Luigi Turzo entre otros fueron los sujetos constituyentes del fascismo, tanto en su origen en el llano como en función de gobierno.
Pero también vemos que las realidades históricas que funcionaron “en espejo” son datos constitutivos del fascismo a pesar de transitar aquellas realidades políticas desde la orilla opuesta. Es decir, a este escenario histórico propio, también acompaña la realidad vivida por lo que llamamos el “funcionamiento en espejo” que es la actitud que, ante el surgimiento del fascismo, tuvo su principal discrepante, que fue, la izquierda italiana.
Y este conflicto, antagónico casi siempre, agonal a veces, también es en exclusiva “pertenencia” de la Italia de ese tiempo. No se repite igual en otras geografías ni en otros tiempos.
Y con esto solo tendremos aproximaciones sobre el fascismo “original” e italiano, lugar desde donde partir a la interpretación de otras posibilidades de similitud o no.
El historiador italiano Alberto De Bernardi en su libro Fascismo y Antifascismo – Historia, Memoria y Cultura política, acerca una opinión en valor similar a nuestra consideración sobre el carácter único del fascismo original: “Si existe una lección en historia es que esta no se repite: es un conjunto de “hechos” materiales, culturales, militares, políticos, sociales, mentales, únicos e irreproducibles, y la tarea específica de los historiadores es recordar a la opinión pública que no confunda las posibles similitudes entre eventos actuales y otros pasados, con la posibilidad de que el pasado se reproduzca en el presente y, por tanto, y que no caiga en la trampa de explicar lo reciente con lo remoto, siguiendo el “ídolo de los orígenes”.
No solo nada regresa, sino que las similitudes a menudo no se mantienen en un análisis profundo y se revelan en lo que son: representaciones y proyecciones de hoy en el pasado, que se suceden cada vez con mayor intensidad cuanto más fallamos en elaborar las claves de lectura y modelos explicativos convincentes y originales del presente. En este corto circuito, perdemos de vista una de las grandes lecciones epistemológicas de Bloch, aquella de que el tiempo histórico es una “realidad concreta y viva” fundada “en la irreversibilidad de su curso”.
Una posibilidad en cuanto a más y mejores investigaciones, tanto de tipo historiográfico documental cuánto de mirada sociológica en observación a detalles de la cotidianeidad social de la Italia de ese tiempo, pasa por revisar categorías de las ciencias sociales que generalizaron al fascismo en toda su presencia como gobierno italiano, básicamente sus menciones como La dictadura y El Dictador.
Esa es la nomenclatura casi única para el período. Sin embargo, hay detalles institucionales y de legalidad formal y real que no avalan tanto esta integralidad del tiempo fascista y pueden mostrar, al menos entre 1922 y 1926 funcionamientos parlamentarios, judiciales, mediáticos y de pluripartidismo más cercanos a un modelo de democracia, puede decirse iliberal o restringida, que a una dictadura.
Sin duda para esa fecha, el parlamento se había convertido en un reducto de los miembros menos destacados del PNF y la ausencia de opositores era poco propicio para un ejercicio vital de la democracia legislativa. Luego del asesinato del diputado socialista Giacomo Matteoti cerca de 130 diputados opositores firmaron lo que se llamó “la secesión Aventina” y se retiraron durante dos años del parlamento. Según la tradición romana hacer “el aventino” era salir de Roma para deliberar en las alturas del Monte o Colina Aventino que es una de las siete alturas en la que se construyó la ciudad de Roma. Claro que esta actitud hace que la oposición abandone un espacio de cierta visibilidad política y social dejando el manejo de la legislación, con toda la legalidad correspondiente al fascismo para impulsar lo que le convenía, como por ejemplo los poderes especiales para el ejecutivo y su Jefe de Gabinete Benito Mussolini.
Recordemos que, con la modificación de la ley electoral de julio de 1923, donde con un nuevo y acomodado sistema electoral para beneficiar al PNF las elecciones de abril mostraron que los resultados habían dado vuelta aquellas cifras de las elecciones de 1921 y los fascistas (en coalición con la derecha del Partido Popular y algunos liberales, conservadores y nacionalistas, contaban con 374 diputados sobre 553.
Como dato que muestra dramáticamente cómo varía la relación de fuerza parlamentaria veamos que, en 1921 en las elecciones de mayo, los socialistas ganan 128 bancas, los comunistas 13, los populares 106 y los fascistas solo 33.
Y cuando se van dos años de sus bancas intentan darle un cariz organizativo a la Secesión Aventina y por impulso de Gramsci y el PCI intentan organizar un Frente Único antifascista y anticapitalista y nuclear allí a toda la oposición para convertirlo en una suerte de espacio antiparlamentario.
Por supuesto a la oposición no de izquierda, al fascismo, no le interesaba pelear contra el capitalismo y contra las formas de las democracias liberales burguesas, sino que intentaba precisamente evitar que los ritos, aunque sean mínimos, de las garantías democráticas sean archivados por los fascistas. El momento requería una acción unitaria anti dictatorial antes que una pelea económica por los medios de producción y sostenida desde un ideologismo ingenuo ante la marea fascista y por directivas de la Internacional Comunista. Esa etapa que podría haber sido aprovechada para fortalecer una alianza contra el PNF en base a un programa mínimo de reivindicaciones democráticas, liberales y por las libertades públicas, fue obturada por la izquierda al definir otros contornos de su lucha, más extremos y que ahuyentaron a los partidos de centro.
Ya en 1922 y en ocasión de firmarse un pacto muy breve y lleno de contradicciones y donde casi nada de los establecido garantiza que se cumpla, que fue el Pacto de Pacificación entre un Mussolini con cierta debilidad de gestión, el Partido Socialista Italiano y la central de trabajadores-CGL, cierta izquierda renegaba de esto, que si bien beneficiaba en darle cierta estabilidad al gobierno fascista, también apuntaba por parte del PSI a que se detengan las violentas incursiones de los escuadristas y los fasci di combattimento que en las provincias y zonas rurales asesinaban y aterraban barrios, zonas y hogares obreros y campesinos. Sin duda era bueno para el PSI darse un respiro y reorganizar sus fuerzas sin la presión de la violencia fascista.
Pero dirigentes como Amadeo Bordiga que ya ese mismo año se había alejado del PSI y fundado el PCI se opusieron al Pacto, no solo para no tener que acordar con los fascistas sino porque no creía útil una alianza con los socialistas. Otra vez el ideologismo enfrentando las correctas necesidades políticas. El pacto era útil para la izquierda y los trabajadores.
Y luego, ese mismo año ocurre una situación histórica muy especial que es el surgimiento de una organización con raíces en la cultura histórica de lucha de los italianos, que fue una derivación de los “Arditi” en este caso los “Arditis del Popolo”.
Los Arditis habían sido los soldados de asalto de élite italianos de la Primera Guerra y ese nombre deriva del verbo italiano ardire que es “osar” por lo que los arditis eran los Osados.
Posteriormente el nombre se usó en 1919 por quienes ocuparon el Fiume al mando de Gabrielle D´Annunzio, ya que en su mayoría habían servido como soldados en el Real Ejército italiano, y llevaban un uniforme compuesto con camisa negra y en la cabeza una fez también negro, y ese formato de vestimenta fue luego tomado por los primeros fascistas, los Camisas Negras mussolinianos.
De ahí la originalidad de los Arditi del Popolo que usando el mismo nombre y disputando su sentido histórico, intentan armar a los trabajadores y organizarse contra las excursiones violentas de los fasci di combattimento a su vez integrados por otros arditis.
En distintas regiones del país comienza a verse una posibilidad que los obreros y campesinos pobres ofrezcan resistencia a la represión semioficial y paramilitar del fascismo.
Incluso el mismo Antonio Gramsci considera válida esta experiencia organizativa y la alienta, pero otra vez surge la figura de Amadeo Bordiga para desistir que los comunistas integren el cuerpo de Arditis populares, ya que esa formación político militar no tenía como objetivo constituirse en una fuerza de clase, un ejército proletario, un Ejército Rojo. Y culmina esa desacertada mirada con la clásica acusación de aquellos tiempos sobre que “los Arditi eran reformistas”.
Así como unos años más tarde le dejan el parlamento libre al fascismo, en 1922 le dejan la exclusividad del uso de la fuerza como dato político del amedrentamiento y terror.
Cuando, los diputados socialistas y comunistas, quieren volver luego de dos años, a sus bancas de diputados, son desaforados.
El gobierno fascista en virtud de esa larga ausencia decidió caducar sus mandatos, todo votado con la correspondiente legalidad, ya que en cualquier parlamento del mundo y en toda época, votan los presentes, no los que no están. Y aunque algunos diputados comunistas intentaron reaparecer, descubriendo muy tarde que el Parlamento podía ser una buena forma de propagandizar y difundir sus ideas, aparece la violencia física y a golpes ya no los dejan ni entrar al recinto.
Esos dos años tuvieron otra consecuencia como fue la degradación pública de la Cámara de Diputados, su vulneración como casa de la democracia y un fuerte desprestigio en la sociedad, aprovechada al máximo por el Duce quien usó la ausencia opositora, y algo también las escasas luces de sus propios diputados para impulsar modelos distintos para el funcionamiento del poder institucional.
El “error aventino” de las izquierdas le sirve en bandeja al fascismo para modificar representaciones de tipo regional y crea el cargo de los “Podestá”, nombrados por el ejecutivo nacional o sea no electos y que poseen representación en las comunas.
Desde ahí, Mussolini ya no depende de ningún diputado opositor u oficialista, sino que nombra a quienes él considera para tener mando en las provincias y municipios.
Todo esto más la puesta en vigencia de la ley del 31 de enero de 1926 (Ley N° 100) que atribuye a Mussolini, en cuanto jefe de gobierno, la «facultad de adoptar normas jurídicas sin aprobación parlamentaria previa» y la presencia del decreto real Nro. 1848 donde se da paso al PNF como “único partido autorizado en Italia “y las medidas represivas tomadas de inmediato como la detención y confinamiento en la cárcel de Gramsci y Bordiga (Amadeo Bordiga político marxista italiano. Fue uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia) habla de un innegable cambio en el carácter del gobierno y su conversión en una dictadura con instituciones legales. Una dictadura casi con legalidad, como las antiguas dictaduras romanas electas, ya que existía cierta vinculación con un pasado, lejano pero que brindaba “jurisprudencia institucional” al respecto. La dictadura en la antigua Roma fue una magistratura extraordinaria dotada de poderes absolutos, por un periodo, que en general no se autorizaba a más de seis meses. Este cargo electivo se instituyó en 501 A.C. y fue tomado de una magistratura similar anterior, el magister populi. Al ceder atribuciones extraordinarias, la limitaba en el tiempo, de ahí que los plazos de seis meses tenían sentido, aunque se sabe que Sila estuvo más de dos años y a Julio César se lo nombró dictador perpetuo. Esta institución tuvo utilidad en los primeros dos siglos del funcionamiento de la república y fue valorada por su actuación en momentos críticos durante la segunda guerra púnica.
De forma tal, que cuando el fascismo asume, dentro de legalidades vigentes, formas dictatoriales, nada carente de originalidad estaba ocurriendo en Italia.
Con la salvedad que la existencia de un Jefe de Estado ajeno al gobierno fáctico, que era el Rey y la institucionalidad de la Monarquía, ponen ciertas características distintivas para este formato de poder.
Y es así que a diferencia del nacionalsocialismo alemán y de los llamados modelos fascistas en países europeos como Hungría con Horthy, Polonia con Pilsudski, Portugal con Oliveira Salazar, España con Franco, Austria con Dollfuss entre los más importantes, en Italia hubo un poder que quedó al margen del decisionismo fascista y a su vez, este poder, contenía al más importante de los espacios del Estado con capacidad de ejercer la fuerza armada militar normal de un país, la represión como sentido del dominio formal del Estado y tenía favorable relación de fuerza en ese aspecto.
Estos eran el Rey y el Ejército respectivamente.
O sea que siempre existió la posibilidad institucional, legal y constitucional que un “ut supra” poder, la Corona podía quitarle atribuciones a Mussolini en cuanto Jefe de Gobierno y la incuestionable alineación de todos los altos mandos militares al Rey, garantizaba la ejecución de una decisión de esa naturaleza.
Cuestión ésta inexistente en cualesquiera otras variables de los llamados fascismos gobernantes, y en general de todas las dictaduras. Previas y posteriores.
No es usual hallar en la pirámide institucional de un país regido por un gobierno dictatorial, una figura orgánica poderosa y por sobre la potestad misma del dictador, y aún con posibilidades ciertas de deponer, con chances ciertas de ejecutar esa medida, al propio gobernante.
El Rey tenía esa alternativa para utilizar. Y, con cierta seguridad, las fuerzas armadas hubiesen respondido a una orden real en caso necesario. Al menos hasta 1938 en que ya los vientos pre guerreros tornaban improbable una movida estatal de tamaña naturaleza.
Víctor Manuel III fue el jefe de Mussolini. No pesaron, posterior a su abdicación, sobre sus espaldas casi ninguna de las tropelías fascistas. Ningún crimen político. Ninguna actitud cuasi genocida como la firma, en decreto real, de las leyes antijudías de 1938, nada de los crímenes en el Imperio italiano de África.
La historia fue injusta con él. Injusticia a su favor.
Esta alternativa política, la de quitar confianza a un jefe de gobierno y nombrar otro en su reemplazo, no fue concretada hasta el 25 de julio de 1943, y es un dato de singular importancia para la caracterización del sistema de gobierno entre 1922 y 1943 y aún contrariando bibliotecas mayoritarias e interpretaciones clásicas y masivas, existe la posibilidad de preguntarse, desde el punto de vista regulatorio y formal y desde el derecho administrativo y constitucional, ¿si la presencia de la Monarquía y la autoridad del Rey no brindaban legalidad al régimen fascista?
Y la respuesta, desde el frío sentido de la ley, de las normas vigentes en esos tiempos y de los usos y costumbres habituales, no puede ser otra que afirmativa.
Dura Lex-Sed Lex.
Hubo una legalidad normativa en todo el gobierno de Benito Mussolini.
Cuando el 24 de julio de 1943 el Gran Consejo Fascista destituyó a Mussolini, está realizando un acto democrático ya que esa remoción fue votada. Son fascistas, muchos de ellos asociados a crímenes de guerra (sobre todo en Libia y Etiopía) pero ejercen un acto de decisión individual, votan.
Y a la luz del resultado, aparece con bastante fuerza el perfil democrático y de libertad que ejercieron en ese acto. De los veintiocho miembros del Gran Consejo, diecinueve le dijeron “No” a la continuidad de Mussolini, siete votaron a favor, uno el legendario, pendenciero, sindicalista de izquierda fascista, dudoso abogado y escuadrista histórico Roberto Farinacci se retiró al momento de votar.
El deponerlo es una decisión tomada por integrantes de un cuerpo colegiado que, en forma dividida, votan por la continuidad o no de Mussolini como su Duce y eso abre la posibilidad que inmediatamente Vittore Emanuelle III lo exonere como Jefe del Gobierno, en otra medida tomada desde la más absoluta legalidad y en forma a las tradiciones históricas de Italia.
Entonces vemos actos políticos revestidos con formas democráticas, al comienzo y al final del gobierno fascista. E intentamos ver esas formas, de cierto respeto democrático, en sus primeros cuatro años de mandato.
En cuanto a las legalidades y formalidades, nunca dejaron de existir en cuanto a las capacidades prácticas del Rey para deponer a Mussolini, así como lo hizo en julio de 1943 podría haberlo hecho en 1924 o 1936 y solo su opción y elección político negó esa alternativa hasta 1943 cuando a las consideraciones optimistas del comienzo del mandato del fascismo y las concreciones de cierta positividad durante los siguientes quince años que no daban motivos al Rey para enajenar a la opinión pública en su contra, se sucedieron los acontecimientos que sí hicieron pensar a Vittore Emanuelle III que la continuidad de una Italia sin más problemas pasaba por terminar con el fascismo. Claro, ya los aliados habían invadido Sicilia, se había perdido Túnez en mayo, y los ejércitos italianos retroceden en todas partes y no recibían de Alemania la ayuda esperada.
El Rey decidió en función de esta realidad y para, en su entender, evitar una mayor desgracia para el país.
Y en verdad intentaba evitar un desprestigio más para la Corona y para sí mismo.
Otra vez la falta de vocabulario correcto. Quieren hablar de “nazismo” y como magia táctil, el teclado de la computadora escribe “Fascismo” –La cuestión judía
Federico Finchelstein 1975) autor argentino que se inmiscuye con cierta originalidad en temas de populismo y fascismo, dice en su “Breve historia de la mentira fascista” que el poder político de los líderes fascistas (sin aclarar a quienes refiere) se obtiene en “cuestionar la realidad, respaldar mitos, promover el racismo, la xenofobia y la violencia y difundir mentiras”. En verdad asigna estas características a los liderazgos populistas del presente, pero poniéndolo en el “cuerpo” de los usos del fascismo del pasado.
Probablemente en todos los sistemas autoritarios que mencionamos como “susceptibles” de ser tomados como fascistas, y que no los fueron ni son, existan estas condiciones de intensa raíz antidemocrática y violentadora de convivencias sociales normales, pero, paradójicamente es en el fascismo original, el italiano, aquel de primera historia donde aparecen en menor cuantía.
“Promover el racismo”. Dato bastante alejado del inicio fascista. Probablemente, por pereza intelectual, este autor argentino Finchelstein, llama fascismo a cualquier dictadura europea del siglo pasado y a todo gobierno autoritario. Y básicamente, entendemos que quiere hablar de “nazismo”. Pero en este caso, debiera tener un uso más apropiado de la terminología correcta. Pero avancemos en esta idea de que el fascismo (y acá tomamos el italiano, promovía el racismo).
Destaquemos que la etiología casi exclusiva del término estaba dada para los italianos de religión judía, ya que no había una sustancial población racialmente distinta en cuanto a color, religión o características físicas.
Y en el tema del judaísmo, aunque luego de las leyes raciales de 1938 se incorpora el concepto de raza para los judíos (todavía hoy, se pueden ver en algunas viejas pintadas de paredes venecianas resguardadas como valor de la historia, la consigna que habla de los judíos como “la razza nemica”- la raza enemiga), esta no estaba presente en el ideario fascista. Aunque la idea de raza era parte importante del glosario fascista. Pero en función de realzar una raza italiana fuerte y dominante. Y hasta que el antisemitismo racial del nazismo se enancó en las necesidades de Mussolini, los judíos eran italianos con cierta distancia religiosa y no una raza.
Digamos que la adopción de esta legislación sólo tuvo como intento el afán de congraciarse con Hitler, por lo que su puesta en valor solo indica datos políticos y no nacía de teorías raciales, antropológicas y culturales.
Nunca hasta entonces el gobierno fascista que estaba en el poder desde 1922 había sancionado ley alguna vinculada a temas raciales. Y, es más, numerosos italianos de religión u origen familiar en el judaísmo participaban activamente de la vida política en el fascismo. El caso más conocido es el de la escritora, periodista, mecenas de las bellas artes Margherita Sarfatti, judía ella quien fue asesora, consejera, compañera de amor e impulsora del fascismo desde los inicios. Tal vez la única mujer que puede considerarse entre los fundadores de esa fuerza política. Pero no fue la única.
Muchos ex militares, tanto oficiales como soldados que profesaban la fe judía, padecieron igual que cristianos, católicos, protestantes y ateos, el desinterés de los gobiernos posteriores a la 1GM, por su situación de desempleo y escaso reconocimiento histórico y social. Y por ende fueron parte de quienes desde ese espacio basal iniciaron el fascismo.
Era judío Aldo Finzi uno de los máximos colaboradores de Mussolini. Y lo era Ettore Ovazza, que en 1935 impulsó y condujo durante un tiempo el periódico fascista judío La Nostra Bandiera.
En 1936 se estima que cerca de diez mil (10.000) italianos judíos estaban afiliados al Partido Nacional Fascista.
Hubo judíos que ocuparon el importante lugar de “Podestá”. El podestá [podeˈsta] era el primer magistrado de las ciudades del centro y norte de Italia. Bajo el régimen fascista (ley de 4 de febrero de 1926, n.° 237), los órganos democráticos de los municipios son suspendidos y todas las funciones ocupadas por el alcalde, las comisiones y el concejo municipal son transferidas a un podestá designado por decreto real para cinco años. Tenían un poder inmenso, y hubo judíos ejerciendo ese cargo hasta 1938.
Benito Mussolini reconocía y valoraba la presencia judía en Italia “desde los tiempos de los reyes de Roma” y no veía motivo alguno para cambiar ese pensamiento.
Las leyes raciales tienen origen en un documento, que tomando como cierta la impronta nazi sobre la idea de raza y con algunos conceptos antropológicos y médicos surge en julio de 1938 con el título de Manifesto degli scienziati razzisti, conocido como el Manifiesto de la Raza y que constituía afirmaciones con pretensión científica y que luego de aparecer en público en forma anónima en un diario (el Giornale d´Italia) es tomado y firmado por una decena de científicos italianos.
Como dato aleatorio pero fundamentado en el manejo vertical del poder y la política en esos tiempos, y por el oportunismo reinante, este documento es firmado poco tiempo después de su aparición por centenares de figuras de la Italia de entonces. Con la salvedad que algunos de ellos, luego de caído el régimen, negaron haber signado ese documento o plantearon cuestiones de presión y obligación para hacerlo, vemos tres nombres que hablan de lo veleidosa que es la historia con sus zigzagueantes tentaciones. Aparecen como firmantes el Mariscal Pietro Badoglio quien fuera en 1943 depositario del poder público como Presidente del Consejo de Ministros de Italia, luego del golpe contra el Duce y sería quien acercará a Italia a los Aliados (EEUU, URSS; Francia y Gran Bretaña) alejándose del Eje donde había sido compañera de Alemania y Japón.
Suscribe también ese documento antisemita y racista Amintore Fanfani, que en 1978 llegara a ser presidente de Italia, en forma provisoria, pero en 1987 fue presidente del Consejo de Ministros y figura consular de la Democracia Cristiana.
Y también pone su rúbrica en el Manifiesto de la Raza, el simpático escritor costumbrista Giovannino Guareschi, creador del famoso personaje Don Camilo, aquel cura de pueblo que se pelea cotidianamente con el alcalde comunista Don Peppone.
Hay que destacar que tanto estas leyes raciales cuanto la presencia alemana marcando pautas de política pública italiana no gozó de mucho prestigio entre la población y fue marcadamente impopular.
Intentando apreciar otras miradas- Lo sistemático y lo empírico
¿Se puede entender al fascismo otorgando centralidad a una mirada sobre características de clase?
Varios autores lo intentan y estimo colisionan con las dudas sobre si esta expresión política contiene claras definiciones clasistas que hagan fácil su ubicación como tales. No hay acuerdo en eso. Dicen del fascismo que es una “revolución de las clases medias” y habría que ver qué significaba esa ubicación social en la Italia de posguerra.
¿Qué era, qué intereses tenía y que entidad social poseía la clase media italiana de los años 1918/1922?
Se puede ver al fascismo como producto de la movilización de intereses económicos y sociales lesionados por la 1GM y que desde cierta humillación auto percibida construyen un espacio de expresión política multiclasista, pero con gran presencia de obreros urbanos desplazados y de trabajadores rurales empobrecidos.
En verdad no hay datos que abonen mejor una mirada que otra. Y tal vez carezca de importancia, ya que bien pueden convivir diferentes observaciones sobre el carácter de clase del primer fascismo y no es imprescindible otorgar, con lectura marxista, severidades de clase a un fenómeno político que se ubica en presentaciones novedosas y donde prima su particularidad política por sobre su componente social.
¿El fascismo es una respuesta a determinada situación?
Es probable, no mucho más que otros cientos de episodios históricos resultantes de dialécticas realidades. La revolución francesa fue un hecho singular provocado por una realidad determinada. Lo mismo la revolución rusa de octubre de 1917, la caída de Constantinopla y el descubrimiento de América. Siempre, en una suerte de vinculación entre contradicciones pueden ocurrir hechos históricos. Por eso no es sustantiva aquella aproximación sobre el fascismo como producto de una crisis moral en la sociedad europea a partir de comienzos del siglo 20. La respuesta a determinada situación moral pudo ser ofrecida por variables que no contemplaran el surgimiento del fascismo.
Renzo De Felice (1929/1996) fue un historiador italiano, cuya obra es una de las más importantes contribuciones al estudio de la Italia fascista) en su libro “Le interpretazioni del fascismo” – 1969, vislumbra un cambio en la forma como se estudia e investiga el fascismo, es una modificación historiográfica que él coloca en la supuesta superación de las anteriores elucidaciones clásicas y entre otra ve que ese fascismo como sujeto y objeto de estudio puede escapar a ser considerado como “prodotto della crisi morale della società europea” (no hace falta traducir y ya habíamos hablado de la inconveniencia de tomarlo en ese sentido) o sea, el fascismo no es un derivado moral de nada, no es una dolencia ética.
Otra de las consideraciones que De Felice observa, es al fascismo como una consecuencia de cierto retraso en procesos económicos o al menos demoras en el desarrollo económico de algunos países, en este caso Italia, y como consecuencia de algunas fallas en los procesos de unificación nacional. En este caso pueden ubicarse Italia y Alemania. De Felice sigue con esta suerte de revisionismo y también acomete con una interpretación materialista de la historia, con sesgo marxista, que afirmaba que el fascismo expresa una contrarrevolución burguesa y es un dato que muestra senectud en el sistema capitalista y su surgimiento tiene origen desde los conflictos de clase y como manera extrema de esa lucha social.
Más allá de entender válidas algunas partes de estas definiciones que De Felice ve con nuevos ojos y en cierta forma las deslegitima, la importancia de estas menciones se ubica en ratificar la complejidad del tema a tratar, la dificultad en hallar fáciles asertos para el fascismo y como en la medida que los tiempos avanzan y la historia modifica visiones, estudios e interpretaciones, lo que aparecía como relevante para el análisis del fascismo, puede dejar de serlo.
Los primeros combatientes del fascio, sus iniciadores y fundadores no menoscaban la realidad. Por el contrario, una correcta lectura de la misma, en clave política y social les brindó el dato central de sus primeros conceptos: la sociedad italiana estaba vetusta, anquilosada e incapaz de dar respuesta a muchos anhelos demandados. Y vieron lo que otros no vieron, que esos anhelos no eran solo reivindicativos de lo económico y social sino también de tinte ético, histórico, moral y resarcitorio de los daños causados a millones de italianos durante la guerra.
Esta realidad, los fascistas la vieron, mientras su contracara socialista, aún en versiones más avanzadas como las posiciones de Gramsci y Nicola Bombacci, formaban parte de esa clase política anticuada y despreciada.
Cuando nos referimos a la posibilidad de ver un fascismo empírico y un fascismo sistemático, lo hacemos en virtud de hallar coincidencias con quienes utilizan el término adentrando su mirada en el marco teórico a la vez que lo alejan de lo historiográfico.
En la inteligencia de dar valor a muchas apreciaciones sobre el fascismo surgidas de este modelo de interpretación abrimos un rumbo de elucidaciones que permitan otorgar validez a la existencia de un fascismo distinto al original, con ribetes transnacionales y con jerarquía de doctrina internacional.
No es nuestro pensamiento original ya que insistimos en la particularidad histórica y exclusiva del fascismo, como modelo nacional y alojado en la geografía italiana y en el período que corresponde a su existencia, primero como movimiento y luego como régimen, pero tiene sentido y se corresponde con una necesaria apertura intelectual, explorar otras miradas.
En realidad, intentamos encontrar, aun sosteniendo que no hay repeticiones mayormente comparables, validaciones históricas sostenidas en interpretaciones políticas que permitan utilizar la categoría de “fascismo” a modelos organizativos, gobiernos, sistemas, culturas posteriores a la finalización del fascismo original.
En ambos nomencladores, empírico y sistemático, tomamos definiciones combinadas de valor gramatical, social y filosófico.
Empírico deriva del griego Empeirikos que es “experimentado” y se toma esta palabra como definidora de algo basado en la experiencia y en la observación de los hechos. Posee el alcance que le da la percepción y como instrumento los sentidos. Lo único real es lo que se percibe. Desde ahí se conocen hechos y se pueden entender las razones de ser de las cosas. Este empirismo construye conocimientos y eso dimana saberes.
Obviamente con esto abordamos el fascismo original, experimentado y vivido. Percibido y sentido. Real y conocido. Y desde todas estas posiciones empíricas, constructor de conocimientos y saberes.
Si bien el término “sistemático” no es el antónimo de empírico (algunos lingüistas utilizan la palabra “vampírico” para oponer a lo “empírico” ya que esto define una situación en donde no se puede contradecir una evidencia, es solo un argumento, una hipótesis. Pero no es el interés de este escrito dilucidar posiciones gramaticales y entonces al usar la palabra “sistemático” y contraponerse a «empírico”, en ambos casos calificadores del fascismo nos introducimos en las posibles continuidades históricas de esta experiencia política, su probable carácter extranacional y su escalafón como teoría dogmática con capacidad de ser “régimen” y “gobierno” en geografías e historias que abarquen más allá de la Italia de las primeras cinco décadas del siglo 20.
Lo sistemático es aquello que se ajusta a un sistema, y valida el orden en muchos aspectos, en general científicos, pero también concurre a darle ese ordenamiento a marcos lógicos en el campo de lo social y filosófico.
En este entendimiento proponemos añadir al “empirismo” de un fascismo comprobado, lo “sistemático” de un posible fascismo ejercido, ejecutado, fuera del espacio epocal y jurisdiccional de su origen.
Acápite necesario: Si bien es necesario no amalgamar en el mismo recipiente los significados de sistemático y sistémico ya que ambos adjetivan distintas cosas (el primero indica reiteraciones que pueden mantener o no regularidad en un sistema, mientras que el segundo contiene a la totalidad de un sistema), en este caso sí estimamos se pueden utilizar ambos vocablos. Y así mencionar un fascismo sistemático y un fascismo sistémico y ambos enmarcados en la misma interpretación.
¿Hubo fascismos?
Si partimos de preguntas, de interrogantes, tal vez hallemos en sus respuestas, certezas sobre estas cuestiones.
¿Hubo, alguna vez y en los tiempos que fueran, fascismo de poder en Rumania, Noruega, Austria, España, Portugal, Francia, Grecia, Croacia?
¿El nazismo es fascismo? ¿Lo es el falangismo? ¿Lo fue el franquismo?
¿Fueron fascistas ciertas alianzas de políticos en Europa oriental, durante la SGM con los nazis para enfrentar al comunismo, como el caso de Stephen Bandera en Ucrania?
¿Hubo fascismo organizado en EEUU, Gran Bretaña e Irlanda?
¿Hubo un fascismo latinoamericano de gobierno, vinculado al varguismo brasileño, al general Juan Vicente Gómez en Venezuela y al peronismo argentino?
¿Puede considerarse al gobierno revolucionario mexicano de Plutarco Elías Calles, como símil fascista?
¿Hubo fascismo o post fascismo en Guatemala con el gobierno de Ubico, en Paraguay con Sroessner, en República Dominicana con Trujillo?
¿Cuánta seriedad, realidad y certeza de poder poseyeron los organizados en el Partido Nacional Fascista de Raúl Olivares en Chile, del Partido Fascista Mexicano de Gustavo Sáenz de Sicilia, en este caso tomando quienes asumen el fascismo como nombre propio?
¿Fue fascista el “socialismo militar” y la Falange Socialista Boliviana, el Partido Unión Revolucionaria de Perú con su fundador Luis Miguel Sánchez Cerro y su orientador doctrinario clave Luis Flores Medina?
¿Cómo definir en Paraguay al dirigente y pensador Juan Natalicio González que lleva al Partido Colorado a asumir posiciones cuasi fascistas?
¿Fue un fascismo “certificado” por los originales italianos la Açao Integralista Brasileira (AIB – Acción Integralista Brasileña?
¿Existió en algún momento un fascismo uruguayo?
¿Cuánta seriedad política rodeaba a Sir Oswald Ernald Mosley, 6to. baronet (título hereditario concedido por la Corona), y político británico con su Unión Británica de Fascistas entre 1932 y 1940?
Incluso, mirando este “mapamundi” de potencialidades fascistas, quedaríamos solo observando algunos episodios de transitoriedad histórica en esos países, donde la experiencia de cierto modelo fascista o similar no alcanzó características más permanentes.
Es motivo de controversia histórica y desde las ciencias políticas caracterizar a determinado gobierno como “estado fascista” ya que no alcanzan características comunes como la exaltación del nacionalismo, el autoritarismo, un nivel totalitario y de represión policial para asignarle esta identidad de fascista.
Cierta pereza en abordar mejores definiciones conduce a darle categoría fascista a regímenes y gobiernos que no lo fueron. Se ha llamado gobiernos fascistas a los que hubo en Japón entre 1931/45, en Austria desde 1933/45, Croacia 1941/45, Grecia 1936/41, Brasil 1932/38, Hungría 1932/45, Noruega 1942/45, Portugal 1933/74, Rumania 1940/44, España 1939/75, Yugoeslavia 1935/39, Bélgica 1930/45, Suecia 1926/, México 1930/1942.
Países donde existió cierta presencia de un fascismo experimental, sin muchas similitudes con el modelo original en la experiencia italiana 1919/1945.
No abusaremos de datos y tomaremos algunos para describir que ocurría en los tiempos en que se caracteriza una presencia del fascismo en cimas de poder o como protagonista importante de la vida de ese país.
Vendrá ahora un listado donde en forma de gobierno o de movimientos políticos pudo existir similitudes con el fascismo. Y solo hasta el final de la 2GM.
No agotamos acá la totalidad de los casos que existieron. No es taxativo. Solo tomamos algunos, y creemos que son bastantes, como modelo de demostración.
Nos parece útil ofrecer un listado de países donde en algún momento de la historia, se mencionó la presencia “fascista”. Esta definición puede haber sido otorgada a modelos de gobiernos y a organizaciones y partidos políticos que no llegaron al poder.
Como la mayoría de los ejemplos que a continuación se brindan toman el periodo histórico que culminó en 1945 en la finalización de la 2GM, el término “fascismo” fue utilizado como sinónimo de nazismo. Aclaramos que nuestra incólume posición es distinguir ambas categorías políticas, pero en función de la historia de los países que mencionaremos y en donde la utilización del término era común, no en todos los casos aclaramos la diferencia.
En Japón existió por años en las décadas iniciales del siglo, una corriente conservadora asentada socialmente en grandes industriales, parte de la nobleza y muy arraigada en las fuerzas armadas. Una poderosa corriente derechista que entendía a la democracia como una forma ajena al sentir nacional y que era un dato de dificultad para lograr la unidad del pueblo japonés. Alrededor de 1930 los militares, actuando en forma corporativa que se conoció como “camarilla militar”, empezaron a tener fuerte incidencia en los gobiernos nacionales. Varias logias y movimientos afines los representaban. La Facción de la Vía o del Camino Imperial/ Kodoha fue la más importante. Si bien tenía objetivos expansionistas, totalitarios y querían darle carácter militar a la sociedad nipona, nunca se organizaron políticamente y no tuvieron una expresión partidaria que los nuclee.
Pero en tiempos similares surgió el grupo Toseiha, conducido por los dos más importantes militares de Japón, Tetsuzan Nagata e Hideki Tojo que se oponían al Kodoha.
Al igual que los otros, este grupo también renegaba de la democracia representativa y sostenían cierta complacencia con un modelo económico muy estatista y con pretensiones sociales. Ambos grupos eran totalitarios y, desde ya, podían simpatizar con el modelo fascista italiano, pero no fueron un gobierno fascista. Demasiada cultura oriental y mucha vocación por lo que llamaban poder espiritual y acendrado misticismo los alejaban de la identidad política nacida en Italia.
En Croacia se dio en 1941 el arribo al poder de Poglavnik Ante Pavelić, líder de un agrupamiento llamado los Ustachas que, paradójicamente se expresaban en un partido denominado De los derechos. Pero esto fue como consecuencia del control alemán/nazi del territorio y no como construcción de poder propio. Ante Pavelić era desde 1929 dirigente de la derecha croata.
Este gobierno sostenido en un grupo terrorista hacía eje en el racismo y en cierta devoción clerical. Como valor filosófico hablaban de un ancestral nacionalismo orgánico. Todo esto mucho más cercano al nazismo que al fascismo. No hubo en Croacia, gobierno fascista.
En Grecia hubo un gobierno dictatorial entre 1936/1941, la dictadura de Ioannis Metaxas, conocido como el Régimen del 4 de agosto, tomaba valores del ideario fascista en su naturaleza ideológica pero no como razón de su gobierno.
Tenía un Organización Nacional de la Juventud basado en el Hitlerjugend, desarrolló una economía centrada en los armamentos, estableció un estado policial similar al de Alemania nazi (Grecia recibió apoyo táctico y material de Himmler, quien intercambió correspondencia con el Ministro de Seguridad del Estado griego Konstantinos Maniadakis) y brutalidad contra comunistas en grandes ciudades como Atenas (El comunismo aún no se conocía en las pequeñas ciudades y pueblos de Grecia). El coronel George Papadopoulos y la dictadura militar de 1967 a 1974, que fue apoyada por Estados Unidos, sin embargo, era menos ideológica y carecía de un claro elemento fascista que no fuera el militarismo.
Uruguay
Un espacio destacado para la investigación sobre fascismo en Uruguay, la Suiza de América, el democratismo casi perfecto de la América del Sur, lo ubicamos en marzo de 1933 cuando comienza un raro periodo de gobierno que fue técnicamente una dictadura, con la originalidad que el dictador era alguien que como el político José Luis Gabriel Terra, había sido presidente constitucional entre 1931 y 1933, lo fue de facto entre 1933 y 1934 y luego bajo la calidad de “interino” gobernó hasta junio de 1938.
Cuentan los investigadores uruguayos Carlos Marín, María Cantabran y Serigo Yanes y hay un trabajo de M. Broquetas al respecto, que con la asunción como “dictador” del abogado Terra en 1933 comienza una suerte de simpatía por el fascismo que nuclea en forma transversal a sectores de la llamada oligarquía uruguaya, al Ejército y a grupos del partido Nacional y del partido Colorado. La vinculación más fuerte entre estos espacios de la vida pública uruguaya se daba en su oposición cerril al comunismo y ver que en la Italia de Mussolini con apariencias de “progreso dentro del orden”, se combatía eficazmente al “demonio rojo”.
Concurren en esta entente informal el “riverismo” una corriente del partido Colorado que reivindicaba a Fructuoso Rivera quien fuera el primer presidente de Uruguay. Acá también hay una extraña ubicación del riverismo en el armado pro fascista ya que doctrinariamente este sector era el más liberal clásico de los colorados y enfrentaban al “estatismo” del reformista José Battle y Ordoñez.
Otro sector simpatizante del fascismo era el “sosismo”, que fue una corriente escindida del battlismo, dentro del partido Colorado y encabezada por Julio María Sosa.
Otro sector importante fue el llamado “vierismo” nombre con que se conoció una corriente política también escindida del battlismo, en 1919, y dirigida por un ex presidente Feliciano Viera. Su liderazgo más destacado lo tuvo en Eduardo Blanco Acevedo y también utilizaban el nombre de Partido Colorado Radical. Tanto el riverismo cuanto el sosismo y el vierismo abrevaban en el Partido Colorado.
Desde el partido Nacional o Blanco, sumaron a esta “simpatía pro fascista” desde el “herrerismo. Históricamente este espacio mantenía posiciones tradicionalistas muy permeables a la reivindicación idílica de un pasado nacional, épico y folclórico. Tenían cierta idea de americanismo criollo y eran fuertemente antimperialistas (en esos tiempos identificado en Gran Bretaña).
Con todos estos apoyos, el gobierno de Terra mantuvo vínculos e intercambios económicos importantes con el gobierno de Mussolini y con el nazismo alemán.
Y como dato que suma a su ideología y doctrina, destacamos que el Uruguay fáctico de Terra fue uno de los primeros países del mundo en reconocer al gobierno de Burgos, del general golpista Francisco Franco en la España dividida por su guerra civil.
Los autores mencionados al comienzo de esta referencia a Uruguay, aseguran que “recientes investigaciones han evidenciado los estrechos vínculos entre la élite del partido Blanco y la Falange española” (el sector más cercano al fascismo puro de la alianza antirrepublicana levantada en julio de 1936 contra el gobierno constitucional español).
Brasil
Sobre trabajos de Celia Araujo, Ricardo Araujo Benzaquen, Luis Eduardo Bicca y otros.
La organización más cercana al fascismo fue la AIB Acción Integralista Brasileña (este nombre puede deducirse que se toma de un espacio portugués con ciertas similitudes como era el Integralismo Lusitano), que se muestra públicamente a partir del año 1932 de la mano de Plinio Salgado quien desde la literatura arrima a la política con una fuerte reivindicación de lo masivo como constituyente del accionar político y naturalmente, en esos tiempos, toma como modelo parte de lo que el fascismo italiano mostraba y también abreva en el nacional socialismo alemán ( Partido Nacional Socialista Obrero Alemán – Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei – NSDAP). La influencia se relaciona con la prioridad dada por los partidos europeos a la participación de las masas y con ciertas formas instrumentales parecidas, como utilizar uniformes en organizaciones paramilitares (camisas verdes brasileñas semejando las negras fascistas y las pardas nazis), a expresarse en las calles con movimientos militares y cierta violencia y a sostener posiciones terceristas respecto al liberalismo y al marxismo y apuntar a un discurso de fuerte nacionalismo y rechazo a indefinidas “influencias extranjeras”.
Es de destacar que la AIB carecía de un sustrato racista ya que su bandera levantaba la consigna “Unión de toda raza y todo pueblo” y en cuanta al antisemitismo no era una cuestión central en sus definiciones ya que Plinio Salgado estaba en contra de asignarle valor teorizante.
Integrantes de la AIB pertenecían a un conglomerado multirracial donde había negros e indios y blancos y mulatos. Parte de su vademécum identitario lo sostenían posiciones cercanas al cristianismo como virtud y a un marcado reaccionarismo ante reformas sociales.
La controversia más importante en el caso brasileño se da sobre el rol jugado por Getulio Vargas (1882/1954) y su condición o no de fascista. Vargas ocupó la presidencia en dos periodos, entre enero de 1951 y el 24 de agosto de 1954 y previamente entre el 20 de julio de 1934 y el 29 de octubre de 1945.
Es cierto que entre 1936/38 hubo acercamiento de Getulio Vargas con el aspirante a fascista local Plinio Salgado y su Partido Integralista. Y también es cierto que Vargas hizo del culto a la personalidad un valor de su gobierno. Y el otro dato que aportan los que sostienen el “fascismo” de Vargas es un decreto de 1943 donde se consolidan leyes laborales y se dice que estuvo inspirado en una norma similar efectuada por Mussolini en 1927.
Pocos argumentos para definir una ubicación decisiva en el presidente brasileño y nula demostración de que haya existido fascismo en Brasil.
Desde la filosofía y académicos de la historia brasileña, lo niegan aduciendo que Vargas fue un seguidor de Julio Prates de Castilhos (1860/1903, conocido como “Patriarca de Rio Grande do Sur”, estado del cual fue presidente en dos periodos y al que legó su constitución de 1891) cuya vida política dio origen al castilhismo, una ideología positivista alejada e incompatible de la metafísica tradicionalista y del ocultismo cercanos al fascismo.
República de China
En China se da la paradoja de que existió una fuerte corriente simpatizante del fascismo encabezada por Wang Jingwei, que a la vez era el líder de la fracción izquierdista del Kuomintang, el partido conducido por Chiang Kai-Shek.
Este sector fue tomando posiciones cercanas al fascismo, originadas en su férreo anticomunismo ante la realidad local y el enfrentamiento con el Partido comunista chino de Mao.
Esto motivó alguna vinculación formal con los gobiernos de Alemania e Italia a partir de 1941 en que Jingwei se hace cargo de un gobierno “sicario” de Japón, establecido en Nanjing y sostenido por sus fuerzas militares invasoras de China
Esto eventualmente llevó a su reconocimiento por parte de los miembros de la Potencias del Eje, incluyendo Alemania e Italia, cuando la facción de Wang Jingwei del Kuomintang ganó prominencia y asumió el control de un régimen títere basado en Nanjing establecida en 1941 por las fuerzas de los invasores Ejército Imperial Japonés.
Este gobierno se conoció como Republica Nacionalista China, aunque mandaba sobre un pequeño territorio y amparado por el Imperio japonés confrontaba con el gobierno de Chiang Kai-Shek, que desde Chongqing y con el cargo de Gobernador Nacional de la República de China enfrentaba a los japoneses.
Es de destacar que cuando ambos estaban en el Kuomintang, Chiang expresaba el ala derechista y Jingwei la izquierda más dura.
Finlandia
Hubo un espacio político que fue virando hacia el fascismo y se trató del Movimiento Lapua, que surge en 1929 como opositor a Suecia y a Rusia.
En 1930 adhiere a muchas de las consignas del fascismo italiano y acentúa su perfil anticomunista.
Sin embargo, no goza de fuerte presencia y al intentar un golpe de Estado en 1932, fracasan y el Lapua fue prohibido.
Durante la 2GM Finlandia mantuvo formas de cierta democracia a pesar que simpatizaba y cooperaba con la Alemania nazi.
Hungría
Tal vez uno de los países que durante un tiempo tuvo mayor cercanía con el modelo fascista italiano, sobre todo en las ideas del Regente Miklós Horthy que desde 1920 encarnaba el poder del Estado y sentía admiración por el sistema italiano de gobierno bajo Benito Mussolini.
Hungría en la década de 1930 vive fuertes internas políticas y de violencia entre fuerzas de la derecha, por un lado, el propio Regente Horthy y por otro el dirigente Ferenc Szalasi jefe de la organización Partido de la Cruz Flechada-Movimiento Hungarista de carácter pro alemán y antisemita que incluso llegó al encarcelamiento de Szalasi por orden de Horthy.
Al mismo tiempo que el gobierno prohibía el partido pronazi de la Cruz Flechada, en 1938, aprobaba leyes contra los judíos, en un intento de Horthy de ganar masa crítica que apoyaba a su rival y en virtud del clima de época ferozmente antisemita que se vivía en Hungría.
En verdad Hungría tiene una paradójica historia en cuanto a su fascismo (insistimos en que la abundante y pacifica historiografía sobre el tema no distingue mayormente, como si lo hace este trabajo, entre fascismo y nazismo), ya que mientras el Almirante Horthy mantuvo el poder, primero como Regente y luego como Jefe de Estado hasta marzo de 1944 en que invaden los alemanes y colocan en el poder a Ferenc Szalasi, los judíos y a pesar de la legislación antisemita, vivían con cierta tranquilidad. En esto, las formas se parecen a las de los judíos de Italia para la misma época.
Una episodio extraño para la linealidad con que muchos historiadores, cientistas sociales, periodistas y políticos, tratan el tema del fascismo ocurrió en julio de 1944 en Budapest cuando las tropas oficiales del gobierno “fascista” de Horthy, la Primera División blindada al mando del coronel Ferenc Koszorús, combaten contra los muy bien armados paramilitares de la Cruz Flechada para impedir, cosa que lograron, la deportación de 200.000 judíos de la capital húngaro, salvándole, de esa forma, la vida.
Tema que cobra importancia ya que sorprendió e impresionó a las fuerzas alemanas y llegaron a la conclusión que mientras Horthy gobernara no tendrían total manejo del pais y eso precipitó que apoyaran a Ferenc Szalasi, el viejo rival del Almirante, y en la operación Panzerfaust del 15 de octubre de 1944 tropas alemanas y los húngaros de la Cruz Flechada desalojaron del gobierno a Horthy colocando a Szálasi en el poder, en un gobierno mucho más cercano al nazismo. Esto duró hasta el final de la guerra y ese gobierno sí envió a casi 500 mil judíos a los campos de muerte manejados por los nazis.
Noruega
Vidkun Quisling (Vidkun Abraham Lauritz Jonssøn Quisling 1887/1945) político noruego, ex ministro de Defensa y simpatizante nazi, organiza un golpe de Estado durante la Invasión alemana el 9 de abril de 1940. Este primer gobierno fue reemplazado por un Gobierno títere nazi bajo su liderazgo desde el 1 de febrero de 1942 donde actual como Ministro Presidente. Su partido, el Nasjonal Samling, nunca tuvo un apoyo sustancial en Noruega, lo que socavó sus intentos de emular al estado fascista italiano y al ejercer el poder en virtud de la presencia de las tropas alemanas, su acción y pensamiento estuvo cerca del nazismo. Sus principios doctrinarios combinaban fundamentos cristianos, desarrollos científicos y filosofía en una nueva teoría que denominó «universismo»
Portugal
El Estado Novo, régimen dictatorial portugués cuya figura principal fue António de Oliveira Salazar (1889/1970) quien fungió como primer ministro entre 1932 y 1968 e interinamente la Presidencia de la República en 1951, abarcó el periodo 1926-1974 con una fuerte consolidación autoritaria y represiva a partir de 1933.
Si bien se acercó en ciertas simbologías al fascismo italiano, como una fuerte iconografía personal y la intolerancia hacia opositores, con persecución de los mismos, tuvo invectivas hacia el modelo italiano y también para el nazismo donde los criticó como que eran paganos y violentaban límites religiosos y de moral.
A diferencias de los modelos partidarios del PNF y del Partido Nazi, Oliveira Salazar era contrario a contar con una estructura partidaria de tipo tradicional y no concebía que el Estado pudiera verse conducido por un partido político. Su conglomerado de simpatizantes, la Unión Nacional, era definido como un anti partido o un no partido.
Confiaba en una sociedad despolitizada y no acudía a las movilizaciones masivas como el fascismo.
Si hubo, fuera del aparato estatal formal grupos fascistas, el más poderoso fue organizado al calor de los sindicatos nacionales, y se llamaron los “Camisas Azules” que entre 1932 y 1934 tuvieron actividad importante. Este grupo sí seguía el rumbo del PNF. Uno de sus dirigentes, Francisco Rolao Preto fue de los primeros en sumarse desde Portugal a Mussolini, en 1922.
Los camisas azules tenían cierta cercanía con el pensamiento de Emmanuel Mounier (1905/1950) filósofo francés creador del “personalismo comunitario” centrada en colocar como centro de todo a la persona en comunidad. Una de sus máximas más conocidas es: “Nuestra acción no está esencialmente orientada al éxito, sino al testimonio”.
Esta organización basaba su plataforma en cierto concepto de justicia social en donde no faltaban demandas por salarios mínimos, vacaciones pagas, educación para los trabajadores y como dato de utopía en objetivos, pero también de cercanía con algunas consignas de la izquierda de los años setenta, el líder de los camisas azules Rolao Preto luchaba “por un mundo en el que los trabajadores tengan garantizado el derecho a la felicidad”.
A mediados de la década de 1930 Oliveira Salazar, prohibió a los sindicalistas nacionales, generadores de las camisas azules, acusándolos de inspirarse en modelos extranjeros y “hacer un culto a la fuerza, exaltar a la juventud y politizar a las masas”.
Finalmente, muchos dirigentes de ese grupo fascista prohibido, se integraron a la Unión Nacional del Primer Ministro.
Y como dato de su ubicación en la política internacional, es destacable que Portugal fue neutral durante la 2GM.
Polonia
Durante la década de 1930, aparecen en Polonia alineaciones de inspiración fascista.
Las organizaciones fascistas como la Asociación de Fascistas Polacos (Związek Faszystów Polskich) eran sin embargo marginales y efímeras, y no tenían ni la presencia visible ni la fuerza que poseían los partidos de tipo fascista. Vale decir, las formaciones con programas políticos de raíz fascista como el Campamento Nacional Radical Falanga que fue el más destacado de ellos. Con numerosos jóvenes de radicalidad en las calles, tuvo su origen en la Juventud del Partido Nacional Demócrata. Este sector, Falanga, vivió la prohibición de sus actividades y tuvo una cierta vida clandestina. Se dedicaban a provocar disturbios callejeros y realizar actividades antisemitas.
Rumania
La organización de los Guardia de Hierro, espacio político importante de la derecha rumana, que, durante la década de 1930, vivió cierto prestigio y se desarrolló en base a pensamientos del cristianismo, el antisemitismo y la defensa de una política agraria mediante reformas. Pero que su propia naturaleza violenta impidió que anclara con fuerza entre los conservadores rumanos y clases medias.
Con el tiempo fue tornando en un movimiento pro-nazi y pro-alemán y en alianza con Ion Antonescu (1882/1946) que fue un militar y político rumano, quien había ocupado el cargo de ministro de Defensa en 1937 bajo el gobierno de Octavian Goga, llega al poder en septiembre de 1940. Luego de un año de gobierno dictatorial, Antonescu consolida sus relaciones con el nazismo y ante el fracaso de gestión de dirigentes de Guardia de Hierro pone fin a esa alianza y los expulsa del gobierno, superando incluso un intento de golpe de Estado en enero de 1941, por parte de sus ex aliados.
El gobierno de Antonescu tenía elementos de fascismo, pero no expresado en la claridad de un programa. Se trató más concretamente de una verdadera dictadura militar.
El sistema se caracterizaba por el nacionalismo, el antisemitismo y el anticomunismo.
Como en otros casos paradigmáticos, como en Hungría, a pesar de su antisemitismo y de varios pogromos oficiales, Antonescu, sobre el final de su gobierno se negó a enviar judíos rumanos hacia Alemania y su segura muerte en campos de exterminio.
En agosto de 1944 y ya con la 2GM casi definida, la monarquía rumana, antes expulsada por Antonescu, y en la figura del rey Miguel, lidera un golpe de Estado que lo derrocó.
Eslovaquia
Existió en los años 30 el Partido Popular Eslovaco, un movimiento nacionalista con características fascistas. Vinculado a la Iglesia católica romana ya que su fundador fue un sacerdote Andrej Hlinka (1864/1938). Otro religioso, Monseñor Jozef Tiso (1887/1947) fue su sucesor y fue el presidente de una novedosa República de Eslovaquia nominalmente independiente fundada en 1939 y colaboradora de las fuerzas del Eje durante la 2GM la cual dejó de existir el 4 de abril de 1945, cuando las tropas soviéticas ocuparon la capital del país, Bratislava.
El fuerte componente clerical se ubica en alguna semejanza con lo que fue el “austrofascismo” y el fascismo clerical croata, pero sin el nivel de excesos y criminalidad de estos dos. Existió cierta comparación de similitud con el modelo económico del fascismo italiano, ya que conviven un modelo de mercado con presencia reguladora del Estado.
España
Hubo desde el siglo 19 partidos de derecha en España, y al calor del surgimiento del fascismo italiano en las dos primeras décadas del siglo 20, algunas formaciones tomaron ese rumbo como autodefinición, no solo eran de derecha, sino que también se consideraban fascistas.
Uno fue el médico y político José María Albiñana (1883/1936) fundador en 1930 del Partido Nacionalista Español/PNE y él mismo considerado (en verdad auto considerado) como el primer fascista español. Fue un partido político situado en la extrema derecha que existió durante los años de la Segunda República Española.
Defendía la restauración de la monarquía tradicional en la persona de Alfonso XIII y bajo lo que ellos denominaron al igual que los carlistas como «Reinado social de Jesucristo».
Su consigna era Religión, Patria y Monarquía, lema éste que copiaba de aquella Unión Patriótica del general Miguel Primo de Rivera (1870/1930) quien había gobernado España como dictador entre 1923 y 1930 (una dictadura, blanda y abierta en la cual hubo ministros socialistas), y del cual Albiñana se declaraba seguidor.
Contó con su propio órgano de propaganda llamado “La Legión” donde entre sus propuestas políticas no faltaban las proclamas antisemitas.
No tuvo gran trascendencia en la política española. Y tal es así que el fascismo en España no contó con simpatías numerosas hasta, prácticamente el inicio de la guerra civil en julio de 1936.
Otro de los grupos minoritarios con aspiraciones a convertirse en apéndice del fascismo italiano, fue La Traza, grupo que comenzó en Cataluña a comienzos de 1923 y fue adoptando diversas figuras institucionales como Partido Somatenista Civil Español y Federación Cívico-Somatenista y tras el golpe que llevó a Primo de Rivera al poder, intentó ser la parte civil y “movimientista” del gobierno. Pero sin éxito.
Su nombre lo tomó de un organismo catalán de estilo parapolicial, El Somatén, que había surgido como bandas de protección civil armadas, sin vinculación con el ejército y se dedicaba a defender la tierra en zonas rurales.
Pero el Dictador Primo de Rivera, vio en esa institución cierta fuente de poder militar y lo convirtió desde milicia catalana hasta el nivel de todo el país, con una ley que instauraba el Somatén Nacional, convirtiéndolo en uno de los pilares del régimen.
Fue disuelto en 1931 por la Segunda República Española.
La más importante organización de la derecha española, con aires revolucionarios fue la Falange Española, que en virtud de contar mayoritariamente con elemento jóvenes y proponer cambios radicales en la política nacional se diferenciaba de la CEDA- Confederación Española de Derechas Autónomas, que fue una coalición española de partidos católicos y de derechas en los tiempos de la Segunda República. Se fundó en 1933 y como fuerza política conservadora y católica, se presentaba como alternativa parlamentaria e institucional, desde la derecha ante las alianzas socialistas-republicanas.
Era un verdadero partido de la iglesia española y se proponía que ésta, como institución estuviera por encima de los estamentos civiles parlamentarios y ejecutivos y del propio Estado. En su programa de gobierno se obligaba a seguir “constantemente” las normas que en cada momento dicte para España la jerarquía eclesiástica” y llegó a ser el gran partido de masas de la derecha española.
Mantuvo y cultivó alguna inclinación hacia el fascismo italiano, sobre todo en su juventud llamada “Juventudes de Acción Popular”. Mientras ejerció el liderazgo de CEDA, José María Gil-Robles (1898/1980) impulsó la idea de ganar elecciones, llegar al parlamento y eliminar la democracia. Se pronunció a favor de alcanzar en España, “una verdadera unidad, un nuevo espíritu, una política totalitaria”.
En su iconografía tradicional, realizaba numerosos actos masivos al estilo fascista italiano y Gil-Robles era aclamado como “Jefe”, el equivalente al Duce italiano.
En los entusiasmos desbordantes de actos multitudinarios, afirmaban que realizarían una “marcha sobre Madrid” para hacerse con el poder, remedando la marcha sobre Roa de Benito Mussolini.
Con el tiempo, calmaron euforias beligerantes y entraron más de lleno en el rol parlamentario electoral, esto y la aparición con fuerza de Falange Española los corrió del eje de visibilidad principal de la derecha española, no tan amiga de las instituciones.
Desde 1934 y con la fusión de Falange Española de José Antonio Primo de Rivera (1903/1936) partido pequeño de un fascismo peculiar y con arraigo firme en jóvenes socialmente acomodados, con una organización llamada Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista, conducida por Ramiro Ledesma (1905/1936) y Onésimo Redondo (1905/1936) que se convirtiera en la Falange Española y de las JONS, y que tuvo un exponencial crecimiento cuantitativo y cualitativo llegando a movilizar y conducir a miles de integrantes y simpatizantes de ese movimiento.
Esta alianza brindó nueva conformación social a la derecha española “falangista” puesto que Onésimo Redondo, si bien no era proletario ya que provenía de una familia de pequeños propietarios rurales, había transitado por cierto sindicalismo y fue dirigente del Sindicato de Cultivadores de Remolacha de Castilla la Vieja y eso ponía en valor cierto respeto por ideas de mejoras para los trabajadores españoles. También había sido fundador de las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, un espacio político que al juntarse con la organización “La Conquista del Estado” dirigida por el filósofo Ramiro Ledesma, dio origen a las JONS.
Nótese la edad de estos tres líderes derechistas, los tres muertos en los comienzos de la Guerra Civil y donde el mayor no supera los 33 años de edad.
En la parte donde desarrollamos el episodio histórico que identificamos como Congreso Fascista de Montreux, detallamos más aspectos del ideario falangista y en lo correspondiente a comparaciones de regímenes autoritarios, hacemos mención al caso español del franquismo.
Sí debemos destacar, que de todos los modelos que intentaron semejar al fascismo, algunos desde el gobierno, otros en la política del llano, algunos caricaturescos y otros dotados de seriedad, vemos en la Falange Española y en José Antonio Primo de Rivera, el más cercano.
Este dirigente impuso un estilo florido entre sus militantes, un idioma místico y poético con ribetes militares. Es famosa su sugerencia respecto a que “cuando ofenden nuestros sentimientos, debemos reaccionar como hombres antes de ser amables. Para eso está la dialéctica como primer instrumento de comunicación, después cuando se ofende a la justicia y a la patria, no existe otra dialéctica admisible que la de los puños y las pistolas”. A José Antonio, en ocasiones se lo refería como “Capitán de Luceros”
En su camino a convertirse en el único titular de la jefatura falangista y líder indiscutido, Primo de Rivera va de una ultraderecha cuasi religiosa hasta un fascismo auténtico y esto lo expone como probable modelo o sistema de gobierno donde piensa establecer un Nuevo Estado, estado fascista y con un Jefe/Duce que sería él.
Ismael Saz Campos, en su libro “Franquismo y Fascismo” ( Universitat de Valencia, 2004), asegura que el fascismo de José Antonio Primo de Rivera “era, por supuesto, un fascismo pleno”.
El hecho de no haber transitado rumbos de gestión en el gobierno y su muerte temprana, impiden asegurar la forma sistemática que del fascismo pudiese haber desarrollado Primo de Rivera, quedando esa cercanía solo en el terreno de la política, la ideología y algunos métodos y simbologías.
Existe en algunos escritos sobre el fascismo y su correlato español, una mirada que aproximada en virtud de similitudes más supuestas que reales entre diseños de sus símbolos, Los fasces o fascios italianos y los yugos y las flechas falangistas.
Los fascios o haz de lictores, eran 30 varas unidas y simbolizaban una cada una de las curias de la Antigua Roma, se ataban con una cinta de cuero rojo que a su vez sujetaba un hacha, y era en origen, el emblema militar de los reyes etruscos.
Por el lado de la Falange, el diseño remite a homenajear a dos antiguos monarcas españoles. El yugo era el emblema del rey Fernando el Católico y había en esto una alusión al amor o al menos a la identidad total de la pareja, pues los yugos de Fernando, comenzaban con la letra Y (Ysabel en escritura antigua) y las flechas que eran la insignia de Isabel, esposa de Fernando, empezaban con la letra F en alusión a su marido.
Luego del arresto y posterior muerte del fundador de la Falange en 1936, surgieron disputas internas y finalmente la organización, una vez finalizada la contienda fue absorbida y dominada por el generalísimo Francisco Franco en una unidad orgánica y partidaria con todos los que habían participado en el bando alzado y golpista (llamado nacional) durante la guerra. En abril de 1937, Franco, ya conocido como El Caudillo, líder indiscutido del bando ganador y Jefe del Estado español, dicta un decreto de unificación y obliga a carlistas y falangistas a unirse en una nueva estructura política la FET, donde en una combinación de nombres más utilitaria para satisfacer vanidades partidarias, que estética desde la designación, significaba Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista.
Todos adentro y esa estructura nace y se continúa absolutamente vacía en su contenido ideológico. Adiós a los sueños revolucionarios de una revolución fascista/falangista y abandono de cualquier ilusión de los carlistas de llegar al trono.
Todo quedaba en manos y en cabeza de Francisco Franco y su difuso Movimiento Nacional, que durante 39 años más gobernaría España, con el terror de la represión, el acomodamiento en los años 50 a la órbita norteamericana y todo eso, desde ya, siempre “como Caudillo de España por la gracia de Dios”.
Sudáfrica
En 1938 es inspirado en el nazismo alemán, aparece entre los afrikáners de ese país, un movimiento, el Ossewa Brandwag /Centinelas del Vagón de bueyes, que como correspondía a los tiempos contaba con su organización paramilitar los Stormjaers/Cazadores de Tormentas. Este grupo tuvo actividad durante la 2GM en la que para oponerse a Inglaterra y colaborar con Alemania, consumó actos terroristas
Terminado el conflicto y aumentado el sistema del apartheid, luego de 1945, integrantes de esa organización ocuparon lugares de gobierno e incluso uno de ellos Balthazar Johannes Vorster, conocido como John Vorster (1915/1983) llegó a ser primer ministro en 1966.
Sin una estructura política definida y más como ejercicio de acciones individuales guiadas por su fanatismo nazi y su odio a Inglaterra, hay que contar entre las experiencias de tipo fascista en Sudáfrica a la actividad de Sídney Robey Leibbrandt (1913 -1966) quien fue boxeador olímpico sudafricano en Berlín 1936 y posteriormente durante la 2GM, revistó como espía del servicio secreto nazi (la Abwer).
Políticamente, encabezó por orden de Alemania, un frustrado golpe de Estado en 1942, la operación Weissdorn, contra el primer ministro sudafricano Jan Smuts, en virtud que éste había enrolado a la Unión Sudafricana en su carácter de dominio británico, al lado del Imperio inglés en su lucha contra el Eje.
Previamente y en un intento de impulsar una suerte de guerrilla nazi que pudiera efectuar acciones de sabotaje contra infraestructura sudafricana como dinamitar postes telefónicos, vías ferroviarias y líneas eléctricas, Leibbrandt tuvo cierta y efímera vida política en el Estado Libre de Orange y en el Transvaal, donde pudo reunir en actos a algunos sudafricanos simpatizantes del nazismo y ahí disertó y discurseó en tono hitleriano.
En diciembre de 1942 fue capturado en Pretoria, juzgado y condenado a varios años de prisión.
Dos datos para agregar a la vida de este exponente de lo que llamaban “presencia fascista” en Sudáfrica y que en verdad era un agente del nazismo sin relación alguna con la experiencia mussoliniana italiana.
Uno es que luego de salir de la cárcel y ya en 1962 intentó reflotar sus antiguas relaciones y su nunca perdido ideología poniendo en funcionamiento un intrascendente Frente de Protección Anticomunista.
Y la más llamativa desde lo anecdótico es que a uno de sus hijos, le puso como nombre Izan, que no era otra cosa que la escritura al revés de Nazi.
Yugoslavia
En este país existió una organización que buscaba replicar al fascismo italiano. La Unión Radical Yugoslava, que utilizó distintos nombres de acuerdo a su actuación en Serbia, Croacia o Eslovenia, fue un partido político fundado por el primer ministro yugoslavo Milan Stojadinović (1888/1961) en 1935, como partido de gobierno.
Tenía como orientación doctrinaria los principios del fascismo y basaba su política en la movilización masiva y en el autoritarismo.
Con plena vigencia y siendo el principal partido de Yugoslavia sostuvo a Stojadinovic hasta su destitución en 1939.
Los miembros de partido llevaban uniformes de camisa verde, lucían gorras de estilo Šajkača (es una gorra tradicional serbia, usada por los hombres en áreas rurales) y se dirigían a Stojadinović con el título de Vođa («jefe») utilizando el saludo romano. Stojadinović confesó al ministro de Asuntos Exteriores italiano Galeazzo Ciano que su intención era que evolucionase para parecerse cada vez más al Partido Nacional Fascista italiano.
Australia
Sin reconocerse únicamente en el fascismo, pero ubicados en la derecha extrema, en 1931 se funda Los Nueva Guardia, que era una organización anticomunista y pro monárquica, dirigida por un veterano de la 1GM, Eric Campbell. Si bien llegó a contar con más de 50 mil adherentes, tuvo una corta vida política ya que se disolvió en 1935.
Otra experiencia ya más reconocida en el nazismo, fue el Primer Movimiento de Australia, también conocido como Movimiento Australia Primero de tendencia antisemita y anticomunista fundada por un ex comunista, Percy Stephensen (1901/1965) en octubre de 1941.
Apoyada política y económicamente por los japoneses (aliados de Alemania e Italia en la 2GM) este partido se proclamaba Nacionalista, pro Japón, antijudío, indigenista y anticomunista y propugnaba la separación del Imperio británico.
En apenas un año, fue prohibido y su dirigente Stephensen, encarcelado hasta la finalización de la guerra.
Una experiencia vinculada al nacionalsocialismo fue el escasamente desarrollado Partido Nazi Australiano, movimiento creado por Johannes Becker (1898/1961) quien, habiendo nacido en Alemania, emigró hacia Australia en 1927 y fue dirigente nazi apoyado por los alemanes entre 1935 y 1936. En virtud de estos antecedentes, el gobierno australiano lo internó durante la 2GM y en 1947 fue deportado a su pais natal, donde vivió hasta 1961, fecha de su muerte.
Canadá
Existían en 1930 formaciones de tipo fascista en el país, aunque ocupan lugares marginales de la vida política.
El Parti National Social Chrétién (Partido Nacional Social Cristiano) fundado por Adriend Arcand (1899/1967) político y periodista canadiense en 1934, fue el más poderoso. De tendencia nazi y antisemita, su líder se hacía nombrar como el Fuhrer canadiense.
Este partido, con base en Quebec, se fusionó con un partido de convicciones fascistas, el Nacionalista de Canadá con lo que formaron, ya en la unidad de los francos canadienses y los anglocanadienses, el partido de Unidad Nacional.
En 1940, todos los partidos fascistas fueron prohibidos por Canadá.
Bélgica
La presencia en la década de 1930 de partidos de vocación fascista y nazi se debe a un hombre León Degrelle (León Joseph Marie Ignace Degrelle,1906/1994) político belga de origen valón y colaborador nazi, quien habiendo estado en México como corresponsal periodístico para cubrir la llamada Guerra Cristera, que se daba entre los partidarios de la libertad religiosa y el gobierno mexicano aplicador duro de las restricciones al culto católico y a las actividades del clero, estipuladas en su constitución de 1917.
El grito guerrero de los cristeros “Viva Cristo Rey” quedó granado en la mente de Degrelle quien en Bélgica y en 1934 fundó Les Editions de Rex (Ediciones Rex) y comenzó su participación en el Partido Católico Belga conduciendo su movimiento Cristo Rey/Cristus Rex lo que da origen al “rexismo” como fue conocida la variante fascista (como siempre aclaramos, nazi no fascista) en Bélgica.
Degrelle tuvo impacto en la zona francófona y en los ambientes ultraconservadores católicos.
Contemporáneamente se creaba en la región neerlandófona de Flandes, la Vlaamsch Nationaal Verbond/Unión Nacional Flamenca, el VNV, conducida por Staf de Clerq (1884/1942) que sostenían el lema Autoridad, disciplina y Dietsland (nombre que pensaban darle al nuevo Estado a crear).
En lo electoral lo más significativo fue la presencia en algunas elecciones del rexismo, con magros resultados. El VNV obtuvo algunas mejores cifras electorales.
Tanto esta formación como el VNV acentuaron posiciones en función del antisemitismo y las formas totalitarias, lo que los acercaba a claras posiciones filonazis.
Un dato no menor a la hora de analizar la persistencia de estos espacios políticos es que recibían apoyo financiero desde Alemania, y ya con la ocupación, fueron colaboracionistas e incluso actuaron como voluntarios, tanto flamencos como valones, en estructuras militares, de las SS.
También, y dentro de la consideración como fascista, estuvo en Bélgica el Verbond van Diestsche National-Solidaristen /Unión de Nacional Solidaristas neerlandeses, agrupación política de inspiración fascista y sentido autoritario. Fue fundado en octubre de 1931 por Joris van Severen (1894/1940) y se conoció como Verdinaso.
En 1937 comenzó a tener su ala armada paramilitar que se conocía como las camisas verdes (Dinaso Militanten Orde). Descreían de la democracia liberal y de los parlamentos y propugnaban una sociedad corporativa gobernada por el monarca belga.
Chile
Desde la formalidad, existió un Partido Nacional Fascista, fundado en octubre de 1938 por Raúl Olivares Maturana, y fue una escisión del Movimiento Nacional Socialista de Chile una organización regida por Jorge Gonzales von Marées, que era un hitleriano convencido, pero que en la política interna tuvo cierto acercamiento con la izquierda chilena lo que motivó el surgimiento del nuevo partido de tipo fascista.
Proclamaba de su semanario “La Patria, Chile ante todo” sus diatribas antisemitas y expresaba un minúsculo sector de la derecha chilena. Se disolvió en junio de 1940.
También existió el Movimiento Nacionalista de Chile (MNCh) con cierta ideología fascista, fundado en 1940 y liderado por el militar Ariosto Herrera y el abogado Guillermo Izquierdo, cuya bandera central era el corporativismo y proponían la abolición del sufragio universal. En verdad, nunca hizo público su apoyo al fascismo europeo de cualquier tipo, aunque informes de seguridad chilena lo ubican como un “instrumento del Tercer Reich”. Y el historiador Carlos Maldona Prieto, de la Universidad Lutero de Halle-Wittenberg (Alemania) lo ubica como un claro exponente de la tendencia fascista.
Se disolvió en 1943
Irlanda
Existió desde 1932 una organización que comenzó con el nombre de Asociación de Camaradas del Ejército, para luego llamarse Guardia Nacional y fue una estructura política irlandesa de inspiración fascista. Estuvo bajo el mando de Eoin O´Duffy (1892/1944) que fue un militar y que pasó por jefaturas del Ejército Republicano Irlandés, y fue líder de los blueshirts/Camisas azules grupo de clara connotación fascista, que llegó a comandar la Brigada Irlandesa que peleó en la Guerra Civil española apoyando a los sublevados del general Franco.
O ́Duffy, en cierta cúspide de su poder llegó a compararse, cierto que en “tercer lugar” con Hitler y Mussolini como el hombre más importante de Europa. Y sí en Irlanda se dio más preeminencia a la identidad fascista que a los nazis, a pesar que se intentó con los alemanes realizar actividades conjuntas en contra de Inglaterra, pero sin mucho éxito.
Eoin O’Duffy admiraba a Benito Mussolini y su organización adoptó símbolos del fascismo europeo, como el saludo romano y la utilización de camisas azules.
Planteaban un modelo corporativo como eje de gobierno y tuvieron enfrentamientos dentro del universo republicano con el Fianna Fáil , que conducido por Sean Lemass y Eamon de Valera (1882/1975, una de las figuras más destacadas de Irlanda en el siglo 20 y que fue Primer Ministro y presidente del pais y fue uno de los líderes de la independencia de Irlanda de Gran Bretaña), se colocaba en el centro político.
México
Un movimiento nacionalista reaccionario llamado Acción Revolucionaria Mexicana (Acción revolucionaria mexicana), fundada por ex Villista general Nicolás Rodríguez Carrasco, agitado por causas de derecha, como la deportación de Judíos y Chino-mexicanos, a lo largo de la década de 1930. ARM mantuvo una fuerza paramilitar llamada Goldshirts, que chocaba frecuentemente con activistas comunistas y apoyaba a la facción presidencial de Plutarco Calles contra el presidente reformista liberal Lázaro Cárdenas. El grupo paramilitar fue proscrito en 1936 y el ARM se disolvió oficialmente en 1942, cuando México declaró la guerra al Eje.
Países Bajos/Holanda
Hubo en este país un partido con fuertes similitudes al fascismo italiano, incluso fue uno de los más tempranos en surgir en Europa, ya en 1923 se fundó la Verbond van Acualisten (Unión de Actualistas) con clara inspiración fascista. Su escaso éxito en cuanto a influenciar en la sociedad holandesa lo llevó a la desaparición en 1928.
En ese momento aparece el Vereeniging De Bezem (Asociación La Escoba) organizado por antiguos militantes del anterior espacio derechista. Como su nombre simbólico pretendía mostrar se presentaban como los que limpiarán la política holandesa.
Durarán hasta 1932 en donde disputas internas provocaron su ocaso.
Un año antes, Antón Mussert (1894/1946) y Cornelis van Geel Kerken (1901/1976) fundaron el Movimiento Nacionalsocialista de los Países Bajos que si bien tuvo un inicio cercano al fascismo italiano viró hacia el hitlerismo. Tuvieron una experiencia electoral en 1935 donde obtuvieron el 7,9% de los votos. En esos años incorporaron el antisemitismo como una de sus banderas. Cuando los alemanes invaden el país, este partido, el NSB, es el único autorizado a continuar con sus actividades y Antón Mussert se convierte en el principal dirigente político holandés en colaborar con los ocupantes nazis. Por supuesto, una vez derrotado los alemanes en la 2GM este partido, desapareció.
Hubo otras experiencias contemporáneas como la Federación Fascista General Holandesa, fundada en junio de 1932 por Jan Baars (1903/1989) que obtuvo buenos resultados electorales antes de la guerra y contaba con gran cantidad de afiliados. Se movían en un espacio de moderación política y no acordaban con las cuestiones raciales y antisemitas. Esta posición se debía a dos cuestiones, su origen católico y a su basamento cercano al fascismo italiano.
Hubo, en Países Bajos, otras expresiones derechistas y pro fascistas y pro nazis como la Unión de Nacionalistas, el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Holandeses, la Unión Fascista Holandesa, los Fascistas Naranjas, Unión para la Restauración Nacional y el Partido del Pueblo Holandés, entre otros.
La existencia de estas formaciones se dio entre 1933 y 1940.
Líbano
Tiene cierta importancia mencionar este país pues es, probablemente, el único partido surgido desde el fascismo que actualmente tiene presencia firme e importante en el país y que ha dado varios presidentes y figuras destacadas a la política libanesa.
Por inspiración del fascismo italiano y de la Falange española, surge en 1936 el Partido Kataeb, la Falange libanesa, de la mano de Pierre Gemayel (1905/1984) que fue un político libanés y ocupó diversos cargos, como Miembro del Parlamento Libanés entre 1960, 1961, 1964, 1968 y nuevamente en 1972, siendo Ministro de Finanzas en 1960, 1961 y 1968, y Ministro de Obras Públicas en 1970.
En la actualidad la Falange del Líbano ha abandonado su origen fascista y se ubica en un espacio conservador con inquietudes sociales y son republicanos, cristianos y anti islamistas.
Suecia
Los orígenes de partidos fascistas se dan en 1926 cuando Konrad Hallgren (1891/1962) que, aunque nacido en Suecia era un ex militar del ejército alemán, fundó el Partido Popular Fascista de Suecia. Como muchos partidos de similar orientación comenzó con un acercamiento al fascismo italiano, pero luego, en 1929 una delegación de dirigentes viajar a Múnich a un encuentro de nazis alemanes, y regresan muy influenciados por estos y cambian el nombre a su partido, para llamarlo Partido Popular Nacionalsocialista Sueco). Este es uno de los casos paradigmáticos de la diferencia, la cual sostenemos, entre fascismo y nazismo, que hasta en el cambio de nombres partidarios, se muestra con absoluta claridad.
Reino Unido
Previo al más famoso modelo fascista británico que fue la Unión de Fascistas, hubo intentos de organizar fuerzas de extrema derecha, recostadas en el fascismo italiano.
Luego de la 1GM, y al calor de similares situaciones en casi todo Europa, ocurrieron en Gran Bretaña hechos sindicalistas y políticos que pusieron en alerta a sectores ultraconservadores.
Hubo una huelga muy importante en Escocia, en Glasgow en 1919 y luego una huelga general en todo el Reino Unido en 1926. Estos acontecimientos, entre otros, unidos al triunfo electoral del laborismo en 1923, motivaron que aparecieran en la esfera política grupos fascistas, temerosos. También colaboraba en el temor a revueltas izquierdistas que no pudieran encuadrar en el marco institucional y legal inglés, el juego importante que en lo global iba teniendo la nueva Rusia bolchevique.
La iniciadora del fascismo en GB fue el grupo Fascistas Británicos (British Fascists) fundado en 1923 y por una mujer, Rotha Lintorn-Orman (1895/1935) caso único en el mundo donde una mujer lideraba un movimiento fascista. Y siguiendo modas contemporáneas, en 1927 adoptaron la utilización de camisas azules para sus integrantes. Desde 1931 apoyaron decididamente al fascismo italiano, hasta su desaparición como organización, en 1934.
Si bien planteaban un esquema fuertemente antisemita y anticomunista, no pudieron quebrar la instalación histórica y masiva del Partido Conservador en los sectores sociales que adherían, en menor medida, a estos postulados reaccionarios.
Eso les quitó base de sustentación, y la recuperación electoral de los conservadores en 1925, disminuyó tensiones sociales, calmó augurios políticos y trajo cierto alivio a esos espacios de derecha que prefirieron lo tradicional antes que lo revulsivo del fascismo.
Incluso la misma fundadora era más una conservadora una Tory (como se conoce en GB al Partido Conservador) que una fascista doctrinaria y solo su acendrado anticomunismo y la admiración por Mussolini, la indujo a ese espacio.
La línea de tiempo del fascismo se continúa en un noble británico Sir Oswald Mosley (1896/1980, 6. ° baronet del Reino) admirador y seguidor de Mussolini, tuvo la osadía de fundar en la propia Gran Bretaña, en 1932, la Unión Británica de Fascistas, claro que eran tiempos en que los ingleses veían con agrado el gobierno de Benito Mussolini y el mismo Winston Churchill, en febrero de 1933, afirmó que el Duce era el mejor estadista del momento.
Incluso hasta el comienzo de la 2GM en 1939 fueron socios en el comercio exterior.
Esta estructura política nace como alternativa nacionalista a los grandes partidos del Reino Unido, los dos mayores, el Conservador y el Laborista y el menos importante Partido Liberal. Participó en algunas pocas elecciones regionales sin buenas valoraciones en los votos, pero la conducción del noble inglés, como dato con alguna originalidad, le otorgó una relativa importancia.
Siguiendo formas afines al fascismo, Mosley y su partido provocan situaciones de violencia y enfrentamientos con fuerzas comunistas y laboristas, lo que motivó la preocupación de las autoridades que en 1936 aprobaron una ley, llamada de Orden Público a efectos de punir actividades políticas violentas.
En su mejor momento llegaron a afirmar que mantenían unos cincuenta mil afiliados a su partido, pero es un dato escasamente verificado en registros oficiales del país.
Como dato de su ubicación ideológica, se centraban en el patriotismo y el ultranacionalismo por lo que usaban como distintivo la bandera británica y no símbolos nazis o fascistas.
La Unión Británica de Fascistas se opuso a la participación del reino en la 2GM y finalmente en 1940 fueron prohibidas sus actividades.
Pasó como una exhalación por la vida política británica, sin dejar raíces de solidez que le den sustento masivo y popular. Con un atenuado antisemitismo y una colectividad judía muy integrada y asimilada a la sociedad inglesa y sin un “enemigo” visible y fuerte, ya que el comunismo no constituía una presencia amenazadora en el Reino Unido, su razón de ser no encontraba cabida. Y luego de 1940 el espíritu inglés, inflamado de patriotismo y anti nazismo, hacía imposible que se pudiera promocionar actividades fascistas.
Estados Unidos de América
Al estar fuera del continente europeo, EEUU vivió su realidad de fascismos internos más desde apariencias que de hechos concretos o de organizaciones notorias.
Se llamó fascista, al gobernador de Luisiana Huey Long (1893/1935) un miembro del Partido Demócrata, que gobernó el estado entre 1928 1932 y luego lo representó como senador hasta su asesinato en 1935, y se le asigna, con la facilidad de adjetivar cuestiones políticas más complejas de entender y explicar, vocación por políticas populistas. Lo cierto es que Huey Long tenía aspiraciones nacionales y fue construyendo una poderosa maquinaria política con buen nivel de acompañamiento nacional. Como en casi todos los casos de estos tiempos, fue llamado “fascista” por escritores de la izquierda norteamericana. No hay historiografía seria que avale esta identidad para Huey Long.
En 1930 y casi durante toda esa década, existieron organizaciones pro alemanas y pro italianas en EEUU. Algunas de ellas derivarían hacia formas de simpatía con el fascismo, como es el caso de la Legión de Plata de América (conocida como las camisas plateadas) fundada en 1933 por William Dudley Pelley y con su consigna de Lealtad, liberación y legión llegó a congregar cerca de quince mil adherentes y participar en eventos electorales. Sus sostén ideológico y doctrinario se basaba en una especie de fascismo con aires clericales, el nacionalismo, la segregación racial, el anticomunismo y el antisemitismo, a lo que unían un profundo rechazo al sistema democrático e impulsaban la no entrada de EEUU en la 2GM.
El ataque japonés a Pearl Harbor en 1941 y la declaración de guerra de Alemania, el mismo año, a Estados Unidos, llevó a la finalización de esta experiencia derechista.
Israel/ Palestina
Interesante modelo para tomar en cuenta, es la experiencia cercana al fascismo que se dio en la Palestina del Mandato Británico, ya que no existió, hasta 1948, el Estado de Israel, y de alguna forma tomó a la colectividad judía de la diáspora como colectivo al cual llegó la influencia de estas posiciones políticas.
En Palestina, surge en 1930, un sector derechista del Movimiento Sionista Revisionista, llamado Brit HaBirionim que fue fundado por Abba Ahimeir (1867/1962), un periodista, historiador y activista político judío nacido en Rusia y es uno de los ideólogos del sionismo revisionista y Uri Zvi Greenberg (1896/1981), poeta, periodista y político austrohúngaro nacionalizado israelí.
Brit HaBirionim era abiertamente fascista y ultranacionalista, rechazaban muchos de los valores que hacían al judaísmo como religión, eran anti humanistas, enemigos del liberalismo y del socialismo y sostenían una especie de identidad de clase, no en si mismo sino enfrentando lo que consideraban al sionismo liberal como propiedad de los judíos de clase media.
En virtud de estos preceptos y como espejo de modalidades fascistas, Abba Ahimeir defendió el uso de la violencia contra los británicos, como parte de una lucha por la tierra judía, libre de ocupantes extranjeros.
En 1930, Ahimeir y sus revisionistas maximalistas del Brit HaBirionim ocuparon el lugar más preminente dentro del sionismo revisionista y desde ahí impulsaron el tener relaciones más cercanas con la Italia fascista, bajo la premisa que el pueblo italiano era el menos antisemita del mundo. No satisfechos con este intento de acercarse al fascismo, en 1932, presentaron al sionismo revisionista un documento titulado “Los Diez Mandamientos del Maximalismo” que no era otra cosa que una compilación del ideario fascista. Esto provoco separaciones en el colectivo sionista y hubo disidencias orgánicas de los maximalistas que reconocían la necesidad de una democracia interna y un alejamiento de posiciones dictatoriales totalitarias.
En 1933, Ahimeir, reconocía que el ascenso de Hitler al gobierno de Alemania era positivo y solicitó el apoyo para el Partido Nacional Socialista Alemán (Nazi), incluso planteaba que el antisemitismo de Hitler, demostraba que había sido un fracaso el intento de asimilación de los judíos alemanes (asimilarse era como se designaba a la integración judía en las sociedades donde Vivian, abandonando de a poco sus valores religiosos y culturales y asumiendo los de esa sociedad) y en ese sentido preveía una más grande migración hacia Palestina. Ese mismo año Ahimeir publicó una nota donde planteaba que “el antisemitismo nazi era solo una táctica nacionalista y que no tenía sustancia” (6 millones de judíos, en pocos años más demostrarían lo errado de su razonamiento) y que “la envoltura antisemita de Hitler debe descartarse, pero no su núcleo antimarxista”. En virtud del apoyo de Ahimeir al nazismo, el sionismo revisionista comenzó a atacarlo y en respuesta a esa condena, el lider de la extrema derecha judía alteró su posición y empezó a enfrentar a la Alemania nazi, lo que no impidió que perdiera el liderazgo entre los maximalistas, y fuera reemplazado por otros dirigentes moderados.
En esta apasionante historia del fascismo judío en Palestina, hay otros protagonistas con alguna importancia donde destaca el grupo Leji, una organización paramilitar escindida del Irgún (Organización Militar Nacional en la Tierra de Israel) y que tomaba muchas de las banderas del original Brit HaBirionim.
El Irgún fue una organización paramilitar sionista que operó durante el Mandato británico de Palestina, entre los años 1931 y 1948. Y todavía hoy se debate entre historiadores si les cabe o no el rótulo de terroristas con el que fueron calificados en esos tiempos, por los británicos, pero también por personalidades judías como Albert Einstein.
De esa organización se separa Abraham “Yair” Stern (1907/1942) nacido en Polonia, para fundar el Leji o Lehí que es un acrónimo hebreo de Lojamei Jerut Israel (Luchadores por la Libertad de Israel) que vulgarmente y en virtud de su líder y de las acciones pandilleras y violentas que realizaban, se la conocía como la Banda Stern.
Hoy se puede mirar ese periodo con cierta mirada de acusación a que judíos apoyaran a Hitler, al fascismo y a Alemania nazi, pero ese fue un tiempo de definiciones veloces en que la categoría de enemigo, adversario y aliado, mutaba con rapidez y muchas veces se confundía.
La Banda Stern tenía el objetivo principal en desalojar a los ingleses de Palestina, abrir la inmigración a todos los judíos del mundo y construir un Estado nacional judío, y en ese sentido, no hizo como la mayoría de sus coterráneos que con la 2GM en marcha se enrolaban en los ejércitos de los Aliados, fundamentalmente en el inglés, donde llegaron a conformar una Brigada Judía, para pelear contra los nazis, sino que siguieron hostigando al ocupante inglés en plena guerra y buscaron una alianza con Italia y Alemania, porque decían que eran “menos enemigos de los judíos que Gran Bretaña”.
El Lehi buscó en varias ocasiones hacer alianza con los nazis, y proponían un Estado judío apoyado en principios nacionalistas y totalitarios y vinculado al Tercer Reich por medio de una alianza.
Stern muere en 1942 a manos de la policía colonial británica.
A su muerte, la conducción del Lehí abandona las ideas de coaligarse con los nazis y comienza a mirar a Stalin y la URSS como posible apoyo para la independencia de Israel, y desde ahí elaboran una nueva visión doctrinaria que llamaron nacional bolchevismo, donde sintetizaba la izquierda y la derecha.
Según Yaacov Shavit (1944) profesor emérito del Departamento de Historia Judía de la Universidad de Tel Aviv, el Lehí y Stern, creían en una raza superior judía respecto a los árabes en Medio Oriente. El Lehi era descaradamente racista con los árabes y hablaba de los judíos como una raza superior y de los árabes como una raza esclava.
Tal vez sin conocer en detalle lo que ocurría con los judíos europeos, replicaban el modelo autoritario e intolerante de los nazis.
Esta organización, al estilo nazi, proponía, según cuenta Sasha Polakow-Suransky (1979) periodista y autor estadounidense de origen judío sudafricano: “la expulsión de todos los árabes de Palestina y de Transjordania, incluso llegaron a pensar en la aniquilación física masiva.”
Por supuesto, luego de la 2GM y con el establecimiento del Estado judío en 1948, las formaciones fascistas como tales, desaparecieron de la política israelí, aunque con los años, un ex integrante del ultra extremista Lehi, Isaac Shamir (1915/2012) llegara a ser, en dos oportunidades Primer ministro de Israel, en 1983-1984 y 1986-1992.
Francia, una mirada especial. Una interpretación propia
Es casi un trabajo independiente del todo original, por su extensión y porque dedicamos especial cuidado en su redacción, pero estimamos con certeza que no puede estar ajeno al contexto general de este estudio sobre el fascismo. De ahí su inclusión como un país más. Aunque, sin dudas, no se trata de un país más, en este tema.
Uno de los temas más litigados y controvertidos de la mitad del siglo 20. Y no solo por su ubicación central en el ámbito de la 2GM ni tampoco por definir desde su ser o no fascista al gobierno surgido luego de la invasión alemana.
La Francia de 1940/1944 es un apasionante escenario para dilucidar posiciones de la ciencia política, la filosofía, la técnica militar, los derechos humanos, el oportunismo, la heroicidad y otros temas que hacen a valores y desvalores en la historia de un país ocupado militarmente y, lo que es más importante y poco explorado como análisis, dominado ideológicamente.
La resistencia y la complacencia, fueron variando en su relación numérica, en su capacidad de desnivelarse entre sí, y eso habla de la dificultad de utilizar calificaciones terminantes para cada uno de los protagonistas de este tiempo.
Ya pasaremos a la interpretación del gobierno o Régimen de Vichy, conducido por el Mariscal Philippe Pétain (1856 – 1951) entre 1940 y 1944.
La historia cuenta que este gobierno se establece luego que las fuerzas militares alemanas, victoriosos en su intento invasor hicieran añicos todas las defensas francesas, incluida la famosa y considerada inexpugnable Línea Maginot (fue una muralla fortificada y de defensa, construida en 1928, por Francia a lo largo de su frontera con Alemania e Italia).
París cae en 14 de junio de 1940 y el entonces gobierno presidido por Paul Reynaud (1878/1966) se instala en Burdeos.
Al conocerse la derrota de las tropas francesas, el pánico político se apodera del gobierno francés y de su Parlamento que estaba en funcionamiento.
Reynaud que había sido designado primer ministro en marzo de 1940, era proclive a trasladar el gobierno a las colonias francesas y seguir, desde allí, la lucha contra Alemania. Posición ésta que era acompañada por el general Charles De Gaulle (1890/1970 – Charles André Joseph Marie de Gaulle) quien entre 1937 y 1940 había sido secretario del Consejo de Defensa Nacional, a las órdenes del Mariscal Pétain, y que había asumido con Reynaud el cargo de Subsecretario de Guerra.
Cuando el gobierno de Reynaud dimite y asume Pétain, De Gaulle comprende que Pétain lejos de querer continuar la lucha, está más cerca de la rendición y en virtud de eso y negándose a aceptar un acuerdo con Alemania, lo que luego sería el Armisticio, De Gaulle, el 18 de junio, hace un llamamiento al pueblo francés para resistir a la ocupación y mantenerse en la lucha, a la vez que, desde Londres, donde se había exiliado, organiza lo que llamó la Francia Libre o Francia Combatiente.
En esta situación Paul Reynaud renuncia e inmediatamente es detenido por la misma policía francesa que lo entrega a los alemanes y permaneció preso hasta el final de la guerra.
No son pocos los dirigentes franceses que impulsan el pedir un inmediato acuerdo a Hitler. Y aún más, no son pocos quienes agregan a eso, la necesidad de romper el pacto de ayuda en caso de guerra, con Gran Bretaña.
Cuando Reynaud se opone a esto y dimite, es sustituido por el veterano militar, conocido como héroe de la 1GM, el Mariscal Philippe Pétain que era Ministro de Estado y desde el 17 de mayo, Vicejefe de Gobierno.
Pocos días después, el 10 de julio de 1940, la Asamblea Nacional, integrada por diputados y senadores, de los cuales muchos provenían de las listas triunfantes del Frente Popular en 1936, ya reunida en Vichy votó, por 569 votos contra 80 y 17 abstenciones, darle plenos y casi ilimitados poderes a Philippe Pétain, hay que aclarar que los legisladores comunistas habían sido excluidos, pero no es un dato menor que el Partido Socialista, tenía más de 170 diputados y senadores, los cuales en su mayoría votaron los poderes solicitados por el Mariscal.
En esa misma sesión, se votó y ganó la moción de abolir la Constitución republicana existente, se le otorgaron plenos poderes a Pétain, se eliminó el término “República” de la gestión oficial y se suspendieron las actividades de la misma Asamblea Nacional que había votado todo esto.
Ya en funciones, Pétain solicita un acuerdo a los alemanes y se firma en Rethondes el 22 de junio de 1940.
Rethondes es una comuna francesa del departamento de Oise en la región de Alta Francia. La comuna es célebre por albergar el bosque de Compiègne donde se encontró el vagón de tren en el que se firmó el armisticio entre Francia y Alemania el 11 de noviembre de 1918 poniendo fin a la Primera Guerra Mundial.
Hitler eligió el mismo lugar y el mismo vagón para firmar el nuevo tratado, pero ahora en el rol de triunfadores.
Esto se llamó “El Armisticio” que, a pesar de su brevedad con solo veinticuatro artículos, definía la vida, la honra y el futuro de un enorme país como Francia.
Una serie de “contratos” más cercano al derecho administrativo que a un Tratado entre países reglamenta formas de vinculación entre Alemania y Francia y estipulaba deberes, derechos y obligaciones por parte de ambos.
La parte leonina en cuanto a exigencias correspondía a Alemania. La parte mayoritariamente obligada a cumplimientos, era para Francia.
Como consecuencia de ese tratado, Francia resulta dividida en dos zonas principales, la que controlaría Alemania (60 % del territorio) y la que, bajo el nombre de zona libre, sería administrada por Francia.
Según los términos del armisticio, el norte de Francia fue ocupado en forma directa por Alemania; las provincias orientales de Alsacia y Lorena fueron anexadas a Alemania.
En la zona que se ubica al sur del río Loira, se sitúa la autoridad francesa que instala su sede de gobierno en Vichy que es una ciudad y comuna que está en el departamento de Allier, en la región de Auvernia-Ródano-Alpes.
Ambas zonas se hallaban separadas por la llamada línea de demarcación.
Entre otros puntos se acordó que los prisioneros de guerra franceses, que eran casi un millón seiscientos mil, seguían en su cautiverio.
Francia debe proveer el mantenimiento del ejército alemán de ocupación, sufragando sus gastos.
En la zona libre, el ejército francés queda limitado a 10 000 hombres y dichas tropas quedan privadas de todo armamento pesado, así como de aviación de guerra.
El Imperio colonial francés queda igualmente bajo la autoridad exclusiva del Gobierno francés.
Los buques de guerra franceses deben acudir a sus puertos de amarre de períodos de paz, aunque alguno de ellos, como el de Brest, se hallase en la zona ocupada.
Francia debe entregar a los refugiados políticos alemanes o austriacos refugiados en su territorio huyendo del nazismo.
La soberanía francesa se ejerce sobre el conjunto del territorio, incluida la zona ocupada, Alsacia y Mosela, pero en la zona ocupada se estipula que Alemania ejerce «los derechos de la potencia ocupante», lo que implica que la Administración francesa «colabora» con ella «de una manera correcta».
También la historia cuenta, y los datos certifican que ese gobierno colaboró con los nazis.
Y, de hecho, así fue, aunque el gobierno no tuvo un estilo similar al del gobierno alemán.
El régimen instalado por Pétain tenía más de corporativismo que de nazismo y mucho menos de fascismo, y sí incorporaba un alto componente de antisemitismo que daba cierto sustento ideológico e intelectual a las propuestas de “Revolución Nacional” que impulsaba el nuevo gobierno francés.
Pero, y es importante este “pero”, no eran elaboraciones surgidas a partir de la firma del armisticio y derivadas de la dominación alemana, sino que reconocía orígenes anteriores, de la derecha francesa, de distintos movimientos conservadores y gozaban, a pesar de posteriores y acomodadas desmentidas, de una base social y cultural importante en la sociedad francesa.
Apenas asumido el gobierno de la Revolución Nacional del Mariscal Pétain, se hizo lugar a una nueva definición legal de los judíos mediante una disposición tan legal como infame que se llamó Status de los judíos (Statut des Juifs) y que dejó a esta importante, asimilada y antigua comunidad francesa fuera de cargos públicos y los sometió a internaciones en campos de concentración en algunos casos.
En mayo de 1941 y en la zona ocupada se obligó a los judíos a llevar una placa amarilla que los identificara y al mes siguiente exigieron a las autoridades de la zona libre la entrega de más de cien mil judíos que fueron deportados. En verdad hubo intentos y algunos logros, por parte del gobierno francés, de no entregar a los franceses de religión judío y se dedicaron a buscar judíos de otros países que habían llegado a Francia como asilados y perseguidos por el nazismo en sus lugares de origen.
Se recuerda por su ignominia y como baldón eterno para Francia, la enorme colaboración de autoridades francesas y, más que nada, de su policía nacional para efectuar los arrestos masivos de los días 16 y 17 de julio de 1942 en lo que se conoció como la noche en que concentraron miles de judíos (13.152 de los cuales cuatro mil eran niños) en el Velódromo de Paris (Vélodrome d´ Hiver) para entregarlos a los alemanes.
Dos datos hablan de la certeza ideológica del gobierno de Pétain y su auto designado espacio político como Movimiento Nacional, sobre la cuestión judía y su convicción sobre hacer desaparecer a los integrantes de esa religión (ya tomada por ese gobierno como “raza”, al estilo nazi). Una es que Pierre Laval, el político francés jefe de ministros del gobierno, incluyó a los niños en esa redada a pesar que los alemanes no lo habían solicitado. Y el otro dato es que ningún soldado alemán participó de las razias que capturaban judíos esas dos noches y solo se ocupó de eso la policía francesa.
Todos los detenidos fueron enviados a Auschwitz y la mayoría murieron en la ruta por falta de comida o agua.
Esto habla de cierto emparentamiento de método, con el nazismo alemán, pero no con el fascismo, ya que, en Italia, al margen de las políticas represivas hacia los judíos a partir de 1938, estas surgen como parte de la necesidad italiana de cumplimentar formas exigidas por los alemanes en el marco de la alianza para enfrentar la guerra. No existía en Italia el nivel de antisemitismo que se floreaba en la sociedad francesa.
Como espejo de lo ocurrido en la noche del Velódromo de Paris, existen tres ejemplos que en su diferenciación muestran claramente el prejuicio criminal que dominaba gran parte de la nueva administración francesa.
En la Hungría considerada fascista y presidida por el Almirante Miklós Horthy (1868/1957) que fue un noble, militar y político húngaro gobernante, primero como regente y luego como jefe de Estado entre 1920 y 1944, y en un régimen considerado autocrático, reaccionario y conservador, no se cedió a las demandas alemanas de entregar a los judíos húngaros, y se resistió esa medida durante muchos años hasta que Alemania decidió invadir militarmente Hungría en 1944.
En Dinamarca, ocupada por Alemania, se hizo un rescate gigantesco de judíos daneses, cuando en una extraordinaria acción combinada entre la administración pública, la policía danesa y el apoyo del propio Rey Christian X, más de 7000 judíos fueron sacados en forma clandestina del pais y pasados a Suecia, que era neutral.
En el propio sur francés, parte del cual estaba ocupado por el ejército italiano, y a pesar que Italia contaba desde 1938 con una legislación antisemita, las fuerzas armadas italianas defendían a los judíos franceses que llegaban a su zona, no entregaban al gobierno de Vichy a los asilados, salvando de esta forma miles de vidas.
En este último caso, no es solo el accionar de las fuerzas militares estacionadas en Francia lo que genera la acción humanista ante los judíos. El propio Duce Benito Mussolini ordena a sus soldados desafiar la persecución judía de la entente franco-germana y sus masivas redadas en todos el sureste del pais. Y no solo no entregan a las autoridades francesas a los judíos que arriban escapando, sino que, en cantidad de miles, los introducen de contrabando en su propio pais, Italia para salvarlos de la muerte.
Se dice que los generales italianos acuñaron una frase para argumentar sus acciones: «ningún país puede pedir que Italia, cuna del cristianismo y la ley, se asocie con estos actos nazis».
Y este marco represivo de los judíos se daba donde luego de la Revolución de 1789, fue Francia el primer pais europeo en darle categoría legal de emancipación a los judíos.
Francia contaba para 1940 con cerca de 350.000 judíos en su territorio. La segunda comunidad más importante de Europa. Es cierto que cerca de la mitad eran refugiados muy flamantes que habían llegado de otros países amenazados o ya invadidos por la Alemania nazi, pero también es cierto que eligieron Francia en virtud de compromisos históricos de ese pais con el derecho de asilo, el respeto a los derechos humanos y su natural tolerancia en lo religioso. Deberes morales estos absolutamente ignorados por el nuevo gobierno francés del Mariscal Pétain.
Desde el triunfo electoral del Frente Popular en 1936 se agudizó una muy tóxica campaña antisemita, sostenida en la falaz creencia que al haber elegido como primer ministro a un francés de religión judía como el socialista León Blum (1872/1950) se estaba en la antesala de una caída en el comunismo alentada y apoyada por la comunidad judía. Esta falsedad interesada dominó el escenario político, brindó argumento a las derechas de todo tipo y generó el clima de época dominante durante el Régimen de Vichy.
Días previos y desde el Armisticio cerca de 150.000 judíos pasaron rápidamente de la zona ocupada, cruzando la Línea de Demarcación, para buscar resguardo en la Francia no ocupada, en el gobierno de Vichy, pero se encontraron con persecuciones, agravios, ataques e incluso hubo miles de muertos por malos tratos propinados por las autoridades francesas y sus servicios policiales y organizaciones paramilitares de tipo pronazis.
Luego de la sanción de Estatuto para judíos, se les prohibió el ejercicio de profesiones liberales, la docencia y el periodismo. Tampoco podían trabajar en espectáculos artísticos ni en la administración pública.
Miles de empresas, comercios y pequeños emprendimientos de titularidad de franceses judíos fueron sometidos a un humillante y acosador proceso de “arianización” por la creada Comisión de Asuntos judíos de Vichy, y todas esas propiedades fueron confiscadas a sus legítimos dueños.
Como dato que habla de un estilo autoritario y conservador en ese Estado francés, se limitó la tramitación de divorcios, se castigó el aborto y se otorgaban premios y condecoraciones a padres de familias numerosas.
¿Fue fascista Pétain? ¿Fue un gobierno fascista su régimen de Vichy? Y dos preguntas importantes al momento de responder estos interrogantes: ¿Fueron Pétain y su gobierno un cuerpo extraño a Francia y su contexto epocal? ¿Fue ilegal ese gobierno?
Las respuestas reconocen varias alternativas en su carácter. Desde lo post 2GM y desde lo pre.
En el primer caso, todo es crítica, todo es repudio y los franceses han sabido construir un relato y un sentido histórico casi absolutorio de todos, menos de los cientos de gobernantes y funcionarios que conformaron el gobierno de Vichy.
La culpa fue de Pétain, de Pierre Laval, de Rene Bousquet (jefe de policía) y de quienes ejercieron magistraturas de gestión, espacios de poder e influencia institucional e intelectual y de esa manera, hay culpables taxativos, con nombre y apellido y queda fuera de esa carga moral ignominiosa y deshonrosa, el resto de los franceses contemporáneos.
Apreciamos que, en el pre, en aquel tiempo antepuesto a la 2GM y sobre todo en esos años inmediatamente anteriores, existen condiciones objetivas y responsabilidades subjetivas, que acompañan con entusiasmo y dedicación el desarrollo de la historia, como finalmente ocurrió.
Pétain, Laval, Bousquets fueron el emergente de dos realidades que dan contorno a su gobierno, la derrota militar de Francia en 1940 y la empatía de estos con ciertos sentimientos bastante mayoritarios y arraigados en la sociedad francesa en esos años.
La derrota militar es un hecho fáctico. A pesar que las fuerzas armadas francesas, mantenían en número y capacidad bélica cierta competencia, el desmoronamiento de sus líneas físicas defensivas provocó el desbande de tropas, la indisciplina ante las órdenes de seguir combatiendo y la desazón anímica de jefes y oficiales y sobre todo de soldado.
Pero lo que da sustento al gobierno de Vichy es la voluntad de las élites francesas de firmar el armisticio y luego someterse gustosamente a un proceso de colaboración que redunda en una complicidad importante con los invasores.
Distinto de los modelos autoritarios de Alemania e Italia, el proceso de transformación de Francia hacia una república represiva y carentes de libertades, se da luego de una derrota bélica y de un pais invadido. Como describimos antes, no es desde allí que surge la impronta pro nazi, sino que ese hecho coadyuva fuertemente en la posibilidad que las viejas y aparentemente dormidas ideas de la derecha francesa se hagan con el poder y pongan en marcha su experimento de gestión.
La realidad de la presencia alemana en su territorio lo convierte en un gobierno sometido a tutela y vigilancia.
Igual mantuvo una agenda propia recargada en valores racistas y autoritarios. Al estilo de las SS y en menor medida de los “Camisas negras” italianos, estructuró un grupo de carácter formal donde combinaba aspectos de la legalidad represiva con acciones paramilitares, en especial contra ciudadanos judíos y opositores. Fue la Milicia, organismo provisto de armas livianas y con una capilaridad de espías, informantes y colaboradores, que sembraba el pánico entre los franceses no petainistas.
La base del Movimiento Nacional y su pretendida Revolución desde la cúspide (la cúspide era el Mariscal, provisto de una poderosa política de culto a la personalidad, las fotos del mariscal figuraban en las vitrinas de todos los negocios, en las paredes de la ciudad, en todas las oficinas administrativas, lo mismo que en todas las instituciones educativas y en las organizaciones juveniles) no poseía similares apoyos sociales como tenía el fascismo en Italia y se sostenía en sectores medios imbuidos de una extensa historia de racismo y antisemitismo.
No existía el sujeto social proletario o campesino pobre que se constituyera como plataforma de clase del ideario del gobierno de Vichy.
Era más un conglomerado de históricos seguidores de Charles Maurras (1868/1952) quien fue el principal referente e ideólogo de un módico partido, Acción Francesa. que levantaba banderas monárquicas, en contra de la democracia y el Parlamento, contra la Revolución francesa de 1789 y antisemitas.
En este último sentido, es destacable que Maurras fue criticó del Estatuto de 1940 sobre los judíos del régimen de Vichy, y estuvo en contra por considerarlo ¡moderado!
El partido de Maurras, tenía un agrupamiento juvenil muy presente en la década de 1930 y más adelante también, los Camelot Du Rois (en la traducción, Reyes de Camelot), donde llegó a tener importante presencia George Bernanos (1888/1948) novelista, ensayista y dramaturgo francés.
Si bien Acción Francesa fue el más conocido del conglomerado de la derecha reaccionaria de Francia, hubo otros componentes del nuevo núcleo filosófico del gobierno colaboracionista de Vichy que provenían de diversos espacios, entre los que mencionaremos algunos, cuyos preceptos tuvieron influencia en el armado ideológico de esta nueva derecha, ahora en el poder.
La Ligue des Patriotes (Liga de los patriotas) fundada en 1882 por el poeta Paul Dérouléde (1846/1914), movimiento básicamente antisemita.
La Liga antisemita de Francia, de 1889, creada por el periodista Edouarde Adolphe Drumont (1844/1917).
En 1924 se constituye los Jeunesses Patriotes (Jóvenes Patriotas) dirigida por Pierre Taittinger, en donde sí podemos ver un intento de imitar cercanamente el estilo fascista, más en la forma que en su contenido, y no superó ser un pobre movimiento autoritario tradicional.
En 1925 George Valois crea La Faisceau (El Fascio) con una rotunda inspiración en los Fascios italianos, del cual toma hasta el nombre.
Otras vertientes desde la derecha anterior a 1940 son Solidaridad francesa, fundada por el millonario empresario del perfume Francois Coty, el movimiento Francisme (francismo) de Marcel Bucard, que hasta tuvo un acercamiento mayor que otros al propio Mussolini y gozó de cierto apoyo económico desde Italia.
Un espacio con mayor visibilidad y algún éxito cuantitativo fue la Croix de Feu (Cruz de Fuego) formado por Francois de La Rocque, y este movimiento fue la base del partido Social Francés, primer partido político realmente masivo de la derecha francesa.
Y, entre tantas cofradías reaccionarias, aparecen individualidades que dieron dirigencia orgánica al elenco político de Pétain como Marcel Déat y Pierre Renaudel, ambos ex dirigentes del socialismo francés, expulsados en 1933 por su fiero viraje hacia el fascismo.
En verdad, todas estas manifestaciones de las posiciones más reaccionarias de la política francesa, tienen cierto origen en lo que podría denominarse “la génesis derechista” que se remonta a la misma Revolución de 1789 con su distinción en el espectro político de la Asamblea, entre estos dos extremos y posteriormente cercano a 1830 en las posiciones de Joseph de Maistre y Louis de Bonald que fueron los contrarrevolucionarios y teóricos reaccionarios que justificaron la restauración borbónica en Francia.
Y se continua en una etapa media, pero más importante que transcurrió durante el caso Dreyfus (En 1894, un oficial francés judío, Alfred Dreyfus, fue arrestado acusado de traición y de trabajar para el servicio de inteligencia del Imperio Alemán. Era todo infundado y luego de años de prisión fue absuelto y reintegrado al Ejército)
Aquí aparece una nueva derecha y brota un nacionalismo, que hasta entonces era una ideología progresista y republicana y muta a tomar en forma negativa, valores étnicos y los suma con antisemitismo, odio a la masonería, xenofobia y hasta ataques a la práctica religiosa de los protestantes.
Establecido el gobierno de Vichy, estructurado su gabinete y dedicado a la gestión, consolidada su línea ideológica y política en base al conservadurismo, cierto catolicismo reaccionario y la idea de raza como valor de pureza nacional, Pétain y los intereses que representa en función de la nueva economía francesa, entienden que colaborar con los nazis, no es patrimonio exclusivo del similar pensamiento político sino que tiene una razón de supervivencia de Francia como potencia, crear un nuevo modelo de alineamiento internacional y seguir a Alemania, a la que estimaban gananciosa en la guerra y por lo tanto, futura nación líder en el mundo.
Hay un elemento, subjetivado en un dirigente de la política francesa, que cobra importancia a partir de junio de 1940. Se trata de Pierre Laval (1883/1945) cuya presencia protagónica en todo el periodo del gobierno Pétain, tiñe con fuerte impronta ideológica y política la gestión, y otorga indicios sobre las características fascistas o no, de dicha administración.
Laval, quien provenía de un suburbio obrero de París, la zona de Aubervilliers en la cual fue elegido diputado por el socialismo en 1914, recupera corporalidad política luego de la derrota militar de Francia en junio de 194, ya que había estado en un segundo plano luego de la victoria del Frente Popular en 1936, y lo hace precisamente porque arrastraba desde varios años atrás sus simpatías por el Tercer Reich alemán y por Adolfo Hitler. Y, en virtud del eje central de este trabajo, y su clara posición en cuanto a distinguir al fascismo de otras variantes autoritarias, la primera conclusión es que merced a la influencia de Laval en el nuevo gobierno, este se inclina hacia una posición pro nazi y no hacia el fascismo.
Laval es quien más insiste en que el gobierno de Pétain asiente sus reales en Vichy, descartando otras localidades más grandes e importantes como Toulouse y Lyon, bajo el argumento de haber sido, tradicionalmente, bastiones electorales de la izquierda.
Es Laval, designado el 27 de junio de 1940 vicejefe de Gobierno, y es él, más que Pétain, quien impulsa la colaboración total con el invasor alemán y se convierte en la figura principal del gobierno, aunque el juego político ubique al Almirante Jean Louis Xavier François Darlan (1881/1942) en la jefatura de ministros de la presidencia de Pétain, hasta 1942 en que asume ese cargo.
La relación de Laval en cuanto a alineamiento internacional se dio con la Alemania nazi fuera de cualquier vinculación cercana con la Italia fascista.
El Régimen de Vichy, sostuvo como lema el muy derechista “Patria, Trabajo y Familia” y su gobierno suspendió casi toda libertad pública, prohibió partidos políticos y los sindicatos fueron unidos en una suerte de confederación corporativa donde participaban los amigos del régimen.
El gobierno de Pétain, puede caracterizarse como autoritario, represivo, intolerante y con acciones de criminalidad interna por medio de la represión formal y oficial.
En ese sentido tuvo similitudes notorias con el régimen nazi alemán.
Tuvo un aspecto programático encarnado en lo que llamaban la Revolución Nacional que mostraba su absoluta convicción contraria a la democracia liberal, el antiparlamentarismo, el antisemitismo oficial, el corporativismo como organizador social de la comunidad, rechazo a la modernidad y el culto a la personalidad.
De Revolución tuvo poco pero sí tuvo mucho de reaccionario incluso poniendo en cuestionamiento valores que Francia traía desde su Revolución de 1789.
Formalizó una legalidad represiva y excluyente contra los que consideraba indeseables, donde encajaba a judíos, masones, inmigrantes, comunistas y hasta honestos liberales centristas. En estas medidas emparenta con acciones legales del fascismo en Italia a partir de 1938.
Tomaba como vector intelectual de estas medidas, las ideas de Maurras sobre los “Anti Francia” o lo que peyorativamente calificaba como extranjeros internos.
El gobierno francés, persiguió homosexuales, izquierdistas de todo tipo, gitanos y protestantes, hechos que lo emparentan con las políticas nazis mucho más que con el gobierno de Mussolini. Y sumó a su muestrario de gestión, políticas de corte natalista que tendían a forjar una imaginada raza francesa.
La interpretación sobre el carácter “fascista” del gobierno francés entre 1940 y 1944 también se torna compleja en función de situaciones internas del propio régimen. Más allá de las generalidades que ya hemos analizado existían entornos propios, íntimos y personales que otorgaban caracteres y rumbos distintos de acuerdo a quienes los impulsan.
Esto se explica en cierta lucha interna entre Laval, nazi convencido y los grupos admiradores del fascismo italiano que no siempre tuvieron acceso a funciones gubernamentales.
Recién en 1943 aparecen en cargos de responsabilidad oficial algunos antiguos fascistas franceses, ya que hasta entonces Laval se había ocupado que no tuviesen lugares de importancia.
Ya para entonces la suerte del régimen parecía estar echada.
En noviembre de 1942 dejó de existir como realidad, la zona no ocupada de Francia, y el gobierno de Pétain solo era una excusa formal alejada de toda calidad práctica como gobierno. La seguridad interna y la policía en toda Francia quedaron completamente bajo mando de la Gestapo.
Recién en esa fecha, dejaron de tener representación diplomática, al más alto nivel, ante el gobierno de Vichy, Estados Unidos, Canadá y Australia.
La URSS, no tuvo inconveniente en tener su embajada hasta junio de 1941, es decir durante el primer año de gobierno de Pétain y cuando éste, cometía crímenes y persecuciones.
Cuando las fuerzas aliadas desembarcan en Normandía, en junio de 1944 la experiencia de esta rara Francia, legal y dictatorial, formal e informal, criminal e institucional, toca su absoluto final-
Se combate en territorio francés y hay dos batallas claves, la de Caen y principalmente la de la bolsa de Falaise (La bolsa de Falaise) fue el nombre del cerco al que las fuerzas aliadas sometieron a las alemanas en Normandía en agosto de 1944, al sur de Falaise y al oeste de Argentan, que aceleran la retirada del gobierno de Pétain de su propio territorio. Y a esto se une la actividad, dinamizada y a gran escala de la Resistencia, aumentada en número y envalentonada por la llegada de las fuerzas regulares aliadas, que golpea cotidianamente a las tropas alemanas y a la Milicia colaboracionista francesa.
A partir de ahí, entre el 17 y el 20 de agosto, parte al exilio el gobierno de Vichy.
Junto a Pétain y Laval, son evacuados a Alemania, entre otros, el ex comunista Jacques Doriot (1898/1945) quien había sido obrero metalúrgico y secretario general de las Juventudes del Partido Comunista Francés, ex diputado por el distrito Saint-Denis en 1924 y que distanciado de estas posiciones, funda el Partido Popular Francés en 1936 y se opone ferozmente al Frente Popular y desde 1940 es partidario de la colaboración con los alemanes y llegó a combatir como parte de la Legión de Voluntarios Franceses en el frente ruso junto a las tropas alemanas.
También salen de Francia, entre los más destacados: Marcel Déat (1894/1955) Otro ex socialista de los tantos que viraron hacia la derecha francesa. Fue diputado del Partido Socialista hasta 1933 en que lo expulsan luego de que tomara cercanía, en 1930, con posturas nacionalistas lindantes con el fascismo, y en ese damero de equívocos y transfuguismo que muestra la historia francesa, titula su espacio como Derecha Neosocialista, todo dentro del SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera) que era el nombre del partido de los socialistas de Francia.
También, entre su tránsito de socialista y fascista, tuvo tiempo para ser militar, alcanzando el grado de capitán y mereciendo la Legión de Honor.
Otros de quienes partieron hacia Alemania fueron el ministro de Educación de Pétain, Abel Bonnard, el famoso e internacionalmente apreciado escritor, y también médico, ultra antisemita Louis-Ferdinand Céline (1894/1961) cuyo verdadero nombre era Louis Ferdinand Auguste Destouches, quien establece en las letras universales un estilo original que modernizan la literatura y lo hace principalmente en su obra más famosa “Viaje al fin de la noche” considerada por Le Monde como una de las mejores novelas del siglo20.
También viaja y escapa de Francia, Paul Marión (1899/1954) otro de los ex comunistas y ex socialistas virados al fascismo y al nazismo. Marión fue periodista e incluso entre 1927/29 vivió en Moscú como parte del Bureau de propaganda del Komintern (Internacional Comunista). Luego fue uno de los fundadores del PPF y ocupó desde 1941 el cargo de secretario general de Información y Propaganda del gobierno francés en Vichy., Se suma a la huida Lucien Rebatet (1903/1972), conocidos por su seudónimo de François Vinneuil, periodista, ensayista y crítico de cine. Destacado por su antisemitismo y su adhesión a la Alemania hitleriana.
Otro que escapa es Joseph Darnand (1897/1945), jefe de la temida Milicia francesa y entusiasta colaborador con los nazis, quien lo hace en compañía de casi 5500 miembros de la Milicia con los que luego pretende formar un batallón especial de franceses para combatir en Italia a los aliados.
Darnard fue organizador desde 1930, amén de su militancia en la Acción Francesa de Maurrás, de La Cagoule, o los cagoulards (encapuchados) que era una formación ultraderechista que perseguía a izquierdistas y liberales e incluso llegaron a planear un golpe o alzamiento fascista en Francia.
Antes de formar, alentado por los alemanes, la Milicia Francesa, Darnard fue miembro de las SS y cumplió con el juramento de lealtad al Fuhrer y hasta tuvo un grado, el de Sturmbannführer, equivalente a Mayor en el ejército, en las Waffen SS.
En el lugar alojados por los alemanes, Sigmaringen, ciudad del sur de Alemania localizada en el Estado federado de Baden-Wurtemberg, en la Región Administrativa de Tubinga, los restos gubernamentales de Vichy intentaron crear una suerte de “gobierno francés en el exilio” al que llamaron “Comisión gubernamental para la defensa de los intereses nacionales», pero los dos principales referentes Pétain y Laval, por distintos motivos, se negaron a ser parte de ese fracasado colectivo, quedando como jefe de esa Comisión Fernand de Brinon 885/1947) periodista francés y simpatizante nazi que ocupara el cargo de Embajador de Vichy ante el territorio ocupado por los alemanes.
En una de las tantas divisiones existentes entre quienes participaron del modelo del Estado Francés entre 1940/44, a este supuesto gobierno del exilio, se le enfrentó un Comité de Liberación, que desde la ciudad de Konstanz ciudad ubicada al sur del lago de Constanza y fronteriza con Suiza, y dirigido por Jacques Doriot intentó alternativizar la continuidad de la lucha contra los aliados.
Continuidad inexistente para ambos, ya que ninguno contaba con el patrocinio alemán, único sustento al que podían acudir en esos momentos.
El destino de la mayoría de los mencionados como parte del Régimen de Vichy fue la prisión o la muerte.
Tres puntos pueden abordarse como corolario de este escrito.
Desde la brevedad de un segmento final y, tal vez, con el compromiso de un trabajo futuro, ad hoc y especial sobre el tema.
Son, las profesiones y el antisemitismo de muchos de los colaboracionistas.
La distinción entre nazismo y fascismo de los derechistas franceses.
Y, la legalidad y valor como tal del gobierno de Vichy.
Es destacable, y por eso se mencionan muchas de las profesiones ejercidas por colaboracionistas y simpatizantes, tanto del nazismo como del fascismo, la cantidad de intelectuales existentes entre ellos.
Poetas, escritores, ensayistas, críticos literarios y de cine aportaron su esfuerzo a la consolidación, durante cuatro años, de un gobierno oprobioso, criminal, represivo y racista, sin que sus formaciones, más vinculadas a lo humanista hubiesen sido freno para la tarea inmoral que llevaron adelante.
Probablemente esto se deba a una adscripción de tipo intelectual al antisemitismo, idea muy arraigada en los niveles educativos que transitaron en forma muy contemporánea.
Y no pudieron o no supieron o no quisieron, distinguir entre el antisemitismo como concepto filosófico y religioso e incluso racial con el antisemitismo como práctica concreta de asesinar millones de personas en virtud de esta diferencia al profesar religiones.
Y cada uno de ellos fue en potencia, sino en lo fáctico, un asesino.
Un tema a tratar como parte de este trabajo es la distinción en Francia y en su gobierno desde 1940, entre fascistas y nazis, ya que la historiografía más abundante y pacíficamente aceptada no hace esta distinción, utilizando erróneamente en forma de sinónimos ambas identidades políticas, lo que torna complejo hallar datos que verifiquen una u otra acepción e, incluso sus pertenencias orgánicas formales no son salvo escasos casos identificadas como pronazis o profascistas. Se pueden apreciar temporalidades y mutaciones ya que algunas organizaciones de la derecha francesa que entre 1920 y 1933 se orientaban en los márgenes del fascismo, giraron hacia el nazismo luego de la llegada de Adolfo Hitler al poder.
Bajo diversos nombres se conoce al gobierno francés en el periodo 1940/1944, y en verdad al no ser un gobierno que surja como continuidad institucional o natural de otro y preceda a su sucesor con los mismos valores, es dable la complejidad para caracterizarlo y ubicarlo en un concierto legal adecuado. Se acude a calificaciones como colaboracionista, traidor, gobierno títere, pero estas definiciones no encuadran su real naturaleza.
La Francia de Vichy, la Francia no ocupada, el Régimen de Vichy son algunos de los nombres que los historiadores utilizan.
Lo oficial corresponde al nombre Estado Francés (Etat Francais) ya que abjura del sentido republicano imperante hasta ese momento y por ende niega la utilización del término República como denominación del país. En realidad, el surgimiento de este gobierno interrumpe una prolongación institucional de la Tercera República francesa y no es casual en función del contexto epocal que se quiera dar un quiebre con cualquier continuidad del gobierno anterior.
El término república es retirado de la habitualidad formal y de toda documentación oficial para quebrar identidades con lo anterior, mostrar una nueva Francia y porque el modelo a seguir rompía tradiciones republicanas como la división de poderes, las libertades públicas y la existencia de partidos políticos. Tres datos que desaparecen del nuevo Estado Francés.
Por eso al Mariscal Pétain se lo nomina como Jefe del Estado francés, quedando para Pierre Laval el cargo de Presidente del Consejo de Ministros.
¿Cuál es la legalidad de estos actos políticos y administrativos? ¡Toda!
Recordemos que una vez invadida por Alemania, el gobierno de Paul Reynaud, su Consejo de Ministros y el Parlamento, se reúnen en Burdeos donde se realizan actos de gobiernos revestidos de absoluta legalidad como la renuncia del presidente del Consejo, la solicitud a Pierre Laval de que forme gobierno, la aceptación de la propuesta de éste de designar a Philippe Pétain como Presidente del Consejo de Ministros, la votación de diputados y senadores, quienes por mayoría lo eligen y el otorgamiento de plenos poderes gubernamentales al nuevo jefe de estado.
Toda la legalidad puesta de manifiesto en formas habituales que el derecho y la constitución de 1875 garantizaban.
Y, es más, el 17 de junio los propios parlamentarios transfieren sus funciones legislativas a Pétain, aceptando la renuncia de su autoridad como poder del estado y dejando en manos exclusiva del Poder Ejecutivo la totalidad de la función pública.
Esa misma tarde, con la situación complejizada por idas y venidas e incluso no finalizada la voluntad de algunos funcionarios, como Reynaud, de continuar la lucha desde las posesiones coloniales francesas, el viceministro de Defensa, general de brigada Charles de Gaulle huye hacia Gran Bretaña expresando su oposición al tratado de paz con Alemania y una vez en Londres, llama al pueblo francés, a los que se quedaron en su país sin poder escapar, a continuar la lucha.
Claro que todos estos aconteceres resultaron de una situación ajena a la normalidad y a formas transicionales regulares, cuál era la presencia de los alemanes dominando Francia y su presión militar y política para que se forme un nuevo gobierno, amigo de ellos y con una clara posición de apoyo al nazismo.
Las necesidades del momento, sus urgencias, sus pasiones, sus posibilidades y sus cobardías y valentías entran todas en esa realidad ineludible para comprender lo hecho por cada protagonista de la época. Pero también, y es cierto que desde la comodidad del tiempo transcurrido y el no tener que ser actor de decisiones ingentes y fundamentales para el momento, hacen que el historiador encuentre en su investigación y, sobre todo, en su interpretación, valías y disvalias diferentes.
A mi juicio, está fuera de debate la legalidad original del gobierno francés de Vichy, por las propias condiciones legales que lo instituyen y porque no existe fuera de ese modelo de poder, ninguna otra figura institucional que exhiba la posibilidad de representar a Francia como una Nación.
No lo era de Gaulle en Londres, no lo eran los nazis en París y eso dejaba a Pétain y su gobierno, desde el balneario de Vichy, como única expresión con la legalidad y potestad para el Estado francés.
La legitimidad de origen, para cualquier gobierno, tiene, desde ya y como su nombre lo indica, un comienzo, más no es eterna sino se consustancia con legitimidades de gestión que vayan validando esa condición. Y en este caso, resulta obvio la pérdida de esa legalidad ética en virtud del sistema de gobierno impuesto por Pétain.
Tiene cierta posibilidad de debate, la declaración en julio de 1944 cuando París era liberado, en cuanto a definir al gobierno de Vichy como “ilegítimo, nulo y sin efecto”. Expresión ésta utilizada por el general de Gaulle y que tuvo incidencia y peso en los juicios seguidos contra funcionarios del régimen anterior y contra el mismo Pétain.
Estimo más esas palabras como parte de un discurso político que auguraba una nueva era que una verdad legal o un posible axioma de derecho.
Máxime considerando que esa proclama, al negar toda condición de legalidad y legitimidad al gobierno francés de Vichy y de alguna forma borrando de la historia cuatro años de un gobierno (colaboracionista, pronazi, criminal, conservador, reaccionario, antinacional etc. ¡pero gobierno al fin!) que existió, fue francés y administró el territorio que tenía como pais, daba por sentado que aquella Tercera República nunca había dejado de existir.
Y, en verdad, no existía desde junio de 1940.
Algunos comentarios sobre la globalidad fascista
Probablemente, una mirada histórica más metódica presente datos diferenciadores entre todas estas experiencias autoritarias y el modelo fascista en su versión original.
El especialista en fascismo, el inglés Roger Eatwell (Londres 1949) dice acertadamente que hay una habilidad “sincrética” del fascismo en “ser interpretado de manera diferente por grupos diferentes” y esto nos coloca ante una natural duda sobre concretas y cerradas definiciones sobre esta tradición política, en cada lugar del mundo donde se pretendió actuar en nombre de esta identidad política.
Y otra variable necesaria para abordar esta investigación es tomar en cuenta la relación dialéctica entre los “dueños de la franquicia” (en este caso tomamos no solo al fascismo original italiano sino también al nazismo alemán) y su reconocimiento como pares o conmilitones a quienes en el resto de mundo aseguraban su fidelidad a los principios rectores de esas políticas, a sus conceptos ideológicos y a sus prácticas de gobierno.
Y como detalle que interesa al tema, es útil estudiar a la autopercepción en la calidad de “fascistas” que asumen, o no, los gobiernos y las organizaciones detalladas anteriormente.
Suponiendo una versión espejo y en contrario de la dialéctica, vemos que, en lugar de analizar un problema por medio de los contrarios y sus contradicciones, en este caso tomamos las similitudes y sus acercamientos para comparar el fascismo original italiano con quienes, en la historia y en el mundo, poseyeron per se o ab aliis (por sí mismo o por otros) esa misma nomenclatura.
Uno de los pensadores que más abordó el tema del fascismo el historiador Emilio Gentile (Italia 1946) concluye, todavía en 2004, que “el fascismo aún parece un objeto misterioso e huidizo del intento de una clara y racional definición histórica”.
Esta sola y clara definición debiera servir para poner lejanía en el uso indiscriminado del término fascismo, tanto en versión adjetiva como en su calidad de sustantivo y en sus valoraciones políticas tomándolo como insulto o como elogio.
Sí, podemos no coincidir, desde una interpretación histórica más asentada en la mirada política, algunas consideraciones clásicas de serios investigadores del fascismo como Renzo De Felice quien da entidad cosmopolita al fascismo, quitándole carácter original a la experiencia italiana y colocando esa tradición como un “fenómeno epocal” que tuvo diversas expresiones en Europa y en otras regiones y continentes.
Ante la frase de De Felice “es necesario asumir que el fascismo no fue solamente el fenómeno italiano con este nombre “, es válido preguntarse ¿cuáles serían para este autor los fenómenos políticos no italianos que pueden llamarse fascismo?
Claro que hay posibilidades de asignar la categoría política de fascismo a otras experiencias si se agregan algunas características que distinguen las modalidades en que se expresa. Por ejemplo, se puede considerar un “fascismo empírico y un fascismo sistemático” y también se puede distinguir entre fascismo como régimen y fascismo como movimiento o ideología.
En verdad ambas distinciones no aportan mucho a este estudio. Stanley G. Payne (EEUU 1934) en su obra El Fascismo dice que “el fascismo italiano fundado en 1919 se vio enseguida seguido de imitaciones y paralelismo o de movimientos un tanto análogos en muchos otros países europeos”.
Hubo fuerzas poderosas de carácter aparentemente similar que adquirieron pujanza en la Europa centro oriental y en España durante el decenio de 1930 de tal modo que muchos historiadores califican a la generación previa a la 2GM como la “era del fascismo en Europa”, pero luego de esta apreciación que realiza sobre el carácter internacional del fascismo y su ubicación como tal en muchos países, Payne reflexiona, tal vez impelido por tamaña definición y afirma que “la extensión de este adjetivo (fascismo) a la descripción de todo un periodo en la historia de Europa ha introducido tanta confusión como claridad o comprensión pues lo que el concepto gana en amplitud lo ha perdido en precisión”. E inmediatamente agrega “es probable que el término fascismo sea el más vago de los términos políticos contemporáneos”.
En verdad no se aprecia en la cercanía temporal del ascenso al poder de Benito Mussolini en Italia, un movimiento tan amplio de “fascismos” como afirma Payne, en Europa y mucho menos paralelismo con un fascismo de poder como en Italia. Tampoco en España donde las formaciones más análogas al Partido Nacional Fascista italiano como la Falange distaban mucho de ser un movimiento de poder. Salvo cuando lo compartieron con el Ejército, los monárquicos y, sobre todo, con Francisco Franco. Y mucho menos, cerca de ningún poder, la formación política más “fascista” de España que fue el Partido Nacionalista Español fundado y liderado por el médico valenciano José María Albiñana. Intrascendente a la hora de contar la historia de ese país.
Por todo esto, es mucho más entendible el Payne que reconoce vaguedad en la posibilidad de interpretar al fascismo.
Fascismo internacional
Otra posición recurrente es la que coloca al fascismo en una globalización internacional como parte de su propia característica.
Se le asignan actuaciones internacionales, conspiraciones y proponer “franquicias” en distintos lugares del mundo, desde sus casas matrices de Roma y Milán.
En verdad, no hay muchos datos certeros y verificados en la historia que abonen esta posibilidad.
Hubo, es cierto, una presencia italiana en el conflicto civil español (1936/1939) con la intervención de tropas de sus Fuerzas Armadas (lastimosa presencia del fascismo en todos los terrenos militares que participó) apoyando al bando insurrecto y golpista del general Francisco Franco, pero no existen testimonios de que esto constituyera un paso para asegurar alguna presencia de formaciones fascistas en España.
Franco no era fascista y la principal formación política con simpatía y relación con Mussolini era la Falange Española, que a su vez mantenía tirantes, distantes y conflictivas relaciones con Franco.
Uno de los más destacados dirigentes de las derechas españolas y propulsor del fascismo en España, Ramiro Ledesma Ramos, quien también fue ensayista y filósofo, y que fue fundador de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas) y que al unir su espacio con la Falange de José Antonio Primo de Rivera le dio fortaleza a la nueva conformación (Falange de las JONS), fue claro en una definición acerca del carácter global del fascismo: “Fácilmente se comprenderá que cuantas veces utilizamos aquí la palabra «Fascismo» lo hacemos como una concesión al vocabulario polémico mundial, pero sin gran fe en la exactitud expresiva, ya que, por nuestra parte, nos inclinamos a negar al fascismo propiamente dicho características universales”
Por su parte, la figura más importante del falangismo Primo de Rivera, al colocar intelectualmente al fascismo bajo el concepto de Patria, le quita toda connotación internacional, valor este que dejaba para sus enemigos del comunismo: “Es una idea: la unidad. Frente al marxismo, que afirma como dogma la lucha de clases, y frente al liberalismo, que exige como mecánica la lucha de partidos, el fascismo sostiene que hay algo sobre los partidos y sobre las clases, algo de naturaleza permanente, trascendente, suprema: la unidad histórica llamada Patria. José A Primo de Rivera”
Y el propio Benito Mussolini llamó al fascismo “un producto exquisitamente italiano, no exportable”.
Existe un episodio histórico que intentó, con aciaga suerte, modificar el carácter nacional del fascismo. Fue un Congreso fascista.
No existieron significativos episodios de reuniones internacionales entre fascistas originales, fascistas potenciales y aspirantes a constituirse en organizaciones fascistas.
Es un dato importante, en virtud que algunas literaturas modernas sobre el tema asignan carácter universalista e internacional al fascismo original.
En verdad eso no ocurrió como dato histórico y político concreto.
Y no es menos importante para esta escasa cantidad de encuentros internacionales fascistas o filo fascistas entre 1922 y 1944, el casi nulo interés de quien hubiese podido motorizar una fuerte internacional derechista bajo su égida, que era Benito Mussolini.
Es interesante repasar un suceso que intentó abrir el camino para un marco que brinde cierta universalidad al fascismo y que ocurrió en 1934, cuando ya en Italia esa identidad llevaba doce años de gobierno, conducción política de la Nación y manejo en unicato del Estado y desde un año atrás había llegado al poder en Alemania, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán y Adolf Hitler había comenzado su mandato como canciller y la modificación infraestructural de la administración pública, la legislación y los usos republicanos vigentes en Alemania, para entrar de lleno en un modelo dictatorial.
O sea, que las condiciones de impulso, en caso de haber querido una concreción real de un fascismo con entidad mundial, eran óptimas. Sin embargo, eso no ocurrió.
Congreso fascista de Montreux (Suiza) 16/17 de diciembre de 1934
Fue un Congreso, conocido luego en la historia como “La Conferencia Fascista de Montreux”.
El encuentro se realizó en Montreux, Suiza entre el 16 y 17 de diciembre de 1934.
Participaron organizaciones que se reconocían como fascistas en distintos países de Europa y también dirigentes en forma individual.
La organización y la presidencia de esa reunión estuvo a cargo del “Comitati d’Azione per l’Universalita di Roma” conocida por su sigla CAUR.
Si bien la CAUR era una suerte de red semioficial italiana, avalada y en algunos momentos apoyada por el régimen fascista gobernante, no destacaba por su importancia como organismo político.
Es cierto que tuvo en un comienzo, en 1933, el interés en hallar formas que mancomunen una suerte de fascismo universal, lo cierto es que terminó fungiendo como validadora de “certificados” para quienes en cada país solicitaban su adscripción. Y esa tarea, más política que ideológica, más administrativa que creadora de lazos filosóficos universalizados, logró desvirtuar sus propósitos originales.
Pero también ocurrió que a la hora de definir marcos conceptuales que unifiquen valores, calidades, principios, ideas y perspectivas del fascismo como dato intelectual, surgían diferencias y obstáculos para acordar en los mismos.
No había un “fascismo universal” como coincidencia en todo su volumen teórico, práctico y filosófico.
Aparecieron distancias entre sus integrantes y sus aspirantes en tan importantes valores como el racismo, el papel del Estado, la violencia, las prácticas liberales del republicanismo, el antisemitismo, el corporativismo y algunas otras cuestiones que tuvieron en debate.
A pesar de esto, había un cierto “piso de identidad” y eso permitió a la CAUR reconocer en 39 países a espacios políticos que podrían ser identificados como fascistas.
En esa categoría ubicaban a todos los países europeos con exclusión de Yugoeslavia y agregaban extra continente a fuerzas derechistas (y no solo de esta ubicación en los dameros políticos) de Canadá, Australia, Estados Unidos y agrandaban su propio códex con grupos de África del Sur, Asia y América Latina.
En la Conferencia de Montreux asistieron parte de los que desde hacía un año figuraban como integrantes de la potencial internacional. Fueron 13 países europeos donde destacaban representantes del primer partido fascista español, el de Ernesto Giménez Caballero (luego intrascendente dentro de la Falange Española y de las JONS), la Guardia de Hierro rumana con Ion Mota al frente, estuvo Vidkun Abraham Lauritz Jonssøn Quisling del Nasjonal Samling de Noruega y luego en 1940 y con ayuda de los nazis gobernante de su pais, hubo delegados de la llamada Guardia Nacional de Irlanda que en realidad era el nombre adoptado, por Eoin O ́Duffy para su agrupación pro fascista a partir de 1933 y una vez defenestrado por el gobierno irlandés de todos los cargos importantísimos que había tenido. O ́Duffy había sido oficial jefe del IRA y condujo luego de 1936 durante la guerra civil española una Brigada Irlandesa que luchó junto a los golpistas del general Franco. Sus seguidores fueran conocidos como Camisas Azules (blueshirts).
Visitaron la ciudad suiza para estar en el Congreso, Antonio Eça de Queiroz jefe de Acçao Escolar Vanguardia (Organización portuguesa derechista de jóvenes estudiantes), Marcel Bucard del Partido Francista francés (el movimiento francista era un partido de tipo fascista que luego de 1940 colaboraría con los nazis ocupantes de Francia), y comisionados de organizaciones de Lituania y Grecia entre otros.
También enviaron su gente Campo Nacional Radical-Falangista de Polonia (ONR-Falanga), el Movimiento Lapua de Finlandia (Lapuan Liike), la Unión Nacional de Portugal (União Nacional), la Unión Británica de Fascistas del Reino Unido (BUF), el Frente Patriótico de Austria (Vaterländische Front, VF), la Cruz Flechada o Movimiento Hungarista de Hungría, el Zveno de Bulgaria, el Rexismo de Bélgica, el Movimiento Nacional Socialista holandés (Nationaal-Socialistische Beweging in Nederland, NSB), el Partido Popular Eslovaco o Guardia de Hlinka de Eslovaquia (Slovenská ľudová strana, SĽS) y el Movimiento Ustacha de Croacia.
No hubo representación oficial del nazismo alemán. Esto habla de la distancia que en 1934 existía entre el fascismo y el nazismo, tanto en su faz filosófica e ideológica como en sus alineamientos internacionales. También es de destacar que poco antes de este encuentro en Suiza, los nazis habían asesinado al canciller pro fascista mussoliniano de Austria Engelbert Dollfuss, por lo que se supone el nulo interés del Duce italiano en compartir ámbitos con delegaciones oficiales alemanas.
Otro dato “color” está dado por una aclaración de José Antonio Primo de Rivera el cual asignó carácter a título personal de miembros de su organización, negando que la Falange participara oficialmente.
Y junto a la ausencia nazi, la otra falta destacada fue la de Sir Oswald Mosley, fascista británico y diputado del parlamento y figura, en esos tiempos, importante para la política europea. Jefe de la organización Unión Británica de Fascistas.
Desde el inicio los debates marcaron lo que sería la frustración de crear una internacional que agrupe partidos, sectores y organizaciones que veían en el fascismo un faro político. Y que en alguna manera debiera ser la contraparte de la Tercera Internacional comunista.
No fue ajeno a este malogro, cierto enfrentamiento ideológico entre los dos tipos de fascismo, los partidarios del fascismo italiano y los del nacionalsocialismo alemán, que, si bien no presentaron representante oficial, mandaron algunos agentes a presenciar el encuentro y también expresaba posiciones algunos partidos pro nazis.
Un historiador español, Íñigo Bolinaga Irasuegui, en su “Breve historia del fascismo” es quien sostiene que había dos escuelas que podían y pugnaban por representar al fascismo en Europa. Esto a partir del ascenso al poder de Hitler en 1933, por lo que bien pudo hacerse desatado esa controversia en el Congreso de Montreux. “Por un lado la alemana, con un nacionalismo más romántico y acorde al que nació en el siglo XIX, cargado de antisemitismo, y que aspiraba a un control total del Estado y, por otro lado, la escuela italiana en la que se englobarían los fascismos occidentales, por ejemplo, con un nacionalismo más liberal, propio del siglo XVIII, y más tendente al corporativismo”
También apuntó a no hallar total comunidad de intereses, los entredichos de los fascistas irlandeses con los británicos, donde estos últimos plantearon su apoyo a una Gran Bretaña grande en la cual estuviera integrada Irlanda, a los que los de la Guardia irlandesa respondieron desde su nacionalismo e independentismo, con la propuesta, de una Irlanda grande que incluiría a Irlanda del Norte.
Hubo discusión en torno al antisemitismo y mientras delegados rumanos, daneses y suizos lo planteaban como eje central de su política, los mismos italianos, portugueses y los irlandeses negaban esa condición.
Es sugestivo que en 1934 y en medio de un conclave lleno de derechistas y filo fascistas se arribe a una frase para cerrar el tema del antisemitismo que decía “la cuestión judía no se puede convertir en una campaña universal de odio en contra de los judíos».
En este tema, la presencia italiana, sobre todo en la voz de Eugenio Coselschi, fue clave. No había en la Italia mussoliniana, clima racista ni antijudío. Ni lo creían de importancia como dato de construcción política y de poder.
Y ya en las mociones finales, aparece más como significante que como significado el reconocimiento (mayoritario mas no unánime) y henchido de formalidad tan cara al fascismo italiano, de Benito Mussolini como “fundador y jefe del fascismo internacional”.
Consigna y bandera ésta que solo se alzó en el final de ese congreso ya que no existió ningún fascismo internacional.
En definitiva, es razonable suponer la dificultad de aunar miradas, prácticas, ideologías, culturas en un espacio donde el ultra nacionalismo primaba como valor de los participantes. Sus reivindicaciones, colisionaban en virtud del carácter propio de las reclamaciones de cada país.
A este congreso continuaron, en declive de importancia y presencias, tres reuniones, que tenían como objetivo la convocatoria a un segundo Congreso: la primera fue en enero de 1935 en París, la segunda en Ámsterdam entre 29 y 30 de marzo de 1935, y la tercera en Montreux el 11 de septiembre de 1935. A esta reunión le sucedería un Congreso, en esa misma ciudad suiza, que fue llamado para diciembre de ese año y no se realizó. Destaco que esta última reunión de Montreux, algunos historiadores la toman como ese segundo Congreso no efectuado. No existen muchos datos al respecto.
En ese cónclave de Montreux, si asistió José Antonio Primo de Rivera y tuvo una brevísima participación ya que solo fue para expresar que si bien tenía simpatías políticas por los participantes Falange Española no participaría pues no acordaban con ninguna estructura internacional y su movimiento y lucha eran estrictamente nacionales.
Si bien fue recibido con aplausos y se solicitó un minuto de silencio por los “mártires falangistas que regaban las calles españolas”, José Antonio no fue benigno, en sus palabras, a los efectos de sumar la Falange a alguna organización supranacional: “Les agradezco sinceramente la acogida conmovedora que me han dispensado, no solo a mi, sino a la Falange Española que lucha día a día en las calles ensangrentadas de mi pais. Me siento conmovido por vuestro recibimiento y os restituye el sincero saludo de la Falange Española y el mío propio.
Me veo obligado, por el momento, de no poder tomar parte en los trabajos de vuestra comisión. España no está aún preparada para unirse, a un movimiento de carácter no sólo internacional, sino supranacional y universal.
Y ello no sólo porque el carácter español es demasiado individualista sino también porque España ha sufrido mucho por culpa de las internacionales. Nosotros estamos entre las manos de al menos tres internacionales: una masónica, otra socialista y otra capitalista con dependencia de otros poderes, de carácter extranacional, que intervienen en los asuntos españoles.
Si aparecieran ante la opinión pública española unidos a otro movimiento, y ello sin una preparación lenta, profunda y difícil, la conciencia pública española e incluso la conciencia democrática protestarían”
Como interesante dato para argentinos, en los archivos de la reunión de Ámsterdam del 29 y 30 de marzo de 1935, figura el comienzo de la reunión cuando su presidente, el italiano Eugenio Coselschi (quien fuera secretario personal de D’Annunzio durante la empresa de Fiume), a su vez presidente del “Comitati d’Azione per l’Universalità di Roma”- CAUR, da la bienvenida a un ignoto Partido Fascista Argentino que pide integrarse: “Tengo el placer de anunciarles que el Partido Fascista Argentino envía su saludo y acepta todas las deliberaciones votadas en Montreux”
El Partido Fascista Argentino (PFA) fue un partido político argentino, de breve existencia, intrascendente y del cual se ignoran datos sustanciales, de ideología fascista que existió entre 1932 y 1936 y fue fundado por ítalos argentinos.
Sus dos dirigentes más conocidos fueron Nicholas Vitelli que estructuró el partido en la provincia de Córdoba (Argentina) y quien a su muerte en 1934 fue sucedido por Nimio de Anquin.
No queda material de archivo de la mayoría de estos encuentros, salvo el de Ámsterdam que fue recopilado por Asverio Granelli, un fascista italiano, que dirigió la revista” Octubre” y que era uno de los impulsores de un fascismo universal.
Hoy el archivo Granelli se conserva como parte del “Archivo” de Renzo De Felice.
No sirvieron estos congresos y reuniones para lograr una síntesis común sobre el fascismo y su importancia como aglutinador mundial. No hubo unidad global de formaciones fascistas en un solo núcleo conductor.
Pero a quienes sí, les sirvió fue a la Tercera Internacional comunista, que temiendo que estos cenáculos dieran frutos unitarios, decidió modificar su rumbo de “clase contra clase” con único eje de trabajo y con exclusividad social, entre los obreros y acordó impulsar coaliciones electorales y movilizadoras con los llamados Frente Populares, donde reunió a socialdemócratas, liberales, republicanos, comunistas, anarquistas y en general, moderados y centristas.
Y con estas expresiones amplias triunfó en las elecciones de Francia y de España, ambas en 1936.
(Datos sobre el Congreso de Montreux: Metapedia, Wikipedia, Notas del neofascista Giancarlo ROGNONI
Distinciones entre fascismo y otras formas autoritarias, represivas e intolerantes.
Tomemos cuatro episodios históricos, relevantes en cuanto a su consideración común en términos de dictaduras. Y como parte de distinguir el tan común uso del término “fascismo” como englobador de toda forma dictatorial.
El franquismo (gobierno del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde en España, entre 1939 y 1975).
Fue una dictadura nacida de un golpe militar triunfante, aunque en el medio ocurriera una guerra civil que duró 3 años.
Vemos en este sistema de gobierno español una dictadura del ejército con escasa presencia de las sociedades políticas civiles adherentes al régimen.
Esto se contrapone con algunas miradas que con dudoso rigor histórica adjudican preeminencias de gobierno en torno al “falangismo” y a partidos y grupos monárquicos y conservadores, los cuales desde ya aportaron individualidades a cargos ministeriales, pero fueron carentes de decisiones políticas y de gobierno, quedando esto solo en manos del generalísimo Franco, que incluso era remiso a tener consultas sobre actos de su gobierno con las Fuerzas Armadas, alineadas en forma vertical a su mando.
El ejército cede el poder del Estado español a Franco, quien ejerce un mandato unipersonal e incluso rodeado de cierto boato con reminiscencias monárquicas (otorga títulos de marquesados y Grandes de España).
Se la puede calificar como una dictadura personal y PARI (política autoritaria, represiva e intolerante) con acciones de “criminalidad legalizada”) cada muerte oficial de un opositor a manos del Estado, y fueron miles, era previamente formalizada en un juicio y en una sentencia, donde la legalidad no existía más que en las apariencias del procedimiento, ya que en su mayoría e incluso dentro de los mismos cánones del derecho español, antes de ser modificado ad hoc para juzgar a los vencidos de la guerra civil, el 90% de las condenas a muerte eran totalmente injustas e improcedentes).
El fascismo italiano (gobierno de Benito Mussolini en Italia entre 1922 y 1943)
Fue una dictadura de partido. El fascismo, organizado en el Partido Nacional Fascista tuvo existencia real durante todo el gobierno de Mussolini y su órgano principal, el Gran Consejo Fascista no fue solo un convidado de piedra en el andamiaje de la acción de gobierno. Tuvo sus episodios de conflictos (Farinacci y otros) mostró signos de diferencias y alineamientos (extremistas y moderados) y sí cedió mando y protagonismo al Duce en virtud de acuerdos políticos y convicción en la calidad y ventajas de otorgar esas facultades.
El origen de este gobierno reviste formas institucionales y democráticas. Benito Mussolini, al uso y costumbre habitual es convocado por el Rey Victo Manuel III a formar gobierno, en 1922, cosa que realiza dentro de marcos de legalidad y con vigencia de una justicia independiente y un Parlamento en funcionamiento con mayoría opositora.
Con ligeras variaciones esta modalidad persiste hasta 1925 donde comienza una etapa de cercenamiento de libertades, violencia contra la oposición y una serie de modificaciones legales que otorgan poderes extraordinarios al gobierno y al Poder ejecutivo incluso cambiando formas de representación electoral lo que redunda en la primacía absoluta y unitaria del Partido Nacional Fascista.
Hay un dato distintivo del fascismo italiano respecto al franquismo y al nazismo. Y que no es menor. Durante los 21 años que duró el gobierno, siempre hubo una figura legal, simbólica y con poder superior al del Duce, que era el Rey. La institución monárquica jamás perdió la potestad de morigerar y hasta podía hacer caducar los gobiernos que en su nombre ejercían el poder. Incluso esta instancia de jerarquía formal no carecía de un poder físico concreto como era el dominio sobre las Fuerzas Armadas que juramentadas ante el Rey, obedecerán antes que a nadie sus órdenes.
Esto no ocurrió ni en España ni en Alemania donde el único poder devenido del manejo del Estado y su capacidad de coerción y represión era tributario de Franco y de Hitler, sin traba legal, formal y concreta alguna.
Tal es la importancia del Rey y del Partido, que el desalojo del poder del fascismo ocurre cuando ambas instituciones ejercen las “legalidades democráticas” que les corresponden, el Consejo fascista vota y por mayoría gana la moción de que Mussolini deje de presidir el gobierno italiano y a las horas el Rey manda detener al Duce.
El fascismo llega al gobierno y se va del mismo, con formas correspondientes a la institucionalidad italiana vigente en ese tiempo.
El nazismo
Fue una dictadura personal sostenida en inadmisibles pero concretos apegos a culturas de obediencia a jerarquías en los poderes del Estado.
Respecto a este detalle, no menor en cuanto a la visualización del Estado como síntesis de la Nación y supremo valor jerárquico de la sociedad, es entendible que la juramentación de obediencia al Fuhrer fuera uno de los pilares del mantenimiento de la dictadura nazi.
Podemos ver cierta aproximación histórica y origen cultural de un modelo autoritario, en la herencia nacida con la concreción del 2do Reich y la entronización de Otto von Bismarck como Canciller del nuevo imperio alemán entre 1871 y 1890. Y tomado, su gobierno, como ejemplo del poder prusiano/alemán en el mundo en virtud de su crecimiento como potencia y cierre de una etapa en donde ese pais había perdido paulatinamente poderes decisorios como nación europea.
Bismarck supo resolver conflictos y pujas internas, descartar amenazas externas y lograr unir en un solo valor nacional nada menos que 26 estados alemanes, cuatro reinos, seis grandes ducados, cinco ducados, siete principados, tres ciudades hanseáticas libres (eran ciudades afiliadas a la Liga Hanseática entre los siglos 12 y 16 y colaboraban comercialmente entre ellas. Hoy todavía Bremen y Hamburgo se consideran como tales e incluso Londres formó parte de la Liga) y un extenso territorio imperial.
Unido a que en solo 15 años entre 1864 y 1870 conduce tres guerras victoriosas, contra Dinamarca, Austria y Francia, el nombre de Bismarck y sus formas de gobierno y la centralidad del Estado y el respeto y veneración del mismo, se hicieron memoria en la cultura institucional alemana.
La dictadura nacional socialista si bien tenía una estructura partidaria en el NSDAP y sus autoridades, no era a diferencia del fascismo italiano, sustantiva al momento de definir políticas y marcar críticas.
El racismo como componente clave de su doctrina de gobierno y de cierto componente ideológico marca otra diferencia con el franquismo y el fascismo.
Recordemos que en Italia recién en 1938 se impulsan las Leyes raciales y en España, si bien existían prejuicios religiosos en torno al judaísmo (no como tema racial), la escasa población de esa confesión y el pasado común de miles de españoles en su convivencia con los judíos hasta el siglo 16 en forma certera y luego de manera real pero escondida, no hubo ni legalidad ni firmes formas de persecución.
El comunismo (No tomado como ideología y pensamiento sino como forma de gobierno concreto en la URSS)
Y hacemos hincapié en el periodo de gobierno de Josef Stalin (Iosif Vissariónovich Dzhugashvili, 1878/1953) entendiendo que es el período donde predominan variables de extremo autoritarismo, represión masiva, intolerancia, antisemitismo y culto a la personalidad entre otras condiciones que hacen a los modelos dictatoriales.
Aclarando, que el comunismo como bolcheviquismo, modalidad impuesta en Rusia en 1917 en la revolución de octubre (golpe de estado contra formas liberales y democráticas de participación institucional como una suerte de Parlamento y Asambleas con pleno ejercicio de democracia interna), conducida por Lenín y Trotsky, también apeló a conveniencias en el uso de la fuerza represiva, pero en mucha menor medida que posteriormente durante el unicato de poder de Stalin.
Incluso mientras el poder estalinista no fue único y omnímodo, como cuando fue compartido primero con León Trotski (1879/1940, Lev Davídovich Bronstein) revolucionario ruso y coliderante de la Revolución de Octubre, presidente del Soviet Militar Revolucionario entre 1918/1925, presidente del Comisariado del Pueblo para Asuntos Exteriores de la Unión Soviética en 1917, y posteriormente con Nicolai Bujarin (1888/1938, Nikolái Ivánovich Bujarin), quien fuera miembro del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética entre 1924/29, Secretario General del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista en 1926, ya que en estos casos, la presencia más moderada, tanto de Trotski cuanto de Bujarin impidieron desatar las peores prácticas de una dictadura autoritaria, represiva e intolerante.
Ambos fueron asesinados por orden de Stalin.
Fue una dictadura de partido. Los principales cargos de conducción del pais estaban en manos del funcionariado partidario. De hecho, Lenín y Stalin pasaron en forma menor, por la nomenclatura de la institución gubernamental, aunque Lenin fuera presidente del concejo de ministros del primer gobierno bolchevique, su rol decisor lo tenía desde el partido y en el caso de Stalin, no fue importante su tránsito como ministro /Comisario de Nacionalidades, e incluso ocupó en varios períodos el puesto de Presidente del Concejo de Ministros, pero el cargo que lo llevó a ser jefe absoluto de la URSS fue el de Secretario General, del Comité Central, del Partido Comunista de la Unión Soviética.
Tal es la importancia del partido como conducción de la dictadura comunista que el cargo de secretario general era el efectivamente institucionalizado como poder para el Estado.
El periodo estalinista tuvo todas las características típicas de los gobiernos de extremo, sin importar donde se situaba ese extremo. Represión a opositores, prensa oficialista como única autorizada, exilio y prisión y muerte para disidentes y un gigantesco culto a la personalidad en la figura de Iosif Stalin, fueron los datos sobresalientes del gobierno soviético. Ninguna de estas variables, ajenas a los modelos autoritarios citados.
Diferenciaba de los otros casos mencionados, en virtud de contar con una planificación económica estatal absoluta, mención ésta no tan importante ya que en la España franquista, la Italia de Mussolini y la Alemania hitleriana, hubo etapas donde el Estado regulaba en gran medida y de acuerdo a necesidades concretas, la economía del país.
Como tema propio del fascismo, a diferencia de estas otras vertientes, siempre Mussolini puso al Estado por encima de lo partidario e incluso en conflictos surgidos entre funcionarios gubernamentales (federales) y autoridades partidarias, hechos éstos muy comunes y habituales, siempre laudó a favor de los estatales.
Y desde lo externo, este “amor por el Estado” que profesaba el Duce, se patentizó en una crítica papal, cuando Pio XI en una Encíclica de 1931, condenó al “paganismo y la estadolatría fascista”.
Respecto a la importancia dada a un partido como eje de organización política para la gestión de gobierno, en España no hubo ningún partido representante de la dictadura. En Alemania incidió poco. En Italia tuvo activa presencia y siempre el Estado fue dominante sobre él, y en la URSS, lo era todo.
Autores mirados, leídos y consultados
Zeev Sternhell (El nacimiento de la ideología fascista – Siglo 21 – España) – Renzo De Felice (EL Fascismo. Sus interpretaciones, Ed. Paidós / Entrevista sobre el fascismo, Ed. Sudamericana / Mussolini Ed. Einaudi) – Ismael Saz Campos (Fascismo y franquismo, Universidad de Valencia) – Enzo Traverso (A sangre y fuego. De la guerra civil europea, 1914-1945, Ed. Prometeo) – Roger Eatwell (Nacional populismo: Por qué está triunfando y de qué forma es un reto para la democracia) – Stanley Payne (El Fascismo, Alianza editorial / Historia del fascismo, Ed. Planeta) – Francesco Traniello (HISTORIOGRAFÍA ITALIANA E INTERPRETACIONES DEL FASCISMO en Revista de Historia contemporánea) – Giuseppe De Corso (La política económica del fascismo italiano desde 1922 hasta 1943: breves consideraciones para su comprensión) -– Stephen Broadberry y Mark Harrison ( Notas y comentarios en diversos trabajos sobre historia económica de la primera guerra mundial)- Anthony James Gregor (Los rostros de Jano, Marxismo y Fascismo en el siglo XX, Universidad de Valencia) – George Lachmann Mosse (La nacionalización de las masas, Ed. Marcial Pons) – Ernst Nolte (Fascismo y comunismo, junto a Francois Furet, Ed. Alianza – El fascismo en su época, Ed. Península – La Guerra Civil Europea 1917-1945, Ed. Eterna cadencia) –Giorgio Rochat (En notas traducidas sobre sus libros acerca de la vida de Ítalo Balbo y Pietro Badoglio) – Vera Zamagni (Historia económica de la Europa contemporánea, De la revolución industrial a la integración europea, Ed. Crítica) – Antonio Scurati (Y su maravilloso “El hijo del Siglo” y “El hombre de la providencia” – Ed. Alfaguara) – Emilio Gentile ( El fascismo y la marcha sobre Roma – El nacimiento de un régimen, Ed. Edhasa / Quien es fascista?, Ed. Alianza) – Adolfo Kuznitzky en un trabajo para el Centro de Investigación y Difusión de la Cultura Sefaradí (CIDiCSef) de Argentina: Margherita Sarfatti y el fascismo. La importancia de su origen judío y los costos de una identidad no deseada – Íñigo Bolinaga (Breve historia del fascismo, Ed. Nowtilus) – Dogliani Patrizia (El fascismo de los italianos – Una historia social, Universidad de Valencia) – Donal Sassoon (Mussolini y el ascenso del fascismo), Ed. Crítica – Antony Beevor ( La guerra civil española, Ed. Casa del libro) – Juan Antonio Solari (Giacomo Matteotti, bandera y lección, Ed. Afirmación) – Marie-Anne Matard-Bonucci (La Italia fascista y la persecución de los judíos, Ed. Espacio Anna Frank), Jorge Saborido (Interpretación del fascismo, Ed. Biblos), K.D. Bracher (La dictadura alemana, Ed. Alianza) – El muy interesante trabajo de Arrúa, Néstor Nicolás “Entre el fascismo y la revolución: La construcción de la oposición política al fascismo en Italia desde los años previos a la llegada al gobierno de Mussolini hasta la instauración del Régimen fascista, (1919-1926)” que es una Tesis para la obtención del grado de Licenciado en Historia. – Giampero Carocci (Historia del fascismo – Ed. Manuales Uteha – México).

